Umberto Eco fue brutal cuando afirmó que las redes sociales les habían dado voz a legiones de idiotas. La frase recorrió el mundo, generó polémica y fue discutida hasta el cansancio. Muchos la consideraron exagerada. Otros la calificaron de elitista. Sin embargo, cada tanto aparece un episodio que obliga a volver sobre aquellas palabras y preguntarse si el viejo semiólogo italiano no estaba describiendo con precisión una de las grandes tragedias de nuestra época.
La falsa muerte de Jorge Messi es uno de esos episodios.
En pleno streaming, frente a miles de espectadores, se anunció como un hecho consumado el fallecimiento del padre de Lionel Messi. No se trató de una interpretación. No fue una opinión. Fue una afirmación presentada como información. Minutos después, la realidad se encargó de desmentirla. Jorge Messi estaba vivo. La familia debió salir a aclararlo. Y una vez más quedó expuesto un fenómeno cada vez más frecuente: hablar primero y verificar después.
Los periodistas nos equivocamos. Siempre nos equivocamos. Quien diga lo contrario miente o nunca trabajó en una redacción. El error forma parte de un oficio donde se trabaja contra reloj y donde la información muchas veces es incompleta. Pero existe una diferencia enorme entre equivocarse después de haber chequeado una noticia y equivocarse porque jamás se la verificó. Una cosa es el error profesional. Otra muy distinta es la irresponsabilidad.
Durante décadas existió una regla básica en el periodismo: una noticia sensible debía ser confirmada por más de una fuente. Una muerte exigía todavía más recaudos. No importaba quién fuera la persona involucrada. La prudencia estaba por encima de la velocidad. Hoy parece ocurrir exactamente lo contrario. Primero se lanza la noticia. Después se busca la confirmación. Después llega el pedido de disculpas. Y finalmente, todo sigue adelante como si nada hubiera pasado.
La lógica de las redes sociales y del streaming ha instalado una cultura peligrosa donde ser el primero vale más que tener razón. Lo importante ya no es la verdad, sino la viralidad. Ya no importa si la información es correcta. Importa cuánto ruido genera. Cuántas reproducciones suma. Cuántos comentarios provoca. Cuánto tiempo mantiene cautiva la atención de la audiencia.
En ese contexto han proliferado los pseudoperiodistas . Personas que confunden notoriedad con credibilidad. Que creen que tener seguidores equivale a tener fuentes. Que consideran que un micrófono y una cámara son suficientes para ejercer una profesión que históricamente exigió formación, experiencia, criterio y responsabilidad.
No se trata de una discusión entre periodismo tradicional y nuevas plataformas. Las herramientas no son el problema. Las redes sociales democratizaron la comunicación y permitieron que muchas voces valiosas encontraran un espacio que antes les estaba vedado. El problema aparece cuando desaparecen los filtros mínimos que separan la información de la especulación y los hechos de los rumores.
Porque informar no es hablar. Informar no es opinar. Informar no es llenar horas de transmisión. Informar implica una responsabilidad enorme frente a la sociedad. Cada dato falso puede afectar a personas, familias, empresas, instituciones y comunidades enteras. La verdad no es un detalle accesorio del periodismo. Es su materia prima.
Por eso el episodio protagonizado por Florencia Peña trasciende a Florencia Peña. El problema no es una persona. El problema es una cultura que premia la velocidad por encima de la precisión. Una cultura donde muchos comunicadores parecen convencidos de que pedir disculpas después alcanza para reparar el daño provocado antes.
No alcanza.
Nunca alcanzará.
Porque cuando se anuncia la muerte de alguien que está vivo, no se está cometiendo simplemente un error. Se está provocando angustia. Se está generando dolor. Se está jugando con sentimientos profundamente humanos para alimentar una maquinaria de consumo instantáneo de contenido.
La consecuencia más grave no es el papelón de quien difundió la información falsa. La consecuencia más grave es la erosión constante de la confianza pública. Cada mentira, cada rumor presentado como noticia y cada versión sin confirmar empujan a la audiencia a desconfiar un poco más de todos. De los buenos periodistas y de los malos. De los medios serios y de los improvisados. De la información verdadera y de la falsa.
Y cuando la sociedad deja de confiar en la información, pierde uno de los pilares fundamentales de cualquier democracia.
Quizás Umberto Eco fue duro. Quizás eligió palabras que hoy resultarían políticamente incorrectas. Pero el fondo de su advertencia sigue vigente. El problema nunca fue que más personas pudieran hablar. El problema es que demasiados dejaron de entender la diferencia entre tener voz y tener responsabilidad.
Porque el periodismo no se mide por la cantidad de seguidores, ni por las visualizaciones, ni por los aplausos de una tribuna digital. El periodismo se mide por la capacidad de buscar la verdad, incluso cuando demora más tiempo, genera menos clics y exige más trabajo.
Todo lo demás podrá ser entretenimiento. Podrá ser espectáculo. Podrá ser influencia.
Pero no es periodismo.