Hay errores que pasan inadvertidos y otros que, por lo que revelan, terminan siendo más interesantes que la discusión original. Esta semana, el presidente Javier Milei compartió un mensaje del economista Antonio Aracre y lo calificó con una sola palabra: “MASTERCLASS”.
El problema es que la supuesta lección contenía un error básico. Aracre escribió que quienes critican los logros del Gobierno tienen la misma actitud que “la zorra de la fábula de Edipo”, que despreciaba las uvas porque no podía alcanzarlas. La fábula, por supuesto, no es de Edipo. Es de Esopo, el célebre narrador griego que vivió siglos antes de que existiera el personaje trágico inmortalizado por Sófocles.
Pero incluso dejando de lado el blooper cultural, vale la pena detenerse en la idea de fondo. Según Aracre, quienes cuestionan al Gobierno lo hacen porque no pueden aceptar sus logros. La metáfora supone que esos logros son tan evidentes como las uvas maduras de la fábula. Y ahí aparece la pregunta inevitable: ¿cuáles son exactamente esos logros?
Para una parte de la sociedad, el principal mérito de la gestión es haber reducido la inflación respecto de los niveles heredados. Es un dato real y merece ser reconocido. Pero la política no se evalúa con una sola variable. También existen jubilados que denuncian haber perdido capacidad de compra y que enfrentan dificultades para acceder a medicamentos. Existen universidades nacionales que advierten sobre problemas presupuestarios. Existen organizaciones que representan a personas con discapacidad que cuestionan recortes y demoras en prestaciones esenciales.
¿Es razonable pensar que todos ellos critican porque “no alcanzan las uvas”? ¿Que detrás de cada cuestionamiento hay simplemente resentimiento o incapacidad para reconocer un éxito ajeno?
La metáfora elegida por Aracre —y celebrada por Milei— tiene un problema clásico: convierte cualquier crítica en una prueba de que el crítico está equivocado. Si alguien señala dificultades económicas, sociales o institucionales, la respuesta ya está prefabricada: no ve la realidad porque no quiere verla.
Es una manera cómoda de discutir. También es una manera peligrosa. Porque cuando el poder deja de preguntarse si las críticas tienen algo de razón y empieza a asumir que todas nacen de la mala fe, corre el riesgo de encerrarse en una cámara de aplausos.
Y así, entre Esopo y Edipo, el error más importante termina siendo otro: creer que toda crítica es producto de la envidia y no de la preocupación. En democracia, las sociedades avanzan cuando los gobiernos escuchan las objeciones, no cuando las reducen a una simple fábula.