Hoy comienza el Mundial. Y con él vuelve una de las pocas pasiones capaces de detener un país entero. Durante los próximos cuarenta días millones de argentinos volverán a abrazarse con desconocidos, a discutir formaciones en la mesa familiar, a colgar banderas en balcones y ventanas y a creer, una vez más, que once jugadores pueden representar los sueños, las frustraciones y las esperanzas de toda una Nación.
El fútbol tiene esa capacidad extraordinaria de unir lo que la política divide, de reunir a quienes piensan distinto y de recordarnos que, pese a todas nuestras diferencias, seguimos compartiendo una misma camiseta.
Es precisamente en ese espíritu donde nace una iniciativa inédita en Santiago del Estero. Nuevo Diario, Radio LV11 y Multistream decidimos lanzar un álbum de figuritas gratuito con la edición de hoy y distribuir figuritas durante toda la Copa del Mundo.
No se trata de una acción comercial ni de una estrategia de marketing. Se trata de una decisión profundamente social. En un país donde el costo de vida golpea cada vez con más fuerza a millones de familias y donde completar el álbum oficial se ha transformado para muchos niños en un objetivo prácticamente inalcanzable, entendimos que la pasión mundialista no podía convertirse en un privilegio reservado para unos pocos.
El fútbol pertenece a todos. A quien llega cómodo a fin de mes y a quien hace esfuerzos extraordinarios para sostener su hogar. Al hijo del empresario y al hijo del trabajador. Al vecino del centro y al vecino del barrio más humilde. La camiseta argentina no distingue clases sociales. La bandera no pregunta cuánto gana cada ciudadano. La ilusión tampoco.
Por eso decidimos hacer algo simple, pero profundamente significativo: democratizar una parte de esa pasión. Que un chico de cualquier rincón de la provincia tenga la misma posibilidad de coleccionar, jugar, intercambiar y soñar que cualquier otro. Que el Mundial vuelva a ser una experiencia compartida y no una mercancía inaccesible. Que la alegría encuentre un camino para llegar a todos.
Porque cuando la economía expulsa, cuando los números no cierran y cuando muchas familias deben elegir entre necesidades básicas y pequeños gustos, los medios de comunicación también tienen la responsabilidad de tender puentes, de generar inclusión y de recordar que hay cosas que siguen perteneciendo al patrimonio emocional de todo un pueblo.
Sin embargo, mientras celebramos la llegada de la máxima cita deportiva del planeta, también debemos recordar una lección que la historia argentina nos enseñó con crudeza.
El Mundial debe ser una fiesta popular. Debe ser alegría, encuentro, emoción y esperanza. Pero jamás debe transformarse en una excusa para dejar de mirar la realidad.
Porque mientras la pelota ruede y las cámaras del mundo se concentren en los estadios, la vida cotidiana de millones de argentinos seguirá desarrollándose fuera de las canchas. Seguirán existiendo las dificultades económicas, la pérdida de poder adquisitivo, la incertidumbre laboral, la pobreza, las desigualdades y los desafíos que enfrenta una sociedad que hace años busca una salida definitiva a sus problemas estructurales.
El Mundial debe ser una gran fiesta popular. Debe ser pura alegría, encuentro, emoción y esperanza. Pero jamás debe transformarse en una excusa para dejar de mirar la realidad de la actualidad.
La Selección Argentina podrá ganar partidos, emocionar a un pueblo entero y quizás volver a conquistar la gloria deportiva. Ojalá así sea. Pero ningún triunfo deportivo modifica por sí mismo la realidad económica de una familia. Ningún gol reduce el precio de los alimentos. Ninguna copa mejora automáticamente los salarios. Ninguna celebración colectiva resuelve los problemas de fondo que condicionan el presente y el futuro de millones de personas.
Confundir ambas dimensiones sería un error tan ingenuo como peligroso.
La historia ofrece ejemplos contundentes sobre los riesgos de utilizar las emociones populares como una cortina que impida observar lo que ocurre detrás del escenario. El caso más emblemático fue el Mundial de 1978, cuando una dictadura militar intentó aprovechar el fervor futbolístico para proyectar hacia el exterior una imagen de normalidad mientras en la Argentina se cometían secuestros, torturas, asesinatos y desapariciones.
Aquella tragedia dejó una enseñanza que trasciende gobiernos, ideologías y épocas: ninguna bandera, ninguna camiseta y ningún campeonato deben impedir que una sociedad conserve su capacidad crítica.
No se trata de comparar contextos históricos que son incomparables. La Argentina de hoy vive en democracia y las diferencias con aquel período oscuro son tan evidentes como profundas.
Pero justamente porque vivimos en democracia tenemos la responsabilidad de no delegar nunca nuestro pensamiento crítico en ninguna emoción colectiva, por legítima y hermosa que sea.
La pasión por la Selección debe convivir con la capacidad de analizar, cuestionar, exigir y debatir lo que sucede en el país. Porque las victorias deportivas son transitorias, mientras que las decisiones políticas y económicas tienen consecuencias que perduran mucho más allá del último partido.
En los próximos cuarenta días veremos estadios repletos, escucharemos nuevamente el himno con la piel erizada y volveremos a sentir esa emoción única que genera ver a la Argentina competir en la máxima escena del deporte mundial.
Celebraremos, sufriremos y soñaremos. Y está bien que así sea. Los pueblos también necesitan alegrías, símbolos compartidos y momentos de encuentro.
Pero sería una enorme equivocación permitir que la pasión nos haga olvidar las preguntas que debemos seguir haciéndonos como sociedad. Porque cuando el Mundial termine, cuando se apaguen las luces y cuando los titulares deportivos cedan nuevamente su lugar a la realidad cotidiana, los problemas seguirán esperando respuestas.
Que la emoción vuelva a unir generaciones enteras alrededor de una misma camiseta y de un mismo sueño. Pero que esa alegría, tan legítima como necesaria, nunca nos haga olvidar la realidad que existe más allá de los estadios.
Porque los mundiales pasan, los festejos terminan y los campeones cambian, pero los desafíos de una Nación permanecen.
Y porque el verdadero triunfo de la Argentina no será solamente levantar una copa, sino construir un país donde la esperanza no dure cuarenta días, sino toda una vida.