Hay un error que suele cometer la Argentina cada vez que intenta explicarse a sí misma. Busca respuestas en los palacios cuando debería buscarlas en las calles. Las calles explican mucho mejor al país que los despachos. Las multitudes explican mejor a la Argentina que las encuestas. Y hay momentos en los que las calles hablan tan fuerte que se convierten en una sentencia histórica.
Ocurrió cuando murió Juan Domingo Perón. Ocurrió cuando murió Diego Armando Maradona. Y volvió a ocurrir ahora con la despedida del Indio Solari. Distintos tiempos, distintas actividades, distintas ideas, pero un mismo fenómeno. El pueblo salió a despedirlos.
Y no salió simplemente porque fueran famosos. La fama sola jamás moviliza a cientos de miles de personas. La fama genera curiosidad. La gratitud genera peregrinación. Lo que se vio en las despedidas de Perón, Maradona y el Indio fue exactamente eso: una inmensa demostración de agradecimiento popular hacia hombres que, desde lugares diferentes, lograron expresar los sentimientos, las frustraciones, los sueños y las esperanzas de millones de argentinos.
Perón fue la voz política de los trabajadores. Maradona fue la voz futbolística de los que venían desde abajo. El Indio fue la voz cultural de quienes encontraron en el rock una forma de resistencia, identidad y pertenencia. Los tres expresaron algo que la Argentina profunda reconoce inmediatamente: la pelea del débil contra el poderoso, del olvidado contra el privilegiado, del pueblo contra quienes pretenden hablar en su nombre sin escucharlo.
Ver Tambien | Federico Scrimnini, un zurdo con iPhone
Por eso sus historias nunca fueron solamente personales. Fueron colectivas. Perón representó a millones de trabajadores que por primera vez sintieron que el Estado los veía. Maradona representó al chico de barrio capaz de desafiar a las potencias del mundo y vencerlas. El Indio representó a generaciones enteras que encontraron en sus canciones una forma de decir aquello que la política, los medios y las instituciones muchas veces callaban o ignoraban.
Los tres construyeron identidad popular. Y cuando alguien construye identidad popular deja de pertenecerse exclusivamente a sí mismo. Pasa a pertenecer a la memoria colectiva. Por eso sus despedidas tuvieron dimensiones históricas. Porque la gente no fue solamente a llorarlos. Fue a agradecerles. Fue a decirles que habían sido importantes. Que habían ayudado a soportar la vida. Que habían acompañado momentos felices y dolorosos. Que habían representado algo más grande que ellos mismos.
Las imágenes de la despedida del Indio son extraordinarias. Cientos de miles de personas caminando durante decenas de cuadras, esperando durante horas para pasar unos pocos segundos frente a su féretro. No hubo aparatos partidarios, no hubo estructuras organizadas, no hubo obligación alguna. Hubo pueblo. Hubo emoción. Hubo una necesidad profunda de estar presente y decir gracias.
Y es allí donde aparece una pregunta inevitable. ¿Cómo puede ser que una figura de semejante dimensión cultural no haya tenido una despedida institucional acorde a la magnitud del fenómeno? No se trata de convertir al Estado en admirador de nadie. No se trata de imponer homenajes. Se trata de comprender la historia. Porque cuando cientos de miles de personas salen espontáneamente a despedir a alguien, ese alguien deja de ser solamente un artista. Se convierte en patrimonio cultural de una nación.
La Argentina tiene una larga tradición de reconocer institucionalmente a quienes marcaron una época. El Estado no debería actuar según simpatías ideológicas sino según la dimensión histórica de los acontecimientos. Precisamente por eso resulta inevitable preguntarse si detrás de la ausencia de una despedida oficial acorde a la magnitud del Indio existió una mirada incapaz de comprender lo que significó para millones de argentinos.
El gobierno de Javier Milei ha construido buena parte de su identidad política en oposición a muchas de las expresiones culturales asociadas al campo nacional y popular. Tiene derecho a hacerlo. Lo que no debería ocurrir es que esa mirada ideológica impida reconocer fenómenos sociales que trascienden cualquier grieta. Porque el Indio no pertenece solamente a quienes coinciden con sus ideas. Pertenece a la historia cultural argentina. Del mismo modo que Maradona pertenece a la historia argentina más allá de las opiniones que genere. Del mismo modo que Perón pertenece a la historia argentina más allá de las diferencias políticas que aún hoy despierta.
Las democracias maduras son capaces de reconocer la importancia de figuras con las que no necesariamente coinciden.
Sin embargo, hay algo que ninguna decisión oficial puede modificar. La historia termina escribiéndose en otro lugar. No en los despachos. No en los comunicados. No en los decretos. La historia se escribe en la memoria de la gente. Y la memoria popular ya emitió su veredicto sobre Perón, sobre Maradona y sobre el Indio.
Los tres fueron discutidos. Los tres fueron cuestionados. Los tres generaron amores y rechazos. Pero ninguno pudo ser ignorado. Porque los tres expresaron una parte profunda de la identidad argentina. Hay quienes representan intereses. Hay quienes representan ideas. Y hay quienes representan sentimientos colectivos. Perón, Maradona y el Indio pertenecen a esa categoría excepcional.
Uno le dio voz política a los trabajadores. Otro le dio voz futbolera a los barrios. El tercero le dio voz cultural a generaciones enteras. Tres lenguajes distintos para una misma necesidad humana: sentirse representado.
Quizás por eso sus despedidas tuvieron tanto en común. Porque el pueblo no acompañaba solamente a un líder político, a un futbolista o a un músico. Acompañaba una parte de sí mismo. Y cuando cientos de miles de personas salen a la calle para decir gracias, la historia toma nota. No importa quién gobierne. No importa qué digan las élites. No importa qué opinen los poderosos. Las calles terminan hablando.
Y cuando hablan las calles, habla la Argentina profunda.
Te puede interesar | Pablo Mirolo, La Banda, poder y traiciones