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Opinión

Mailín, la última trinchera espiritual de un pueblo que se niega a rendirse

El peregrino santiagueño ya lo sabe mucho antes de que se lo recuerden desde el altar. Nadie se salva solo.

Xavier María Ferrera Peña

Por Xavier María Ferrera Peña

Hay fenómenos sociales que la política no logra interpretar. Hay realidades humanas que los economistas no pueden medir. Hay dolores colectivos que las estadísticas no alcanzan a explicar. Y hay lugares —muy pocos— donde todavía puede verse a un pueblo entero despojado de máscaras, ideologías y artificios.

Mailín es uno de esos lugares, en el interior santiagueño, tan nuestro, tan real.

Cada año, cuando cientos de miles de personas avanzan hacia el santuario del Señor de los Milagros, Santiago del Estero vuelve a mostrar algo que trasciende completamente lo religioso.

Muestra una identidad profunda. Una necesidad humana elemental. Una búsqueda espiritual que sobrevive incluso en medio de la crisis económica, el descreimiento político y el agotamiento emocional de época. No hay barrera ni obstáculo que pueda con la fe de un pueblo. Y eso queda demostrado con Mailín.

Porque no se caminan kilómetros bajo frío, tierra y cansancio solamente por costumbre. Tampoco se enfrenta a la lluvia porque sí.

No se duerme al costado de la ruta, no se cargan mochilas eternas, no se avanza descalzo ni se llora frente a una cruz únicamente por tradición folklórica.

Se hace porque hay algo más.

Algo que probablemente el mundo moderno ya no entiende del todo.

Mientras las sociedades contemporáneas empujan cada vez más al individuo hacia el aislamiento, el rendimiento personal y la lógica salvaje del “arréglate solo”, Mailín aparece como una rebelión silenciosa contra todo eso.

Y por eso la homilía del cardenal Vicente Bokalic Iglic tuvo tanta potencia.

Porque no habló solamente de religión.

Habló de humanidad.

Cuando cuestionó “la lógica del individualismo”, el “sálvese quien pueda” y la idea de que “sobrevive el más fuerte”, no estaba haciendo solamente una reflexión teológica.

Estaba describiendo uno de los dramas centrales de esta época.

Vivimos tiempos donde el éxito parece medirse exclusivamente en dinero, productividad, exposición o consumo.

El que no puede seguir el ritmo queda afuera. El anciano sobra. El pobre molesta. El discapacitado incomoda. El enfermo se transforma en gasto. El desempleado parece culpable de su propia tragedia.

Y en medio de ese clima brutalmente deshumanizante, Mailín ofrece exactamente lo contrario.

Allí el que llega roto no es descartado.

Allí nadie pregunta cuánto tienes.

Ni a quién votas.

Ni cuánto produces.

Ni si “triunfaste”.

Allí alcanza con llegar.

Con compartir. Te estrechan la mano, porque es con todos.

Y quizás ese sea uno de los fenómenos espirituales y sociales más impresionantes de la Argentina profunda: la fe popular todavía funciona como un refugio emocional colectivo frente a una sociedad cada vez más fría.

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Por eso las palabras de Bokalic encontraron tanta resonancia cuando dijo: “Nadie se salva solo”.

Porque el peregrino santiagueño ya lo sabe mucho antes de que se lo recuerden desde el altar.

Lo sabe cuando comparte agua con un desconocido.

Cuando ayuda a empujar una moto varada.

Cuando ofrece sombra.

Cuando presta un mate.

Cuando acompaña al que se quebró físicamente sobre la ruta.

Cuando ve llorar a otro y no necesita preguntar por qué.

Hay una solidaridad elemental que sobrevive en Mailín y que el resto del país muchas veces parece haber olvidado.

Y eso transforma a la peregrinación en mucho más que una ceremonia religiosa.

La convierte en una expresión cultural de resistencia humana.

Bokalic habló de jubilados sin atención, de enfermos sin remedios, de jóvenes sin oportunidades, de personas descartadas por una economía

 

 

Muchos analistas urbanos, encerrados en lógicas racionalistas o ideológicas extremas, suelen observar estas manifestaciones populares con una mezcla de superioridad intelectual y desconocimiento profundo.

Creen que la fe es atraso. Superstición. Ignorancia. Folklore.

Pero no entienden nada.

La fe popular en el norte argentino no puede analizarse únicamente desde el dogma religioso. Es identidad colectiva. Es memoria familiar. Es pertenencia cultural. Es refugio psicológico. Es comunidad. Es historia viva.

Mailín no es solamente un santuario.

Es el abuelo llevando al nieto por primera vez.

Es la madre pidiendo por un hijo enfermo.

Es el trabajador agradeciendo seguir vivo.

Es el joven buscando sentido en una época donde casi todo parece vacío.

Es la necesidad profundamente humana de creer que todavía existe algo más grande que uno mismo.

Y eso tiene una fuerza gigantesca.

Porque mientras buena parte del mundo moderno produce individuos hiperconectados pero emocionalmente solos, la peregrinación produce comunidad real.

No virtual. Real.

Cuerpos cansados caminando juntos.

Personas desconocidas cuidándose mutuamente.

Miles compartiendo silencio, dolor, esperanza y fe.

En tiempos de hiperindividualismo extremo, eso ya es casi revolucionario.

Por eso también impactó el tono social de la homilía. Bokalic habló de jubilados sin atención, de enfermos sin remedios, de jóvenes sin oportunidades, de personas descartadas por una economía que mide números pero muchas veces deja de mirar seres humanos.

Y aunque algunos intenten reducir esas expresiones a “discursos políticos”, la verdad es que la Iglesia latinoamericana históricamente construyó su doctrina social alrededor de la dignidad humana y de la defensa de los más vulnerables.

La fe popular nunca estuvo completamente separada del sufrimiento social.

En América Latina, rezar y sobrevivir casi siempre caminaron juntos.

Por eso Mailín emociona tanto.

Porque allí todavía sobrevive algo que el mundo moderno está perdiendo aceleradamente: la noción de comunidad.

En Mailín todavía existe el otro.

Todavía existe el prójimo.

Todavía existe la idea de que el dolor ajeno importa.

Y tal vez por eso la convocatoria crece incluso en tiempos de descreimiento institucional.

Porque aunque mucha gente se aleje de las estructuras formales, sigue necesitando espiritualidad, esperanza y sentido.

El ser humano puede descreer de los dirigentes, de los partidos, de las promesas y hasta de las instituciones. Pero difícilmente pueda vivir completamente vacío de trascendencia.

Algo necesita abrazar.

Algo necesita esperar.

Algo necesita creer.

Por eso las imágenes de Mailín tienen una fuerza imposible de fabricar artificialmente.

No hay marketing capaz de producir el rostro de un hombre quebrado llorando frente a la cruz.

No hay relato político capaz de construir la emoción genuina de una madre caminando kilómetros por agradecimiento.

No hay algoritmo que pueda reemplazar el silencio de miles rezando juntos.

Y quizás ese sea uno de los fenómenos espirituales y sociales más impresionantes de la Argentina profunda: la fe popular todavía funciona como un refugio.

 

 

Ahí aparece el verdadero núcleo del fenómeno.

Mailín no es solamente religión.

Es humanidad en estado puro.

Y quizás eso explique por qué sigue convocando multitudes incluso en una época donde todo parece fragmentarse.

Porque mientras el mundo invita permanentemente a competir, desconfiar, odiar y aislarse, Mailín insiste tercamente en otra idea: caminar juntos.

Tal vez por eso sigue vivo.

Tal vez por eso emociona.

Y tal vez por eso, en el fondo, el verdadero milagro no sea únicamente el Señor de Mailín.

Sino un pueblo entero que, pese a todo, todavía conserva la capacidad de creer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mailín
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