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Opinión

Cuando la pasión se convierte en negocio | El Mundial que la FIFA vende y la gente paga

Mientras la pasión mueve multitudes, la FIFA consolida un negocio multimillonario que se alimenta de ese sentimiento incondicional.

Nicolás Almirón

Por Nicolás Almirón

Cada cuatro años, millones de personas alrededor del mundo detienen sus rutinas para vivir una misma emoción: seguir a su selección en una Copa del Mundo. Hay quienes ahorran durante años, quienes venden pertenencias, se endeudan o postergan proyectos personales con un solo objetivo: estar allí, cantar un gol desde la tribuna y sentirse parte de una historia colectiva.

Pero mientras la pasión se multiplica en las calles, en los aeropuertos y en las tribunas, también crece una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto la FIFA ha convertido ese sentimiento genuino en una gigantesca maquinaria de negocios?

El hincha viaja con sacrificio. Compra entradas a precios exorbitantes, paga hoteles que se disparan por la demanda, consume productos oficiales y hasta abona membresías especiales para tener una mínima posibilidad de acceder a un ticket. Del otro lado, la FIFA factura cifras astronómicas gracias a derechos televisivos, patrocinadores globales, licencias y venta de entradas.

El problema no es que el fútbol genere dinero. El problema aparece cuando la pasión parece valer más como producto que como sentimiento. Cuando el hincha deja de ser protagonista para convertirse en cliente.

En cada Mundial se repiten historias conmovedoras: familias que organizan rifas para viajar, padres que venden una moto para acompañar a sus hijos, trabajadores que gastan los ahorros de toda una vida para ver a su selección una sola vez. No hay cálculo económico capaz de medir lo que representa abrazarse con miles de compatriotas después de un gol. Esa emoción es auténtica y probablemente sea la mayor riqueza del fútbol.

Sin embargo, esa misma emoción es la que sostiene un negocio cada vez más millonario. La FIFA vende la ilusión, comercializa la identidad y convierte el fervor popular en una marca global. Mientras los hinchas cantan que "el fútbol es del pueblo", las cifras muestran que el espectáculo está diseñado para generar ganancias récord.

Y aun así, la gente sigue yendo. Porque el amor por una camiseta rara vez entiende de balances financieros. Porque el fútbol tiene algo que ninguna corporación puede fabricar: la esperanza.

Quizás allí radique la mayor paradoja del Mundial. La FIFA organiza el torneo y obtiene miles de millones. Pero quienes verdaderamente le dan vida son esos hinchas anónimos que hacen sacrificios inmensos, que gastan más de lo que pueden y que, muchas veces, venden hasta lo que no tienen para estar cerca de un sueño de noventa minutos.

Al final, el negocio es de unos pocos. La pasión, en cambio, sigue siendo de millones.

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