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Opinión Exclusivo

Dante Gebel y el riesgo de poner a Dios en la boleta

La eventual candidatura del comunicador y pastor debería discutirse desde una pregunta democrática elemental: si un presidente gobierna ciudadanos, no fieles, ¿qué ocurre cuando la política se presenta como llamado celestial?

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Dante Gebel

Dante Gebel no confirmó que será candidato presidencial. Pero hizo algo políticamente más potente: dejó la puerta abierta y trasladó la decisión final a un plano superior. “La última palabra la tiene Dios”, dijo en una nueva intervención pública sobre su posible desembarco electoral. La frase puede sonar íntima, espiritual, incluso humilde para sus seguidores. Pero puesta en clave institucional, abre una discusión enorme: ¿puede una democracia republicana procesar sin riesgos la aparición de un liderazgo que se presenta, aunque sea indirectamente, como condicionado por la voluntad de Dios?

 

El problema no es que Gebel sea creyente. Tampoco que provenga del mundo religioso, de la comunicación cristiana o de los grandes escenarios de la fe. En una democracia, cualquier ciudadano tiene derecho a participar en política, profesar su religión y presentarse ante la sociedad con sus valores. El problema aparece cuando la política deja de hablar el idioma de los programas, los equipos y las responsabilidades públicas, y empieza a rozar el terreno del mandato trascendente.

Porque una cosa es que un candidato diga: “Tengo convicciones religiosas”. Otra muy distinta es que una eventual candidatura quede suspendida en la idea de que Dios decidirá. En el primer caso, hay una persona de fe que entra a competir en una democracia. En el segundo, aparece la sombra del elegido, del llamado, del hombre que no solo responde a los votantes, sino a una instancia superior. Y esa diferencia, en términos republicanos, no es menor: es gigantesca.

Gebel viene creciendo como figura posible dentro de un armado que distintos sectores impulsan para 2027. El espacio Consolidación Argentina ya realizó movimientos públicos para instalar su nombre, con dirigentes sindicales, políticos y referentes de distintas procedencias intentando construir una candidatura alrededor de su figura. Según publicaciones recientes, ese armado busca proyectarlo como alternativa presidencial, aunque él todavía no formalizó una decisión.

Hasta ahí, el fenómeno podía leerse como una nueva versión del outsider argentino: alguien que viene de afuera del sistema, con alta capacidad de comunicación, fuerte llegada emocional y una marca personal mucho más potente que cualquier partido. Pero la frase sobre Dios modifica el encuadre. Ya no se trata solo del comunicador eficaz, del showman espiritual, del hombre que llena auditorios o del dirigente posible. Ahora se instala una pregunta más inquietante: ¿quiere Gebel competir como ciudadano o presentarse como instrumento de una voluntad superior?

Esa pregunta no es un ataque a la fe. Es una defensa de la democracia.

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La Casa Rosada no es un púlpito. El presidente no gobierna fieles: gobierna ciudadanos. Gobierna a creyentes, ateos, agnósticos, católicos, evangélicos, judíos, musulmanes, personas sin religión, trabajadores, empresarios, jubilados, jóvenes, científicos, docentes, policías, jueces, opositores y oficialistas. La legitimidad de un presidente no baja del cielo: sube de las urnas. Y esa legitimidad se controla con Constitución, Congreso, Justicia, prensa libre y ciudadanía activa.

Ahí está el punto sensible. Si Gebel quiere entrar a la cancha presidencial, no alcanza con decir que depende de Dios. Tiene que decir de quién dependería su ministro de Economía. Qué haría con la deuda. Cómo bajaría la inflación. ¿Qué modelo laboral imagina? Qué Estado defendería. ¿Qué haría con la educación pública? Cómo encararía la inseguridad. ¿Qué lugar les daría a las provincias? Cómo financiaría sus propuestas. Qué alianzas aceptaría. Qué límites no cruzaría. ¿Qué garantías institucionales ofrece?

La Argentina no necesita un presidente ungido. Necesita un presidente responsable.

Y necesita, sobre todo, dejar de buscar salvadores.

Porque este país tiene una relación enfermiza con los liderazgos providenciales. Cada vez que la política fracasa, una parte de la sociedad sale a buscar a alguien “distinto”, alguien “puro”, alguien “de afuera”, alguien que no venga contaminado por el barro de los partidos. El empresario. El militar. El técnico. El juez. El economista. El influencer. El pastor. Siempre la misma fantasía: que alguien, por carisma o por destino, puede resolver lo que las instituciones no pudieron.

Esa fantasía es peligrosa. Porque cuando un líder es presentado como respuesta moral, espiritual o casi redentora, la crítica empieza a parecer herejía. El desacuerdo se vuelve ataque personal. La oposición se vuelve enemiga. La prensa se vuelve obstáculo. Y la democracia, que vive de la discusión, empieza a ser tratada como una molestia.

Gebel tiene virtudes evidentes. Habla bien. Comunica mejor que la mayoría de los políticos. Entiende el lenguaje audiovisual. Tiene llegada emocional. No parece construir su identidad pública desde el insulto permanente. Puede conectar con sectores que la política tradicional ya no sabe interpelar. En un país roto por la grieta, la crueldad verbal y el cansancio social, eso no es poco.

Pero esas virtudes no resuelven el fondo. La emoción no reemplaza al programa. La fe no sustituye a la administración. El carisma no paga jubilaciones. La esperanza no estabiliza la macroeconomía. Una frase inspiradora no alcanza para gobernar un país con pobreza, informalidad, endeudamiento familiar, violencia, crisis educativa y provincias reclamando federalismo real.

El riesgo democrático no es que Gebel crea en Dios. El riesgo es que una parte de la sociedad, cansada de la política, empiece a creer que un hombre con aura espiritual puede evitarle al país el trabajo adulto de reconstruir instituciones. Porque las democracias no se salvan con milagros. Se salvan con mejores partidos, mejores dirigentes, mejores controles, mejores políticas públicas y ciudadanos menos dispuestos a entregar cheques en blanco.

También hay otro problema: la ambigüedad. Gebel aparece mencionado como pastor, comunicador, influencer, conductor, conferencista y figura de alcance internacional. Algunas publicaciones lo presentan como fundador y pastor de River Church en Anaheim, California; otras señalan que él intenta correrse de la etiqueta estrictamente pastoral y prefiere definirse desde la comunicación y los valores. Esa ambigüedad puede ser eficaz para una campaña, pero es insuficiente para una candidatura presidencial.

Un candidato presidencial no puede ser una superficie donde cada sector proyecta lo que quiere ver. Para unos, el hombre de Dios. Para otros, el outsider moderado. Para otros, el rostro amable de una coalición anti-Milei. Para otros, un comunicador capaz de hablarles a los desencantados. Todo eso puede servir para instalar una figura. Pero gobernar exige definiciones. Y las definiciones, tarde o temprano, rompen encantos.

Por eso, la frase “depende de Dios” no debería tomarse como una anécdota pintoresca. Es el núcleo del asunto. Porque si Gebel habla desde su fe personal, está en su derecho. Pero si esa fe empieza a funcionar como argumento político, como blindaje moral o como explicación de su eventual candidatura, entonces la democracia debe encender todas las luces amarillas.

No para excluirlo. No para descalificarlo. No para prohibirle nada.

Sino para exigirle más.

Más claridad. Más programa. Más equipos. Más institucionalidad. Más responsabilidad. Más Constitución y menos destino. Más rendición de cuentas y menos aura. Más política real y menos épica celestial.

Dante Gebel puede enriquecer el debate si entra como ciudadano, con ideas, propuestas, límites y respeto pleno por el Estado democrático. Puede aportar un tono distinto si logra convertir su capacidad de comunicación en una conversación pública más humana y menos salvaje. Pero si su eventual candidatura se construye sobre la expectativa de que Dios lo empuje al poder, entonces no estaremos ante una renovación democrática, sino ante la vieja tentación argentina de cambiar la urna por el altar emocional del salvador.

La Argentina no necesita un presidente elegido por el cielo. Necesita un presidente elegido por ciudadanos libres, controlado por instituciones fuertes y obligado a rendir cuentas en la tierra.

Porque en democracia, la última palabra no la tiene un líder, ni un pastor, ni una multitud emocionada.

La última palabra la tiene el pueblo.

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