El clásico chasquido que se produce al estirar los dedos no implica fracturas ni desgaste óseo, sino la liberación repentina de burbujas de gas dentro del líquido sinovial que lubrica las uniones del cuerpo. Sin embargo, la práctica frecuente y forzada dista de ser completamente inocua.
Según explican profesionales de la salud, el inconveniente surge cuando esta acción se vuelve constante, intensa o vinculada a estados de ansiedad. Con el tiempo, esa repetición puede generar inflamaciones leves, molestias persistentes, disminución de la fuerza manual e irritación de ligamentos y tendones.
Desde el ámbito médico remarcan que la presencia de dolor, rigidez o hinchazón tras realizar este movimiento no debe naturalizarse, ya que podría tratarse de una señal de advertencia del organismo. En esos casos, se recomienda reducir la conducta y consultar con un especialista.
Entre las sugerencias más habituales figuran evitar hacerlo de manera compulsiva, no forzar las manos, realizar estiramientos suaves de dedos y muñecas, y prestar atención a cualquier síntoma sostenido. Aunque no provoca artritis, el abuso de esta costumbre sí puede pasar factura con el correr de los años.