La tarde del 4 de agosto de 2020 parecía transcurrir con normalidad en Beirut, la capital del Líbano. Sin embargo, pocos minutos después de las 18, un incendio declarado en un depósito del puerto desencadenó una de las explosiones no nucleares más potentes registradas en la historia.
La onda expansiva fue tan intensa que arrasó barrios enteros, rompió ventanas a varios kilómetros de distancia y pudo sentirse en distintos puntos del Mediterráneo. En cuestión de segundos, gran parte del puerto quedó completamente destruido y extensas zonas de la ciudad se transformaron en un paisaje de escombros.
¿Qué provocó la explosión?
Las investigaciones determinaron que el origen de la tragedia fue la detonación de aproximadamente 2.750 toneladas de nitrato de amonio, un compuesto químico utilizado principalmente como fertilizante y en actividades industriales, pero que puede volverse extremadamente peligroso cuando se almacena sin las condiciones de seguridad adecuadas.
El material permanecía desde 2013 en un depósito del puerto, luego de haber sido confiscado a un buque de carga. Durante años, diferentes organismos estatales fueron advertidos sobre el riesgo que representaba mantener semejante cantidad de nitrato de amonio en esas condiciones, pero no se adoptaron medidas para retirarlo o asegurar su almacenamiento.
Cuando el incendio alcanzó el depósito, el compuesto explotó con una fuerza devastadora.
Una ciudad devastada
La explosión dejó un enorme cráter en el puerto y destruyó buena parte de la infraestructura portuaria, considerada vital para el abastecimiento del país.
Los barrios cercanos fueron los más afectados. Edificios residenciales, hospitales, escuelas, comercios y oficinas sufrieron graves daños, mientras miles de viviendas quedaron inhabitables.
Las calles se llenaron de escombros, vehículos destruidos y vidrios rotos. En pocas horas, equipos de rescate, bomberos, militares y voluntarios comenzaron a recorrer las zonas afectadas en busca de sobrevivientes.
Las víctimas
La tragedia dejó más de 200 personas fallecidas, alrededor de 7.000 heridos y cientos de miles de personas sin hogar.
Entre las víctimas hubo trabajadores portuarios, bomberos que combatían el incendio inicial, personal sanitario y numerosos civiles que se encontraban en edificios cercanos al momento de la explosión.
Muchos hospitales también resultaron dañados, lo que complicó la atención médica de los heridos durante las primeras horas posteriores al desastre.
La crisis política
La explosión agravó la profunda crisis económica y política que atravesaba el Líbano.
Las investigaciones revelaron que distintas autoridades conocían desde hacía años la existencia del nitrato de amonio almacenado en el puerto y habían recibido informes que advertían sobre el peligro.
La indignación de la población dio lugar a masivas protestas contra la corrupción, la negligencia estatal y la falta de controles.
Pocos días después de la tragedia, el entonces primer ministro Hassan Diab anunció la renuncia de su gobierno en medio de la creciente presión social.
Una investigación compleja
Desde el inicio, la investigación judicial estuvo rodeada de obstáculos políticos y legales. El juez encargado del caso impulsó imputaciones contra funcionarios y exministros, pero diversos recursos judiciales y disputas institucionales retrasaron el avance del proceso.
Años después de la explosión, muchas familias de las víctimas continúan reclamando justicia y exigen que se determinen todas las responsabilidades por la tragedia.
La solidaridad internacional
Tras el desastre, numerosos países y organizaciones internacionales enviaron equipos de rescate, hospitales de campaña, alimentos, medicamentos y ayuda humanitaria para asistir a la población afectada.
La comunidad internacional también colaboró en la reconstrucción de edificios históricos, viviendas e infraestructura dañada por la explosión.
Una tragedia que dejó una marca imborrable
La explosión de Beirut no solo destruyó parte de una ciudad, sino que también se convirtió en un símbolo de las consecuencias que pueden provocar la negligencia, la falta de controles y la corrupción administrativa.
Años después, las cicatrices del desastre siguen presentes en la capital libanesa. Los edificios reconstruidos conviven con memoriales dedicados a las víctimas y con el reclamo permanente de miles de personas que aún esperan conocer toda la verdad sobre una de las peores tragedias de la historia reciente del Medio Oriente.
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