Una publicación en Facebook encendió un fuerte debate sobre la empatía y los derechos de las personas con discapacidad en el uso de aplicaciones de viajes. El hecho ocurrió en la capital santiagueña, donde una mujer relató que su comadre sufrió la cancelación de al menos tres viajes solicitados a través de Uber, luego de que los conductores advirtieran que el pasajero era un niño que se moviliza en silla de ruedas.
Según el testimonio, los viajes fueron aceptados inicialmente, pero cancelados poco después, sin explicaciones claras. La situación generó impotencia, bronca y tristeza, y dejó flotando un interrogante que rápidamente fue replicado por otros usuarios: ¿se trata de un acto de discriminación o simplemente de una falta de empatía?
En su mensaje, la usuaria intenta comprender los posibles motivos de los choferes, como el temor a que la silla de ruedas pueda dañar el vehículo. Sin embargo, también remarca que quienes eligen trabajar en plataformas de transporte saben que este tipo de situaciones forman parte del servicio y que, en esos casos, deberían ponerse en el lugar del otro.
Una experiencia ocurrida en Santiago del Estero que volvió a poner sobre la mesa una discusión incómoda pero necesaria, y que deja una pregunta abierta: ¿hasta dónde llega la responsabilidad social de quienes prestan este tipo de servicios?