La firma del acuerdo marco entre Estados Unidos y Argentina abrió un frente inesperado para Donald Trump dentro de uno de los sectores que más lo apoyó en su regreso a la Casa Blanca: los productores agropecuarios. Ganaderos y agricultores expresaron inquietud por las políticas anunciadas, que incluyen una mejora en el acceso recíproco a los mercados de carne vacuna y un paquete de asistencia económica para Argentina.
Aunque la Casa Blanca aún no difundió los detalles completos del entendimiento, un apartado del anuncio ya generó malestar: ambos países se comprometieron a facilitar condiciones para el intercambio de carne. Para los ganaderos estadounidenses, esto reaviva una protesta que se venía gestando desde que Trump insinuó que aumentaría la cuota anual de importaciones argentinas, con el objetivo de presionar a la baja los precios internos. Los trascendidos hablaban de una suba de 20.000 a 80.000 toneladas anuales, número que encendió alarmas en el campo norteamericano.
El malestar aumentó cuando, un día después, Trump ordenó eliminar aranceles recíprocos para la carne importada desde cualquier origen, una medida que el sector interpretó como un golpe directo a su competitividad. En paralelo, el acuerdo con Argentina incluye también un incremento en la cuota de ingreso al mercado estadounidense, lo que generó una doble preocupación.
La inquietud no se limita al rubro ganadero. Los productores de soja, ya castigados por la política arancelaria impredecible que caracteriza al actual gobierno —marca registrada de impuestos globales que se colocan, se quitan y se renegocian—, ven con recelo el paquete de ayuda financiera que Estados Unidos destinará a Buenos Aires. Temen que, en un contexto de mercados volátiles, cualquier fortalecimiento del sector agrícola argentino pueda derivar en competencia adicional o en cambios de precios que los afecten.
Mientras lidian con insumos más caros, proveedores inestables y mercados cerrados como el de China para la soja estadounidense, muchos agricultores consideran que este nuevo acuerdo podría perjudicarlos, aun si los volúmenes involucrados no alcanzan para modificar de manera drástica los precios internacionales.
En ese clima de desconfianza, la reacción del campo estadounidense se convirtió en una señal de alerta para la administración Trump, que deberá equilibrar la estrategia internacional con las expectativas de un sector que fue decisivo en su victoria electoral.