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Opinión

La Selección, o cómo aprender que no somos omnipotentes

Por la Lic. Paula Cussa Litvak

Estamos a pocas horas de la final y el país parece un sistema nervioso a punto de estallar. Mañana domingo, cuando la pelota empiece a rodar, muchos sentiremos que se detiene el tiempo. Pero si logramos bajar un poco la espuma de esta ansiedad colectiva, podemos ver que este Mundial nos dejó una lección que trasciende el fútbol: una forma de entender el vínculo que viene bastante descuidada.

Lo que vimos en esta Selección no fue solo técnica; fue el despliegue de una ética de equipo que, en tiempos de individualismo extremo, parece casi revolucionaria. En nuestra cultura actual, donde nos venden que el éxito es el resultado del esfuerzo solitario y que el que no gana no existe, este grupo nos mostró otra cosa. Nos mostraron que la verdadera fuerza aparece cuando uno acepta su propia limitación, cuando admite que no es omnipotente y que, indefectiblemente, necesita del otro para completar la jugada.

Desde el psicoanálisis, decimos que el gran desafío de un sujeto es aceptar la "castración": reconocer que nos falta algo, que no nos bastamos a nosotros mismos. Sin embargo, los discursos de esta época insisten en empujarnos a una lógica de rendimiento individual, como si la vulnerabilidad fuera un defecto a ocultar. Este equipo, en cambio, jugó desde la carencia compartida: se apoyaron porque sabían que, si uno caía, el otro estaba ahí. Hicieron del "pasame la pelota" un acto de confianza pura, una forma de decir: "No puedo solo, te necesito para llegar". No se rindieron ante la adversidad porque entendieron algo fundamental: el peso de la angustia se divide y la potencia de la ilusión se multiplica cuando hay un nosotros.

Más allá de la pelota, los cuestionamientos que me hago al cerrar este escrito no son azarosos; son una radiografía. Porque cuando nos preguntamos si podemos apoyarnos en el otro, no estamos hablando solo de un equipo de fútbol, sino de cómo nos vinculamos como sociedad. Nuestras dudas personales son el síntoma de una época que nos exige ser autosuficientes, ocultando nuestras fisuras bajo una capa de falsa invulnerabilidad.

Quizás, más allá de lo que pase mañana, lo que este torneo nos devolvió fue la capacidad de creer en el otro. Y eso, en una sociedad que nos empuja a desconfiar y a competir, es un campeonato que ya está en nuestras vitrinas. Entonces, en este clima de víspera, la pregunta vuelve a ser el centro: ¿cuánto te permitiste apoyarte en los tuyos, o todavía seguís creyendo que para ser exitoso hay que jugar todo el partido solo? Porque al final del día, la forma en que respondas a esto define, también, la sociedad que estamos construyendo.

PD: Igual, para qué nos vamos a mentir, ¡la copa la quiero en casa!

 

Sobre la autora

Paula Cussa Litvak, Licenciada en Psicología (MP 956), egresada de la Universidad Nacional de Córdoba, con una sólida formación en el marco del Psicoanálisis. Mi práctica clínica se centra en el acompañamiento a jóvenes y adultos, brindando un espacio orientado a abordar los desafíos de la subjetividad contemporánea y las problemáticas vinculares actuales.

Actualmente, me encuentro finalizando un posgrado en Sexología y Problemáticas Vinculares, lo cual me permite integrar herramientas específicas para el abordaje de la sexualidad y las dinámicas relacionales con un enfoque psicoanalítico.

Contacto:

Celular: (351) 3992335

Instagram: Psico.paulacussa

Mail: [email protected]

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