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Opinión La odisea de los argentinos se vuelve cada vez más cuesta arriba

Llegar a fin de mes versus el mejor país que los libertarios declaman en redes

Los bolsillos flacos y los aumentos permanentes son un cóctel difícil de manejar para millones de familias argentinas.

Dante Federico Luna

Por Dante Federico Luna

La pregunta de cómo llegar a fin de mes en un contexto donde el salario mínimo perdió gran parte de su poder adquisitivo es una de las principales preocupaciones de millones de argentinos. Cuando el ingreso crece por debajo del costo de vida, las familias se ven obligadas a modificar hábitos de consumo, postergar gastos y resignar calidad de vida.

Según distintos estudios académicos, entre ellos trabajos de investigadores de la Universidad de Buenos Aires y del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, el salario mínimo atraviesa una fuerte pérdida de capacidad de compra respecto de sus mejores momentos históricos. Esto significa que hoy se necesitan más horas de trabajo para acceder a los mismos bienes y servicios que años atrás.

¿Cómo hacen las familias para llegar a fin de mes?

Generalmente recurren a una combinación de estrategias:

  • Reducir el consumo de alimentos considerados no esenciales.
  • Buscar segundas fuentes de ingreso o trabajos informales.
  • Utilizar ahorros acumulados, cuando existen.
  • Financiar gastos corrientes con tarjetas de crédito.
  • Postergar compras de indumentaria, electrodomésticos o mantenimiento del hogar.
  • Renunciar a actividades recreativas, culturales o turísticas.
  • Priorizar el pago de servicios y alimentos por sobre otros gastos.
El problema es que muchas de estas medidas son transitorias. Cuando la pérdida del poder adquisitivo se prolonga durante meses o años, las posibilidades de ajuste familiar se agotan.

 

La paradoja de la desaceleración inflacionaria

Aunque la inflación pueda mostrar una tendencia descendente, eso no implica automáticamente una mejora del bienestar. Si los precios suben menos, pero los salarios continúan creciendo por debajo de esos aumentos, el poder adquisitivo sigue deteriorándose.

Por eso muchas familias perciben una contradicción entre los indicadores macroeconómicos y su realidad cotidiana. Pueden escuchar que la inflación baja, pero al mismo tiempo comprobar que el supermercado, las tarifas, el transporte o los medicamentos continúan absorbiendo una porción cada vez mayor de sus ingresos.

 

¿Qué debería ocurrir para revertir la situación?

La recuperación del salario real suele requerir varias condiciones simultáneas:

  • Inflación sostenidamente baja durante un período prolongado.
  • Aumentos salariales por encima de la inflación.
  • Crecimiento de la actividad económica y del empleo formal.
  • Recuperación del consumo interno.
  • Mayor productividad y generación de inversiones.
Sin esos elementos, la mejora de los ingresos suele ser temporal o insuficiente.

Mirá también: Candomblé, sacrificios y oscuridad en la religión - Diego Ramos en Dos Generaciones, Una entrevista

 

Un problema que va más allá de los números

La caída del salario mínimo no solo afecta el consumo. También impacta en las expectativas sociales. Cuando una persona que trabaja a tiempo completo siente que no puede cubrir necesidades básicas o proyectar un futuro mejor, aparece la incertidumbre, el desaliento y la pérdida de confianza en la movilidad social.

Por eso el debate sobre el salario mínimo no es únicamente económico. Es también una discusión sobre qué nivel de vida puede garantizar una sociedad a quienes trabajan todos los días. Si el ingreso mínimo ya no alcanza para cubrir necesidades esenciales, la pregunta deja de ser cuánto gana un trabajador y pasa a ser qué tan lejos está de poder vivir con dignidad.

En el corto plazo, revertir una pérdida salarial tan profunda parece difícil, incluso si la inflación continúa bajando. La razón es matemática: cuando el salario mínimo ha perdido más de dos tercios de su poder adquisitivo respecto de sus mejores momentos, la recuperación requiere aumentos muy superiores a la inflación durante varios años consecutivos.

Dentro de la lógica económica del gobierno de Javier Milei, la prioridad ha sido estabilizar la macroeconomía, reducir el déficit fiscal y desacelerar la inflación. El argumento oficial es que primero debe ordenarse la economía para luego permitir una recuperación sostenible de salarios e ingresos.

Sin embargo, existe una tensión evidente. El ajuste fiscal y la caída del gasto público han contribuido a reducir la inflación, pero también han impactado sobre el consumo, la actividad económica y el empleo en diversos sectores. Como consecuencia, la mejora salarial no aparece con la velocidad que muchos trabajadores necesitan.

 

¿Puede mejorar en los próximos meses?

Sí, pero probablemente de manera gradual y limitada.

Para que haya una recuperación significativa, deberían darse simultáneamente tres condiciones:

  • Inflación mensual muy baja y estable.
  • Paritarias o actualizaciones salariales que superen a esa inflación.
  • Reactivación de la economía que genere mayor demanda de empleo.
Si alguna de esas variables falla, la recuperación del poder adquisitivo se vuelve más lenta. Y a razón de verdad, no parece que ninguna sea de fácil logro en esta gestión.

 

El gran desafío del modelo libertario

La apuesta del Gobierno es que la estabilidad genere inversiones, crecimiento y, posteriormente, mejores salarios. El problema es que existe una diferencia entre los tiempos de la macroeconomía y los tiempos de las familias.

Un gobierno puede celebrar una reducción de la inflación, pero una familia necesita llegar a fin de mes hoy. Si el salario no alcanza para cubrir alimentos, servicios y transporte, la percepción social será negativa independientemente de los indicadores macroeconómicos.

Por eso el verdadero examen para la administración de Milei no será únicamente bajar la inflación, sino lograr que esa estabilidad se traduzca en una mejora perceptible de los ingresos reales.

La gente no llega a fin de mes.
La gente no llega a fin de mes.

La cuestión política de fondo

La historia argentina muestra que los planes de estabilización suelen atravesar dos etapas. La primera consiste en controlar los desequilibrios económicos. La segunda, mucho más compleja, es distribuir los beneficios de esa estabilidad hacia los salarios y el empleo.

Si el Gobierno logra que los ingresos comiencen a crecer por encima de los precios durante un período prolongado, podría consolidar apoyo social. Pero si la estabilidad convive con salarios deprimidos y consumo estancado, la sociedad podría empezar a preguntarse para quién está funcionando realmente el ajuste.

Por eso, más que discutir si la inflación baja o sube, la pregunta que probablemente marcará el clima social de los próximos meses será mucho más sencilla: ¿la gente vive mejor que hace un año? Si la respuesta mayoritaria es negativa, la recuperación económica seguirá siendo percibida como una promesa pendiente.

Y en el medio están las aspiraciones reeleccionistas de Javier Milei, que si quiere realmente tener reales posibilidades deberá mejorar los números de la economía, pero no para las estadísticas, sino en la vida corriente de las personas, esas que hoy miran al Cielo pidiendo ayuda.

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