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Opinión No hace falta llenar cada hora con actividades ni eliminar por completo las pantallas

El derecho a aburrirse: niñas y niños en vacaciones de invierno

Por Candela Chávez, psicóloga clínica.

Cuando un niño o una niña dice:

- Me aburro.

Muchas veces los adultos escuchamos:

- Entreteneme.

Pero quizás habría que escuchar más allá:

- Estoy buscando con qué encontrarme."

Entonces el aburrimiento deja de ser un déficit para convertirse en un momento de elaboración y de posibilidad.

Una época que no soporta que un niño se aburra es la misma época que tampoco soporta la espera, el silencio, la frustración ni la incertidumbre. Frente a cada instante vacío aparecen respuestas inmediatas como pantallas, videos, juegos diseñados por otros. Sin embargo, la imaginación necesita justamente lo contrario, precisa un tiempo que todavía no esté ocupado.

Podemos pensar el aburrimiento como un acto de resistencia al consumo. Vivimos en una cultura que nos dice permanentemente qué mirar, qué comprar, qué hacer, qué desear. El aburrimiento suspende, aunque sea por un instante, esa cadena de estímulos, es decir, nos obliga a inventar.

Defendemos el derecho al aburrimiento porque es una experiencia que a niñas y niños (y a los adultos) les abre posibilidades a funciones fundamentales como la creatividad, la plasticidad neuronal y simbólica, la planificación, la resolución de conflictos, la tolerancia a la frustración y la capacidad de proyectar alternativas frente a las dificultades. Desde donde miramos, pensamos e intervenimos, eso convierte al aburrimiento en una experiencia constitutiva, no en un tiempo perdido.

En la clínica con niñas y niños, esto aparece con frecuencia: una caja vacía termina siendo un barco, un auto; una manta puede transformarse en una cueva; dos almohadones, una montaña. Ninguna aplicación ofrece esa experiencia porque allí no hay un contenido previamente diseñado: el niño tiene que producirlo.

En este sentido, el tiempo libre no significa tiempo sin sentido. Es un tiempo donde pueden aparecer conversaciones, cocinar juntos, visitar a un abuelo, construir una cabaña con sábanas, leer un cuento, caminar una plaza, inventar un juego. La infancia necesita más experiencias, no solamente estímulos.

Las pantallas no son "el enemigo". Son parte de nuestra cultura. La pregunta no es si están o no están, sino qué lugar ocupan. ¿Reemplazan el encuentro? ¿Son la única forma de tramitar el aburrimiento? ¿O conviven con otras experiencias?

Las niñas y los niños necesitan rutinas, pero no rigidez. Las vacaciones pueden flexibilizar horarios y obligaciones, sin perder algunos organizadores básicos (como el sueño, las comidas y los momentos compartidos) porque esos ritmos siguen ofreciendo seguridad.

No hace falta responder inmediatamente al "me aburro". A veces alcanza con devolver la pregunta: "¿Qué se te ocurre hacer?". Ese pequeño gesto deja de ubicar al adulto como proveedor permanente de entretenimiento y reconoce en el niño la capacidad de inventar, crear, proponer y sorprenderse.

No hace falta llenar cada hora con actividades ni eliminar por completo las pantallas. Tal vez el mayor desafío sea recuperar la presencia sin apuros. Compartir un desayuno sin prisa, jugar una partida de cartas, salir a caminar, cocinar juntos o simplemente conversar. Son escenas cotidianas que, aunque parezcan pequeñas, dejan huellas mucho más profundas que cualquier entretenimiento programado.

El aburrimiento no es tiempo perdido; es tiempo fértil. En una época que mide el valor de cada minuto por su productividad, defender el derecho de las infancias a aburrirse es, de algún modo, defender su derecho a imaginar.

Quizás una de las mejores cosas que puedan dejar estas vacaciones de invierno no sea una agenda llena de actividades, sino haberles regalado a niñas y niños el tiempo suficiente para aburrirse… hasta que aparezca un juego que nadie había planificado.

El juego que nace del aburrimiento no termina en la infancia. Cuando una niña o un niño aprende a tolerar un tiempo vacío y, desde allí, inventa una historia, transforma un objeto o encuentra una manera propia de jugar, está desarrollando recursos que le serán valiosos a lo largo de la vida. Esa capacidad de imaginar posibilidades es la misma que, años después, permitirá pensar alternativas frente a un problema, anticipar escenarios, crear soluciones y afrontar la incertidumbre sin quedar paralizado ante aquello que no tiene una respuesta inmediata.

Quizás por eso defender el derecho a aburrirse sea también defender el futuro. Porque quien aprende, desde pequeño, a habitar un vacío sin llenarlo inmediatamente con un estímulo externo, descubre que puede producir algo propio. Allí comienza la imaginación, pero también una forma de habitar el mundo: la de quien, frente a la incertidumbre, no espera que las respuestas vengan dadas, sino que se anima a buscarlas, inventarlas y construirlas.

Candela Chávez vacaciones de invierno
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