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Opinión Informe exclusivo

Del púlpito a las urnas: el voto evangélico como “bisagra” electoral en América y el desafío para el catolicismo

La pregunta que se abre en el continente es doble: si este peso electoral se confirma y se estabiliza, ¿cuánto vale en votos? y si implica (o no) un retroceso de la Iglesia Católica.

Xavier María Ferrera Peña

Por Xavier María Ferrera Peña

En campañas cada vez más polarizadas, las iglesias evangélicas —sobre todo pentecostales y neopentecostales— se consolidaron como un actor capaz de inclinar resultados, ordenar agendas y “disciplinar” votos en distritos clave. No es un fenómeno homogéneo ni automático: no existe un “voto evangélico” único, pero sí redes territoriales, mediáticas y comunitarias que, en determinados contextos, funcionan como maquinaria electoral o como gran “bolsa” de votos disputada por candidatos.

La pregunta que se abre en el continente es doble: si este peso electoral se confirma y se estabiliza, ¿cuánto vale en votos? y si implica (o no) un retroceso de la Iglesia Católica en su histórica centralidad política y cultural.

Dante Gebel, Show y Fe con intenciones claramente políticas.
Dante Gebel, Show y Fe con intenciones claramente políticas.

Qué dicen los datos: crecimiento, cambio y “bisagras”

En términos demográficos, el trasfondo es un reacomodamiento religioso en el continente. En América Latina y el Caribe, el cambio fuerte de la última década no es solo el corrimiento desde el catolicismo hacia iglesias evangélicas, sino también el aumento de la desafiliación (personas “sin religión”). Pew Research lo subraya para 2010-2020: cae la proporción de cristianos en varios países y crece el grupo sin afiliación, con casos muy marcados como Chile y Uruguay.

Un informe de la Biblioteca del Congreso Nacional de Chile (BCN), citando Latinobarómetro 2024, aporta una foto útil por país: a nivel regional, la población evangélica habría crecido con fuerza desde mediados de los 90 (con variaciones recientes), y los países con mayor “penetración” evangélica incluyen Honduras (43%), Guatemala (40%) y El Salvador (35%); mientras que Uruguay (6%), Paraguay (7%) y Argentina (9%) aparecen en el extremo bajo.

En paralelo, investigaciones clásicas sobre el giro religioso en la región muestran el mecanismo central: gran parte de los protestantes/evangélicos actuales fueron criados católicos en muchos países, lo que convierte la competencia religiosa en una competencia por redes sociales, contención comunitaria y sentido moral.

 

Cómo “se transforma” fe en poder electoral

En los casos donde se observa impacto electoral, se repiten cuatro canales:

  • Capilaridad territorial: templos, pastores, células barriales, asistencia social.
  • Medios propios: radios, TV, streaming, redes; y líderes con alto reconocimiento.
  • Agenda valórica: aborto, educación sexual, identidad de género, familia, seguridad, “orden”.
  • Estrategia política: desde apoyar candidaturas externas hasta armar partidos y bancadas.
Un estudio regional de la Misión de Observación Electoral (MOE) resume esa irrupción como un nuevo actor que en distintos países se expresa en bancadas, plebiscitos, elecciones reñidas y proliferación de partidos vinculados a iglesias; también advierte que la participación no es uniforme y que no toda movilización religiosa se traduce linealmente en votos para “partidos confesionales”.

 

Discriminación por países: dónde pesa más y qué “cultos/iglesias” se ven involucrados

 

Argentina: un Estado no confesional con “sostenimiento” católico y un evangelismo en ascenso

Aunque suele repetirse que “Argentina tiene religión oficial”, la Constitución no declara una religión estatal exclusiva. Lo que sí fija es un trato singular: el Artículo 2 establece que “el Gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano”. En la práctica, esto se tradujo históricamente en apoyos e instrumentos institucionales específicos, reforzados por el Acuerdo con la Santa Sede (1966) aprobado por la Ley 17.032, que ordena aspectos de la relación Estado-Iglesia Católica.

La asimetría se nota también en el plano administrativo: la Ley 21.745 creó el Registro Nacional de Cultos para entidades religiosas que no integren la Iglesia Católica Apostólica Romana. Es decir, mientras múltiples confesiones deben inscribirse para su reconocimiento y funcionamiento formal ante el Estado, la Iglesia Católica corre por un carril propio.

En los últimos años, sin embargo, la relación muestra signos de reacomodamiento. La Conferencia Episcopal Argentina informó que a fines de diciembre de 2023 concluyó el proceso mediante el cual obispos y arzobispos renunciaron a la asignación mensual prevista por la Ley 21.950. El gesto no cambia el marco constitucional, pero sí impacta en la dimensión simbólica y presupuestaria del “sostenimiento”.

En paralelo, la disputa por influencia pública ya no es monopolio católico. Encuestas nacionales muestran un país mayoritariamente católico, pero con crecimiento evangélico y aumento del sector sin religión: la Encuesta Nacional del CONICET (2019) estimó 62,9% católicos, 15,3% evangélicos y 18,9% sin religión. Otras mediciones y verificaciones periodísticas arrojan cifras diferentes según año y metodología, pero coinciden en la tendencia a la diversificación.

Esa expansión también se refleja en el terreno político: un relevamiento de Chequeado señaló en diciembre de 2025 la presencia de 9 legisladores identificados con la comunidad evangélica en el Congreso. En términos electorales, el fenómeno argentino todavía no exhibe un “bloque” tan disciplinado como en Brasil o Centroamérica, pero sí un dato nuevo: candidatos y partidos ya compiten por redes de iglesias, sobre todo cuando la agenda pública se ordena alrededor de debates morales (familia, educación sexual, aborto) o de demandas de seguridad y “orden”.

Lectura final: Más que un “retroceso” lineal del catolicismo, Argentina muestra un escenario de pérdida de centralidad social combinada con persistencia institucional. La Iglesia Católica conserva un estatus singular en el Estado, pero el mapa religioso se volvió competitivo —y ese cambio, lentamente, empieza a notarse en las urnas.

Billy Graham fue un influyente en la política de Estados Unidos.
Billy Graham fue un influyente en la política de Estados Unidos.

Estados Unidos: el bloque evangélico blanco como columna republicana

En EE. UU., el peso electoral es visible en el voto por afinidad religiosa: según PRRI, más de ocho de cada diez evangélicos blancos votaron por Donald Trump en 2024 (según análisis de encuestas/exit polls preliminares).

Eso no significa que “los evangélicos” voten todos igual: entre latinos protestantes/evangélicos hay mayor diversidad partidaria (un dato que vuelve más impredecible su impacto en elecciones cerradas).

Clave política: en escenarios parejos, un bloque muy leal funciona como “ancla” y empuja a candidatos a radicalizar o enfatizar temas culturales.

 

Brasil: del crecimiento demográfico a la ingeniería electoral

Brasil es el laboratorio más citado por dos razones: tamaño y organización. En 2022, el censo brasileño (IBGE) mostró una caída de católicos y un aumento de evangélicos: católicos 56,7% y evangélicos 26,9% (con aumento del grupo “sin religión” y suba de religiones afrobrasileñas).

En la disputa electoral, son una minoría grande y muy cortejada: reportes de prensa y encuestas muestran que Bolsonaro mantuvo ventaja entre evangélicos frente a Lula en 2022.

Qué iglesias se mencionan con más frecuencia en la política brasileña: pentecostales y neopentecostales, con casos emblemáticos como la Iglesia Universal del Reino de Dios (IURD) y grandes denominaciones como Asamblea de Dios, señaladas en literatura regional por sus métodos de campaña dentro de congregaciones.

Traducción electoral: cuando una identidad religiosa llega a 1 de cada 4 (o más) y además tiene redes territoriales, el peso deja de ser “opinión” y pasa a ser estructura.

Edir Macedo cosechó fortunas, poder y polémicas en Brasil.
Edir Macedo cosechó fortunas, poder y polémicas en Brasil.

Centroamérica: Honduras, Guatemala y El Salvador, el triángulo de alta “penetración”

Aquí el fenómeno se expresa con más fuerza demográfica (y, por momentos, con discurso explícitamente religioso en campaña). La BCN, citando Latinobarómetro 2024, ubica a Honduras (43%), Guatemala (40%) y El Salvador (35%) como los países con mayor proporción evangélica en la región.

Guatemala: la influencia religiosa aparece en coaliciones y fórmulas electorales. AP registró, por ejemplo, cómo una candidatura presidencial buscó “blindaje conservador” incorporando a un pastor evangélico como compañero de fórmula y enfatizando posiciones antiaborto/antimatrimonio igualitario.

Honduras: hay evidencia periodística de alta tensión política reciente, pero muchas afirmaciones sobre “papel decisivo” de líderes evangélicos provienen de fuentes confesionales; lo verificable hoy es que, por tamaño poblacional, cualquier coordinación religiosa tiene potencial de impacto.

 

México: irrupción por alianza partidaria, no por “bancada” única

México tiene una tradición laica fuerte, pero hubo señales claras de entrada de partidos con inspiración evangélica al juego electoral, especialmente a través de alianzas. Un análisis en Nueva Sociedad revisa la alianza de López Obrador con el Partido Encuentro Social (PES) y cómo eso legitimó nuevos discursos religiosos en la arena pública.

En paralelo, investigaciones académicas sobre elecciones mexicanas discuten la relación entre religión y política bajo el marco legal de asociaciones religiosas.

Otros cultos/movimientos con visibilidad política: en México, medios como El País han abordado episodios donde organizaciones religiosas específicas ganaron exposición pública e incidencia en agenda (un terreno sensible y muy judicializado).

 

Colombia: del plebiscito a la representación legislativa

Colombia es un caso clave por el cruce entre movilización moral y resultados concretos. La MOE describe cómo, en el contexto del plebiscito de 2016, iglesias católicas y evangélicas se movilizaron en calle y redes; pero también remarca que esa movilización no se traduce automáticamente en votos para etiquetas partidarias confesionales.

Aun así, hubo representación: la MOE documenta el desempeño de partidos/movimientos como MIRA y Colombia Justa Libres, incluyendo cifras de votos y curules en legislativas recientes.

 

Costa Rica: cuando un candidato evangélico llega al umbral del poder

Costa Rica se volvió referencia en 2018: el salto electoral de un candidato evangélico (Fabricio Alvarado) mostró cómo un debate moral puede reorganizar la competencia. Medios y estudios académicos discuten esa “bisagra” religiosa en el comportamiento político.

 

Chile: disputa explícita por el voto evangélico y representación en ascenso

La BCN identifica en Chile una trayectoria de participación política evangélica con énfasis en “temas valóricos” y menciona incluso una suerte de “bancada evangélica” en el Congreso (sin formalización única).

En plena dinámica electoral, análisis de prensa han estimado un universo de votantes evangélicos disputado por candidatos, con inclinación hacia opciones conservadoras (aunque con señales de fragmentación y menor disciplina de bloque).

 

Entonces, ¿cuánto “pesa” electoralmente?

Si el fenómeno se confirma como tendencia estable, su “peso” suele medirse en tres dimensiones:

  • Peso demográfico (porcentaje de población): donde supera 20-30%, puede definir segundas vueltas o mayorías legislativas (Brasil; parte de Centroamérica).
  • Peso organizacional (capacidad de coordinación): iglesias con estructura nacional y medios propios multiplican impacto.
  • Peso situacional (temas activadores): en campañas donde “valores” y seguridad dominan, crece la probabilidad de voto alineado.
La conclusión más prudente: no es un “voto cautivo” universal, pero sí un electorado que, en países específicos, se volvió la gran bisagra.

 

¿Retroceso para la Iglesia Católica?

En números, el catolicismo enfrenta retrocesos relativos en varios países, pero el panorama es más complejo:

En algunos lugares, el desafío principal no es solo “evangélicos vs católicos”, sino católicos vs desafiliación (Chile y Uruguay son casos muy marcados).

Donde crecen evangélicos, la competencia es también por servicios comunitarios, cercanía barrial y presencia cotidiana, no solo por doctrina.

La Iglesia Católica conserva capilaridad institucional (educación, salud, redes sociales históricas) y puede mantener influencia política aun con menor porcentaje, especialmente cuando actúa como mediadora social.

En síntesis: sí hay pérdida de centralidad automática del catolicismo en el “monopolio cultural” de muchas sociedades, pero no necesariamente un “retroceso” lineal: depende de si la competencia religiosa se traduce en poder político sostenido, o si el gran ganador termina siendo el no alineamiento religioso.

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