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Opinión Exclusivo

Adorni no explicó nada: apenas confesó que el poder ya le parece propio

Habló como habla la casta cuando deja de sentirse interpelada. Primero niega el privilegio. Después lo minimiza. Más tarde lo normaliza.

Xavier María Ferrera Peña

Por Xavier María Ferrera Peña

“Con una rubia en el avión dispuesto a morir… “ musiquita, meme, basta. La risotada es una invitación al olvido en una semana.

Manuel Adorni, jefe de Gabinete desde noviembre de 2025, quedó en el centro de la polémica luego de admitir que su esposa Bettina Angeletti viajó con la comitiva oficial en el avión presidencial rumbo a Estados Unidos. En sus distintas justificaciones habló de “compañera de vida”, de una invitación de Presidencia, de que no hubo costo para el Estado y de que “es normal” viajar con la esposa. Pero cada una de esas frases, más que aclarar, agrava el problema: no discuten el privilegio, lo naturalizan. Además, el caso ya motivó un pedido de informes en Diputados para que el Poder Ejecutivo detalle si Angeletti integró formalmente la comitiva, qué función cumplió y quién pagó su traslado.

La defensa de Adorni tiene un problema de origen: no fue una explicación institucional sino una confesión de costumbres. No habló como jefe de Gabinete. Habló como alguien que ya empezó a creer que una herramienta del Estado puede acomodarse a su comodidad personal. Y eso, en un gobierno que edificó buena parte de su legitimidad sobre el sermón anti-casta, no es un detalle menor: es una falla moral, política y simbólica.

La primera excusa fue sentimental. “Yo quería que mi esposa me acompañe porque es mi compañera de vida”, dijo, y agregó que ella “le da una mano de más” durante el viaje. El problema es obvio: el avión presidencial no existe para honrar vínculos afectivos ni para premiar contención emocional. No es un anexo matrimonial del poder. No es un spa logístico para funcionarios fatigados. En una república, la categoría “compañera de vida” puede ser entrañable en la intimidad, pero no crea ninguna habilitación institucional. El Estado no administra afectos: administra recursos públicos.

La segunda excusa fue peor: “Presidencia la invitó”. Esa frase no resuelve el problema; lo desplaza de escritorio. Porque entonces la pregunta ya no es por qué viajó la esposa de Adorni, sino con qué criterio la Presidencia invita a una persona sin función pública conocida a integrar un traslado oficial. Cambiar “la subí yo” por “la invitó Presidencia” no limpia nada. Apenas reparte la responsabilidad entre más oficinas. Y cuando un privilegio se burocratiza, no deja de ser privilegio: se vuelve privilegio administrativo.

La tercera coartada fue la épica del sacrificio. “Vengo una semana a deslomarme acá”, dijo Adorni. Ese argumento también se cae solo. El cansancio no crea excepciones éticas. Trabajar mucho no autoriza a privatizar lo público. Si así fuera, cada funcionario podría justificar cualquier beneficio personal alegando agenda intensa, estrés o agotamiento. Justamente porque el poder desgasta, la ética pública existe para poner límites. Si el criterio pasa a ser “como me esfuerzo, merezco una excepción”, entonces ya no gobierna la ley: gobierna el estado de ánimo del funcionario.

Después vino la defensa contable: “No le sacamos un peso al Estado”, “los gastos de ella se los paga ella”, “no tiene gasto adicional”. Acá Adorni hace trampa con la idea misma de costo. Primero, porque ni siquiera esa afirmación fue acompañada públicamente por documentación respaldatoria. Segundo, porque aun si el costo marginal fuera nulo o discutible, el problema de fondo seguiría intacto: el uso de un bien oficial para una finalidad privada. La ética pública no se agota en la planilla Excel. Hay privilegios que no se miden solo por ticket, sino por acceso. El avión presidencial no se convierte en moralmente neutro porque sobre un asiento vacío se siente la esposa del jefe de Gabinete en vez de otro pasajero.

Adorni también dijo que “no hay nada malo ni nada que aclarar”. Esa es, quizá, la frase más reveladora de todas. Porque no expresa inocencia: expresa impunidad de percepción. El funcionario no solo se defiende; además sugiere que la sola pregunta es ilegítima. Como si el escrutinio público fuera una malicia opositora y no una obligación básica cuando se usan recursos del Estado. Pero cuando un gobierno hizo del “con la mía no” una bandera, no puede descubrir recién ahora que la sociedad pregunte. La vara no la puso la oposición. La puso el propio mileísmo cuando convirtió la austeridad en catecismo.

Peor aún: Adorni agregó que “es normal que uno viaje con su esposa” y que incluso había “mujeres de otros funcionarios”. Ese reflejo de manada tampoco lo salva. Que algo sea frecuente en el ecosistema del poder no lo vuelve correcto. Al contrario: así funciona la degradación institucional, a fuerza de costumbres compartidas y privilegios que se dejan de discutir porque “siempre fue así”. La casta, justamente, empieza cuando lo excepcional se normaliza y lo impropio pasa a ser presentado como rutina.

La defensa de las “comitivas más chicas de la historia” es otro truco clásico: responder una pregunta incómoda con una comparación conveniente. Puede ser cierto que viajen menos personas que antes; aun así, eso no contesta la cuestión principal. Una comitiva más reducida no vuelve automáticamente legítimo a cada integrante. El argumento cuantitativo sirve para eludir el cualitativo. No se discute si son quince, veinte o cuarenta. Se discute por qué una persona sin rol institucional sube a un avión oficial. La pequeñez del grupo no purifica la impropiedad del caso.

Y acá aparece la contradicción más devastadora. En agosto de 2024, el propio Gobierno fijó por decreto que las aeronaves públicas no pueden utilizarse para actividades ajenas a su condición esencial al servicio del poder público y prohibió cualquier uso que pueda considerarse propio de una aeronave privada. Esa norma fue presentada públicamente, además, como una forma de cortar con abusos y con el uso discrecional de la flota estatal. O sea: el problema no solo es lo que Adorni hizo ahora. El problema es que lo hizo después de haber integrado un gobierno que dijo exactamente lo contrario.

Tampoco se puede esconder este episodio detrás de la palabra “pequeñeces”, como hizo en su charla con Infobae. Las pequeñas cosas son, en política, las que mejor delatan a los gobiernos. Porque en los grandes discursos cualquiera posa de austero. La verdad aparece en los gestos mínimos, en las dispensas, en el “total no pasa nada”, en el “yo quería”, en el “es normal”. El privilegio rara vez entra por la puerta grande. Entra por la rendija de la costumbre.

Por eso el pedido de informes presentado en Diputados no es una sobreactuación partidaria sino una reacción institucional lógica. Se pidió que el Ejecutivo detalle si Bettina Angeletti integró formalmente la comitiva, qué función cumplió, quién cubrió los gastos del traslado y que además se aporte el manifiesto del vuelo. Es exactamente lo que corresponde cuando el discurso oficial colisiona con una práctica opaca. Si no hay nada que ocultar, entonces tampoco debería haber nada que temerle a la transparencia.

El punto final, en realidad, es brutalmente simple. Adorni no quedó complicado porque llevó a su esposa. Quedó complicado porque creyó que podía defenderlo sin pagar costo, apelando a la misma lógica patrimonialista que durante años denunció en otros. Quedó complicado porque habló como habla la casta cuando deja de sentirse interpelada. Primero niega el privilegio. Después lo minimiza. Más tarde lo normaliza. Y al final se indigna porque alguien osa señalarlo.

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