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#Opinión

| 01/07/2021

¿Tiene futuro Europa?

Luego del abandono de Gran Bretaña al bloque europeo, las tensiones entre los estados miembros han seguido aumentando. Para comprender la raíz de esto, debemos escudriñar un poco en el pasado.

¿Tiene futuro Europa?

La Unión Europea es un conglomerado político-económico con sede parlamentaria en la Ciudad de Bruselas (Bélgica), donde burócratas y políticos en conjunto toman las decisiones que afectan a todos los habitantes de ese poderoso bloque, del que Gran Bretaña se ha separado hace menos de un año.

A pesar de la reciente incorporación de Serbia al bloque, todo el tiempo escuchamos sobre tensiones entre los países miembros y las acusaciones de discriminación e intromisión en los asuntos internos de los países de Europa oriental por parte del resto de los países del bloque. Estas discusiones, que han llevado al divorcio de Gran Bretaña y nos hacen dudar sobre el futuro de la unión, son muy difíciles de entender sin comprender la historia de Europa.

La Unión Europea ejerce su poder primordialmente a través de los “Presupuestos Multianuales Económico-Financieros (MFF) presentados por la Comisión de Presupuesto. Esta herramienta tiene planeada para el periodo 2021-2027, expandir sus actividades en casi 200 trillones de Euros (unos doscientos millones de billones, para tener una idea sería el PBI de nuestro país multiplicado por 12 millones de veces). Estableciendo así cambios fundamentales en las políticas de desarrollo y sociales, que incluyen una reducción del  5% en los subsidios a la agricultura lo que afectaría en mayor medida a los países menos desarrollados y también plantea una reducción de subsidios estructurales para las economías más atrasadas en un 7%. Mientras que los aumentos del presupuesto serán destinados a subsidios a la inmigración, seguridad, intercambio estudiantil, investigación y desarrollo.

Además y para sorpresa de muchos países de la zona, también se incluyó otro proyecto de resolución en el que la Comisión de Gobierno se arrogaba para la facultad de sancionar a los estados miembros violadores de derechos humanos que Bruselas considere como fundamentales, negándole a estos países transgresores el acceso a los fondos comunes y ayudas especiales para el desarrollo interno.

Este avance sobre los derechos societarios es visto por los países orientales del bloque no sólo como violatorio de la carta fundacional de la Comunidad Europea; sino también como un elemento a ser utilizado para castigar y perseguir a aquellos países que no acuerden ciegamente con las políticas de Bruselas (entendiéndose por ésta, la sede de la Comunidad Europea).

Aunque históricamente haya pasado mucho tiempo, la política europea sigue recordando que hace cuatrocientos años, en el mes de mayo de 1618, los representantes de los estados protestantes reunidos en Praga arrojaban por la ventana del castillo real al Emperador de los Estados Checos, dando comienzo a una de las tragedias más grandes para sus reinos: la guerra religiosa entre los estados y reinos centrales protestantes y los católicos. Encabezados estos últimos por Francia y el Imperio Católico de los Habsburgo. Guerra que pasó a ser conocida como “la guerra de los treinta años”.

Aunque al principio esta guerra comenzó a causa de rencillas religiosas, con el tiempo el conflicto fue degenerando en una guerra de aniquilación y conquista territorial que tuvo a los estados alemanes como los más perjudicados. Cuando las partes decidieron poner fin a la carnicería y firmaron un acuerdo de paz, se establecieron las bases políticas en las que los estados europeos se dirigirían los unos a los otros.

Este sistema de relaciones dio lugar a un nuevo orden europeo que se conoció como la “Paz de Westfalia”. Firmada en 1648, dejó por sentado las primeras reglas de relaciones internacionales entre estados, reconociéndose los derechos de estos en base a la equidad e igualdad en el trato; lo que puso fin a las guerras religiosas europeas porque se comenzó a reconocer a los estados a través de sus ciudadanos y no de sus religiones.

Aunque el acuerdo no dejó vedada la posibilidad de guerras por el control territorial ni por el control de recursos estratégicos, estableció un balance de poder por el que un reino o estado no podía doblegar la voluntad e imponer requisitos a cualquiera de los demás.

Estos principios se convirtieron en normas de convivencia y política europea a lo largo de 400 años en los que su olvido provocó las guerras Napoleónicas y la Segunda Guerra Mundial, con las consecuencias que todos conocemos y que marcaron al mundo.

Por este motivo, si bien parece improbable que estas medidas, que intentan disciplinar a países miembros con políticas internas diferentes a las de los países centrales europeos, sean llevadas a la práctica; sí ponen en alerta a países como Polonia, Hungría y República Checa que ven estos intentos como un avance sobre su independencia y el sistema de balance de poder entre estados. 

Viendo estas pretensiones de Bruselas que se encuentra dominada por Francia, Alemania y partidos de extracción liberal europeos que mantienen ideas políticas también totalmente enfrentadas a la tradicional Escuela de Relaciones Internacionales Británica, podamos quizá entender el hecho por el cual se produjo el Brexit de Gran Bretaña.

La pregunta que los analistas internacionales se hacen sobre el futuro de la Unión Europea es si la política retornará una vez más a su modelo tradicional de relaciones y balance de poder establecidas en la Paz de Westfalia o nuevamente va a fallar el sistema, emulando lo que algunos estados ven como una especie de totalitarismo que quiere imponer sus ideas por la fuerza del poder económico.

Queremos finalizar este articulo con una cita que W. Churchill pronunciara en el Parlamento Ingles durante las horas más oscuras de la Segunda Guerra Mundial el 9 de Septiembre de 1941: “Seguimos siendo los arquitectos de nuestro destino y los capitanes de nuestras almas.” 

En última instancia será función de cada uno de los países europeos el determinar su futuro y decidir si ceder a presiones económicas dejando de lado las tradiciones propias y la independencia de criterios, para coronar un proyecto globalista europeo que les puede ser extraño.

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