#Opinión

| 27/05/2021

Verbo que no has de usar…

“Agua que no has de beber, déjala correr”, dice el refrán. Lo mismo se debería aplicar a los silencios en las empresas.

Verbo que no has de usar…

Hace unos años hablando de folklore con un amigo, me decía: “La Negra Sosa conoce el valor de los silencios en la música”. Y tenía razón.
Aunque suene paradójico, la interrupción de los sonidos es una parte esencial de toda melodía. Y Mercedes Sosa ciertamente hacía cantar los silencios.
Lo mismo podríamos decir de la comunicación en las organizaciones. Así como la palabra hablada es clave para motivar al equipo e indicarle un rumbo, los silencios en el momento indicado también dicen. Y mucho.
No es necesario contestar a todo ni es necesario opinar de todo. Tan importante como la palabra es el momento de su uso.
Recuerdo un par de oportunidades, en una de ellas venía preparando una serie de directivas para dar a un equipo que coordinaba. Cuando llego al salón que temporalmente hacía las veces de nuestra oficina, no solo que habían comenzado la tarea sin mi autorización; sino que habían aplicado estrategias que eran evidentemente mucho más efectivas que las que yo había planeado. La salida obvia, “de manual”, habría sido felicitar al equipo y pedir que la próxima vez me avisen antes de tomar decisiones dado que no disponían al parecer de toda la información necesaria. La salida optima, inteligente, habría sido acompañar el proceso, ir viendo cómo se desenvolvían las cosas e ir haciendo las correcciones (si las hubiere) sobre la marcha. Al final, en la discusión de evaluación o en alguna reunión intermedia, pedir prudencia para las próximas acciones.
No hice ninguna de las dos. Interrumpí un momento sus tareas, di mis directivas y luego deje que siguieran trabajando. Esa actitud más el desgano que generó, desencadenaron una serie de desmotivaciones e ineficiencias que hicieron que tenga los días contados en la empresa.
Soza siempre me repetía una frase cuando coordinábamos equipos o negociábamos con un cliente: “Lo que no es necesario decir, es necesario no decirlo”.
En la otra situación, hace varios años, llegué a una empresa a ver si había filtraciones de dinero. Luego de un breve tiempo, era evidente que así era. En esa situación uno tendería a ser inquisitivo con el personal, yo me dediqué a escuchar. Se aprende mucho charlando con los empleados, no solo por los temas que tocan; sino por aquellos que evitan tocar. Te dice mucho de los miedos que poseen y de la distancia que hay entre ellos y vos.
En lugar de tratar de “hacerme amigo”, me dediqué a generar confianza, y a escuchar más que a hablar. Sólo, se generó el ambiente para que en lugar de inculpar, los asociase en la búsqueda de una solución al problema.
Más que al culpable del robo me interesaba encontrar la causa.
No es lógico que alguien intente arruinar el lugar que le da de comer. Y la causa estaba en el destrato que el hijo del dueño daba a los empleados.
Una opinión innecesaria, es decir esa que no agrega nada (sea positiva o negativa). Una sobre-orden o una orden sobre una tarea que obviamente ya se comprendió. Las catarsis en público y a la vista de todos los empleados. La humillación encubierta del subalterno con el solo objetivo de mostrar “quien manda”.
Son todos estos actos innecesarios que lejos de fortalecer la autoridad de quien los emite, terminan rebajándola al nivel de una caricatura de gerente.
Pero para esto, hay que saber que para algunas cosas esta el trabajo y para otras el diván.

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