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#Opinión

| 11/03/2021

Myanmar y el juego de las lágrimas

Mientras un violento golpe de estado destituyó al gobierno del país y las Naciones Unidas son incapaces de tomar una resolución, el conflicto interno sigue profundizándose.

Myanmar y el juego de las lágrimas

Myanmar, otroramente conocido como Birmania, es un país muy difícil de analizar. Con más de cincuenta millones de habitantes en un lugar estratégico del Océano Índico que despierta el interés tanto de India como de China y Rusia que quieren instalar un puerto militar en esas aguas y así poder controlar el tráfico marítimo de casi el 70% del comercio sud asiático. Myanmar es un país con riquezas naturales que incluyen oro, la producción de piedras preciosas, petróleo y grandes llanuras que le permitiría producir alimentos no soóo para abastecerse sino también para exportar. Debe luchar con sus propios fantasmas y problemas post-coloniales que aún no ha sabido resolver y es una pieza importante en este ajedrez geopolítico que la supera y amarra a un presente de violencia, represión y subdesarrollo.

Esto es así porque este país que fue conquistado y colonizado por los británicos a comienzo del siglo XIX, quienes destruyeron al Reino de Birmania. Le siguió una ocupación colonial que expandió sus fronteras hasta conformar el actual territorio en el que conviven más de ciento treinta diferentes etnias de mayoría budista y que hacen muy difícil el control territorial pleno del país, y lo que originó una guerra civil que comenzó en el año 1948 y hasta el día de hoy no está resuelta. 

Hoy, luego de un breve periodo de reforma y apuesta a una incipiente democracia controlada por el ejército que se ha reservado el 25% de los asientos en el parlamento en forma automática y fija. Así como varios de los ministerios más estratégicos que incluyen el de Defensa, todo ordenado por la constitución redactada por las fuerzas armadas, nos encontramos con un golpe de estado que llevó a la cárcel a su Presidente la Premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi y a casi todos sus ministros y funcionarios, devolviendo a los militares al control total del país y sus instituciones.

A más de un mes del golpe militar ocurrido a principios de febrero del 2021 y que fuera involuntariamente transmitido mundialmente por la T.V. nacional cuando un programa de gimnasia mostraba a una profesora haciendo los ejercicios aeróbicos en una plaza frente a la casa de gobierno. Transmisión donde como telón de fondo eran montadas por los militares unas barricadas que eran seguidas por una columna de tanques y vehículos blindados que rodeaban a la Presidente y la arrestaban.

Desde esa transmisión, las protestas se han generalizado tanto por la Capital como por las principales ciudades del interior del país con la promesa de la población que frente a la brutal represión militar y policial, continuará la lucha civil con cánticos como: “la revolución debe continuar” o “nuestras vidas no interesan porque nos están condenado para su propio beneficio”. Los manifestantes se muestran incólumes agregando que si no hay democracia no hay futuro posible y que les da lo mismo morir o vivir, con lo que las manifestaciones se incrementan cada día más. Frente a estas, que han cerrado totalmente al país e incluyen paro de bancarios, de comercios y boicot a todas las empresas que los militares controlan (incluyendo a la cervecera más importante del país), las fuerzas armadas disparan con munición viva sobre los civiles indefensos y golpean sin piedad a los médicos que tratan de salvar o dar atención a los manifestantes. Y donde la población como señal de descontento en sus marchas levanta los tres dedos de la mano derecha imitando al llamado revolucionario de la película “Los Juegos del Hambre”.

Hoy llegamos a esta situación de estancamiento y conflicto nacional en un país tan desconocido para casi todo el mundo debido a su histórico aislamiento político y al poder, político y económico, que las fuerzas armadas detentan desde el año 1962 en que se hicieron con el poder. Recién entrado el siglo XXI y debido a la presión de Estados Unidos, los militares realizaron sus primeras elecciones libres; no sin antes cambiar la Constitución para asegurarse el no perder la cuota de poder que habían ganado.

Y así en el 2015 se celebraron las primeras elecciones democráticas que pusieron en el poder a la actual Presidente que ganó con el 85% de los votos; aunque en el ínterin esta democracia imperfecta se vio envuelta desde 2017 en el genocidio y limpieza étnica de la minoría Rohinga de origen musulmana realizada por el ejército y apoyada por todos los estratos del poder, dejando un saldo de 25.000 muertos y 700.000 refugiados. 

Luego del apoyo de Suu Kyi al genocidio del pueblo Rohinga, a los que llamó de invasores, su popularidad se catapultó al cielo y en las últimas elecciones del año 2020 volvió a ganar por más del 80% de los votos lo que despertó el temor de los militares a nuevas reformas que los desplazarían del centro de la toma de decisiones y haría perder el poder político y económico por lo que declararon que en las elecciones hubo fraude generalizado y que mucha gente no pudo votar.

Fue así que eligieron una junta de gobierno con la promesa de en un año volver a convocar elecciones verdaderamente democráticas y entregar el poder nuevamente.

Es así como llegamos a una situación en la que mientras el frente interno parece complicarse cada vez más con decenas de manifestantes asesinados por los militares que no quieren ceder el poder; el frente externo parece más complicado por los vetos de Rusia y China en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que no quieren entregar a Occidente este país de vital importancia para sus intereses económicos y geopolíticos y al que defienden una y otra vez sin considerar a sus propios ciudadanos. Mientras Occidente apuesta a que si cae la Junta Militar la población dará la espalda a aquellos países que han apoyado la muerte y esclavitud de sus connacionales.

Y vemos así una vez más cómo mueren las democracias y los suelos de los países son regados no por la verdad de la libertad; sino por las ideologías e intereses geopolíticos. 

Mientras las Naciones Unidas se muestran, otra vez, como una organización impotente que no cumple ningún rol definitivo en el concierto de las naciones.

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