#Opinión

| 18/12/2020

FELIZ DIA CONTADOR

Recuerdo cuando era solo un niño, a mis siete años empecé a percibir el significado de un proceso inflacionario de manera sostenida en la presidencia de Raúl Alfonsín. Lo percibiría porque mis padres “estaban raros”. Gracias a Dios nunca falto pan sobre la mesa, pero en aquellas épocas algo había sucedido que se sentía diferente.

FELIZ DIA CONTADOR

Un señor, a quien no conocía hasta ese entonces, empezaba a frecuentar a mis padres cada vez más seguido. “El flaco”, le decía mi padre. Este hombre era muy alto, muy delgado, recuerdo que ya no tenía cabello y siempre llevaba consigo uno de esos maletines que tanto se usaban a fines de los ochenta: de cuero, ancho y “con contraseña” para su apertura.

Desde chico me interesaba saber qué hablaba con mis padres. Siempre era lo mismo: impuestos, como resguardarse, dinero, seguridad, deudas… Edgardo se llamaba. Recuerdo que le preguntaba qué sucedía, por qué venía tan seguido y él me explicaba qué era un dólar, qué era la inflación, qué eran los impuestos.

Seguí creciendo y Edgardo siguió viniendo. A mis 15 años recuerdo que no lograba rendir bien Contabilidad. Estaba por “llevármela a diciembre”. Edgardo con todo su amor me dijo: “si lees mi libro aprendes contabilidad”. Me invitó a su casa, me prestó su libro, me dijo “leelo” y luego aclaró mis dudas.

Edgardo era el contador de la familia. Con el tiempo me di cuenta que no siempre era
comprendido. Mi padre, que ciertamente lo quería, alguna vez le echó la culpa de sus avatares económicos. Edgardo, impasible, siempre venía; él siempre estaba presente. Los ayudaba.

De más grande jugábamos al futbol con Edgardo (ya era muy cercano) y recuerdo que seguía con su mismo maletín. Le pregunto: ¿Edgardo… porque llevas tu maletín siempre contigo? El me responde: “porque ahí llevo mi palo verde”. Mi respuesta inmediata fue: ¿Qué tengo que hacer para tener un palo verde? Su respuesta no se hizo esperar: “Ser contador”. Muchas veces le pedí ver “el palo verde”. Muchas veces me dijo: “anótate en ciencias económicas y te lo muestro”.

Llegó el momento, me anoté y el cumplió. Abrió su maletín y me mostró su “palo verde”. Triste varilla pintada de verde. Sin embargo, el cumplió su cometido: agregó un proyecto de contador a la sociedad. Algunos después, yo ya recibido, asiste al bautismo de mi sobrino. Cuando llega el momento de compartir el “cuerpo de Cristo” (la ostia), Edgardo se acerca y, en complicidad, me muestra que me respeta y ya me siente “parte del club” cuando me dice “exento de ganancias”.

Sólo un chiste que podía entenderlo otro contador.

Me formé sabiendo que el contador público es aquel que se acerca a la familia y la acompaña, la ve crecer, desarrollarse. Me formé viendo la imagen de ese amigo de la familia que acompañó a mis viejos siempre, con consejos, con su sabiduría; pero por sobre todo su paciencia. Ese amigo que supo despertar en mí el deseo de saber “qué era lo que el sabía”.

Al margen de que quisiera saber que Edgardo leerá estas líneas, a quien las dedico, también quiero decir qué aprendí en mis 15 años de profesión independiente:

Nuestra profesión, la de Contador Público, posiblemente sea una de las profesiones menos comprendidas; pero por sobre todo, más inculpada. Ante cada problema siempre se dice “mi contador tiene la culpa”, “mi contador no sabe”, “mi contador cobra caro”. Sin embargo, no se reflexiona respecto del contexto en que se desarrolla la profesión: constantes modificaciones normativas, normas incompletas, controles cruzados en información de interés fiscal, sistemas fiscales sin funcionamiento correcto; pero por sobre todo, infla-valoración del tiempo profesional.

Ciertamente puedo decir que me he especializado, no solo por gusto; sino también intentando escapar a estas realidades. Sin embargo, no dejo de presenciar situaciones donde el cliente consultante se sienta en mi escritorio y alega toda la culpa a “su contador”.

El Contador Público llega tarde y trabaja sobre un hecho consumado. El Contador Público brinda consejos; pero la sociedad, generalmente no lo atiende. En lo particular se me ha dicho que soy excesivamente formalista, que soy muy legalista, que lo que digo no lo hace nadie o que lo que pido o recomiendo jamás nadie lo dijo. 

El Contador Público “llega tarde” y no es atendido en sus consejos; pero “siempre es responsable”.

En este contexto cada vez es más difícil que existan otros “Edgardo” en una sociedad que debería propugnar no solo por la especialización, sino también por sostener las relaciones largo tiempo. Ciertamente yo no quiero ser como “Edgardo”. No tengo la paciencia ni el amor que el tenía.

Funciono mejor analizando un caso puntual para que usted siga con su “Edgardo” pero, por favor, antes de consultar y contar su historia reflexione si a su “Edgardo”, alguna vez, le dio las gracias sincera porque, de seguro, él sí estuvo hasta altas horas de la noche intentando presentar esa declaración jurada (luego de estudiar largo rato) que por culpa de la autoridad fiscal no pudo hacer antes.

No tengo un palo verde (ahí Edgardo fue impreciso) pero sé contabilidad (ahí Edgardo me dijo la verdad). Feliz día a mis colegas. Feliz día a la sociedad. Por suerte, de este lado, estamos quienes elegimos a ese cliente para convertirlo en nuestro amigo y ser, todos, un poquito como mi querido Contador Edgardo, el primer contador que conocí y a quién siempre recuerdo.

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