La historia de Silvia Maggio se convirtió en un ejemplo de perseverancia y superación personal. A los 72 años, logró recibirse de abogada en la Universidad Nacional de La Matanza (UNLaM), sumando así su tercer título universitario después de haberse formado también como enfermera y psicóloga.
Lejos de haber tenido una vida sencilla, Silvia atravesó desde muy pequeña situaciones de extrema vulnerabilidad. Creció en un asentamiento precario y recordó que durante su infancia convivió con la miseria y la soledad, experiencias que marcaron profundamente su carácter y despertaron en ella el deseo de salir adelante a través del estudio.
“Me rebelé contra la pobreza. Entendí que mi única herramienta para cambiar la realidad era estudiar”, relató en una entrevista con LA NACION.
Antes de alcanzar su nuevo logro académico, trabajó en múltiples oficios para sostenerse económicamente. Mientras cursaba la carrera de Psicología en la Universidad de Buenos Aires (UBA), vendía productos en colectivos para pagar sus apuntes y mantener a sus hijos, ya que era madre soltera y trabajaba jornadas completas.
Su recorrido también incluyó experiencias laborales en el exterior. Vivió en Las Vegas, donde realizó tareas de limpieza y atención hotelera, trabajó como enfermera en España y ejerció su profesión en República Dominicana, luego de emigrar durante la crisis económica de 2001.
Tras regresar al país y jubilarse, sintió un vacío que la impulsó nuevamente a buscar desafíos. Antes de comenzar Derecho, realizó cursos de electricidad, plomería, computación y repostería, entre otras disciplinas.
La carrera en la UNLaM no estuvo exenta de dificultades. Con problemas de movilidad, una jubilación mínima y largos viajes en transporte público, Silvia sostuvo una rutina exigente para asistir a clases. Durante la pandemia, además, debió atravesar una operación de urgencia por un tumor maligno en el estómago.
“Me despedí de mis hijos porque no sabía si iba a sobrevivir. Pero después seguí adelante. El estudio fue mi salvación”, expresó.
En la universidad encontró un espacio de pertenencia y vínculo con estudiantes más jóvenes, con quienes compartió conocimientos y experiencias. Según contó, nunca sintió que la edad fuera un límite para seguir aprendiendo.
Ahora, con el título de abogada en sus manos, Silvia planea orientar su trabajo hacia la docencia en contextos de encierro, convencida de que la educación puede transformar vidas y ofrecer nuevas oportunidades.
Además, aseguró que no descarta continuar estudiando en el futuro y dejó un mensaje para quienes creen que ya es tarde para comenzar nuevos proyectos: “La batalla perdida es la que no te animaste a luchar”.