En una comunidad de Paraguay, la vida de Pablo Acuña es sinónimo de lucha y resiliencia. Nació sin brazos ni piernas, pero esa condición nunca fue un límite para el sueño que más anhelaba: convertirse en padre y formar una familia.
Desde pequeño se moviliza en una pequeña carretilla, lo que le valió el apodo de “Carretilla” entre vecinos y conocidos. Su historia estuvo marcada por desafíos constantes, pero el golpe más duro llegó cuando sus hijas eran apenas unas niñas y su pareja decidió marcharse, dejándolo al frente de la crianza.
Con el apoyo fundamental de su madre, Ignacia del Valle, Pablo asumió la responsabilidad de educar y acompañar a sus hijas. Más allá de las dificultades materiales, les transmitió valores que, según quienes lo conocen, resultaron decisivos en su formación: optimismo, perseverancia y una profunda fortaleza interior.
El tiempo cambió los roles. Hoy, con 26 y 29 años, sus hijas son quienes lo sostienen y acompañan. La menor incluso tomó la decisión de dejar su vida en Argentina para regresar a Paraguay y estar a su lado en un momento delicado de salud.
“Es mi amigo, mi confidente y el mejor papá del mundo”, expresó una de ellas, reflejando el vínculo construido a lo largo de los años.
Aunque nunca tuvo acceso a la educación formal, Pablo encontró su manera de enseñar a través del ejemplo. Su historia, que conmovió a muchos en su comunidad, demuestra que la verdadera fortaleza no siempre se mide en lo físico, sino en la capacidad de amar, resistir y seguir adelante pese a las adversidades.