Una familia argentina vivió momentos de extrema tensión tras quedar varada en Israel en medio del estallido del conflicto en Medio Oriente. Sin posibilidad de regresar al país por el cierre del aeropuerto, decidieron abandonar Tel Aviv y emprender una peligrosa travesía por el desierto hasta Egipto para escapar de la guerra.
Noelia Viñas Núñez, Gustavo Sposob y su hijo de 15 años se encontraban de viaje cuando comenzaron los bombardeos. Lo que había sido una estadía tranquila cambió de un momento a otro: sirenas constantes, corridas hacia refugios y una sensación permanente de incertidumbre. En apenas un día, tuvieron que resguardarse cerca de quince veces ante las alertas.
Ante la falta de información sobre la reanudación de vuelos, comprendieron que debían buscar una alternativa. La opción surgió a través de un traslado organizado por el gobierno israelí para turistas, que consistía en viajar en colectivo hacia la frontera con Egipto. La decisión implicaba un riesgo evidente: atravesar el desierto sin posibilidad de resguardo ante un eventual ataque.
El trayecto estuvo cargado de tensión. Durante horas, el micro avanzó entre extensiones interminables de arena mientras los pasajeros permanecían en silencio, conscientes de que cualquier incidente los dejaría completamente expuestos. Los temores eran constantes: desde un posible bombardeo hasta la posibilidad de una emboscada en medio de la nada.
Tras llegar a la frontera, la incertidumbre continuó. Sin transporte organizado del lado egipcio, debieron negociar con taxistas para continuar viaje hasta Sharm el-Sheikh, donde se encuentra un aeropuerto internacional. Allí enfrentaron nuevos obstáculos: falta de conexión, dificultades con los medios de pago y un entorno colapsado de personas en situación similar.
Finalmente, tras varios intentos, lograron resolver la situación y pasar la noche en un alojamiento. Fue la primera vez en días que pudieron descansar sin el sonido de sirenas ni el temor constante de los ataques.
El regreso a la Argentina demandó varios días más y escalas intermedias, pero dejó una huella profunda en la familia. La experiencia transformó su mirada sobre la vida cotidiana y el valor de vivir en un país en paz. Hoy, al recordar lo vivido, coinciden en un mensaje claro: más allá de las diferencias, nadie quiere la guerra.