Saltar menú de navegación Teclas de acceso rápido
Especiales Informe NDW

Del macho alfa al like en la historia: ¿Por qué el hombre ya no encara?

Antes se jugaban el todo por el todo, hoy dudan hasta para mandar un mensaje. Si alguna vez te preguntaste por qué un chat prometedor muere de repente o por qué ya no se da el primer paso, este informe de Nuevo Diario tiene la respuesta.

¿No te pasa que, viendo alguna película de los 80 o 90, sientes una extraña nostalgia por esa seguridad arrolladora? Hablo de ese protagonista de campera de cuero, peinado impecable y una personalidad tan dominante que, solo con estar ahí, transmitía la sensación de poder conquistar un continente entero. Son esos atributos incontables que el hombre solía admirar e imitar, pero que hoy ya no replica. O esas plegarias silenciosas de las mujeres al ver las conquistas de personajes como Chuck Bass o Derek Shepherd, sintiéndolos cada vez más lejanos. Lo que antes parecían réplicas posibles de la realidad, hoy, tristemente, parecen estar más cerca de la ciencia ficción.

Si miramos el ecosistema de citas actual en Argentina, el paisaje es de pura indecisión. Hombres que miran todas las historias pero no responden ninguna, que tiran un "like" táctico y se esconden, o que esperan pasivamente a que el amigo haga de intermediario.

No es que se haya perdido el deseo, es que cambiaron las reglas del juego, el tablero y hasta las fichas. A continuación, en este informe curioso (o personal) de Nuevo Diario Web, desmenuzamos por qué murió el galán, basándonos en psicología, sociología y la cruda realidad económica de nuestro país.

 

La era de la "Histeria Viril": Coleccionistas de matches

El problema ya no es la falta de interés, sino el cambio en el objetivo final. Según plantea el psicoanalista argentino Luciano Lutereau, estamos ante el fenómeno de la "Histeria Viril". Históricamente, la histeria se asociaba a lo femenino (ese juego de seducción que no busca concretar), mientras que el hombre era "obsesivo": quería el objeto, iba, lo buscaba y listo. Hoy, los roles rotaron dramáticamente.

El hombre moderno muchas veces no quiere salir con vos; lo que busca desesperadamente es verificar que podría hacerlo si quisiera. Es una seducción que funciona como un espejo: necesita tu reacción, tu respuesta a la historia o tu like de vuelta para inflar su ego. Una vez que obtiene esa validación, el interés se disipa. Es el famoso "calienta la pava pero no se toma el mate". Esto explica por qué hay tantos chats que mueren en la nada: el objetivo inconsciente (sentirse deseado) ya se cumplió con el primer "JAJAJAJA"; y concretar un encuentro real implica un riesgo emocional que este nuevo perfil no está dispuesto a correr.

 

El síndrome del catálogo infinito

Vivimos atrapados en lo que el sociólogo Barry Schwartz bautizó como "La Paradoja de la Elección". Su teoría derriba un mito moderno: creemos que tener más opciones nos hace más libres, pero Schwartz demostró que, pasado cierto umbral, la abundancia genera ansiedad y parálisis. Cuando el menú es infinito, elegir a una sola persona se siente como una pérdida, porque implica renunciar a todas las otras "posibles vidas" que imaginamos con el resto. El miedo no es a elegir mal, es el miedo a perderse algo mejor (el famoso FOMO).

A esto se le suma el "Amor Líquido" de Zygmunt Bauman, quien explicaba que los vínculos modernos dejaron de ser estructuras sólidas y duraderas para volverse fluidos y escurridizos. En la teoría de Bauman, el compromiso a largo plazo se percibe como una amenaza a la libertad individual. Las aplicaciones de citas y las redes sociales fusionaron estos dos conceptos, convirtiendo a las personas en productos de consumo rápido expuestos en una góndola infinita.

Antes, el universo de conquista se limitaba al barrio, la facultad o el boliche; las opciones eran finitas y eso obligaba a profundizar. Hoy, la sensación de que a un swipe de distancia puede haber alguien "mejor", "más linda" o "más compatible" genera una parálisis total. Nadie invierte energía real en conocer a alguien a fondo porque el costo de oportunidad se percibe como muy alto. Se prefiere mantener a varias personas en "órbita" (el famoso benching o tenerlas en el banco de suplentes) sin jugársela por ninguna. Es el miedo a cerrar puertas lo que termina dejándolos solos en el pasillo.

 

El miedo al escrache, la pérdida de los códigos no verbales y una doble vara

Hubo un cambio de paradigma legal y social necesario, pero que dejó a muchos hombres sin brújula. En la era del consentimiento explícito, la delgada línea entre la persistencia romántica (ese "el que la sigue la consigue" de las novelas viejas) y el acosador se volvió una zona de riesgo absoluto.

El hombre promedio hoy opera bajo una lógica de pasividad preventiva. El terror a ser malinterpretado o a terminar "funado" actúa como un freno de mano mental. Y la confusión es total: basta con entrar a Twitter para ver capturas de mensajes aparentemente normales siendo destrozados en público. No hay un manual claro, porque ni siquiera parece haber consenso entre ellas sobre qué es válido en 2026. A esto se suma una regla tácita y cruel que paraliza a cualquiera: el mismo mensaje, dependiendo de quién venga, cambia de etiqueta. Si lo manda el que le gusta, es "tierno" y "romántico"; si lo manda el que no, es "intenso" o da cringe. Ante esta subjetividad, donde una mirada sostenida ya no es garantía y los códigos no verbales se perdieron, la ambigüedad se volvió peligrosa. Por eso, el hombre actual necesita señales de aterrizaje explícitas, casi como un controlador aéreo. Si la mujer no habilita el juego de forma evidente, el hombre prefiere no moverse.

 

La crisis del macho proveedor: Bolsillos flacos, seguridad baja

No podemos analizar el amor en Argentina sin mirar el bolsillo. El arquetipo del galán clásico, querramos o no, estaba atado a cierta solvencia y seguridad: el que invitaba, el que pasaba a buscar, el que proyectaba futuro. En un contexto económico donde muchos sub-30 (y mayores también) viven con sus padres, no tienen auto y la precariedad laboral es moneda corriente, la autoestima masculina tradicional se desploma.

Existe una vergüenza implícita en no tener "nada para ofrecer" en términos materiales. Si el guion cultural decía que el hombre provee y protege, y la realidad económica impide cumplir ese rol, muchos se autoexcluyen del mercado de citas o adoptan una postura pasiva para no exponer su fragilidad. Se sienten "en offside" antes de que empiece el partido. Esto nivela la cancha, pero también deja a muchos varones sin saber desde qué lugar de valor pararse frente a una mujer.

 

La mujer empoderada y el hombre... desorientado

Quizás el punto más crucial y determinante de este informe sea la reconfiguración del poder. La caída de la masculinidad hegemónica trajo consigo el ascenso de una mujer que ya no es un objeto pasivo esperando ser elegida, sino un sujeto deseante que encara, propone y dispone.

Esto generó un cortocircuito en la psiquis masculina tradicional. Muchos hombres se sienten intimidados o innecesarios ante una mujer con iniciativa propia. La pregunta que flota en el aire es: "Si ella hace todo, ¿yo qué rol juego?". Al no tener el control de la situación (algo a lo que el mandato de masculinidad los tenía acostumbrados), se bloquean. Prefieren la comodidad de la "friendzone" o la inacción antes que medirse con una par que los desafía intelectual y emocionalmente. La mujer dejó de ser un misterio a conquistar para convertirse en una realidad a la que hay que estar a la altura, y eso, a muchos, les da vértigo.

 

Hombres, a soltar el guion viejo para escribir uno nuevo

La muerte del "galán" no tiene por qué ser una mala noticia. Quizás, lo que murió es un personaje acartonado, un actor que repetía líneas de una película que ya nadie quiere ver.

Estamos en un momento bisagra, un tiempo de confusión, sí, pero también de oportunidad inmensa. A los hombres, el mensaje no es de reclamo, sino de invitación: está bien no saber. Está bien tener miedo, está bien no tener la billetera llena y está bien que ellas tomen la iniciativa. La masculinidad no se pierde por mostrar duda o vulnerabilidad; se transforma.

No se trata de volver a ser el cazador insistente de antes, sino de animarse a ser un compañero presente. Dejar de mirar el celular buscando validación y empezar a mirar a los ojos buscando conexión. El nuevo rol no requiere superhéroes ni machos alfa, requiere personas valientes dispuestas a correr el riesgo más lindo de todos: el de ser rechazados, sí, pero también el de ser elegidos por quienes somos realmente, sin máscaras ni estrategias minuciosas de conquista.

El galán murió, pero para abrir paso a un hombre más real.

Seguí a Nuevo Diario Web en google news
Comentarios

Te puede interesar

Teclas de acceso