Cuerpo Disloco
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Cuerpo Disloco

Siempre me gustó jugar con el lenguaje, armar neologismos, palabras nuevas que permitan decir precisamente lo indecible, o buscarles el doble sentido para armar oraciones que expresen dos cosas distintas al mismo tiempo; repitiendo la falla en la comunicación.

Psicoanalista, se dedica a la psicología clínica y es especialista en Abordaje de Psicosis.

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06/11/2020

Me gusta también dibujar rostros grotescos, dispares y torcidos. Buscando representar ciertas sensaciones que me despertaban las miradas de los otros (o de mí mismo a través de los otros) sobre mis facciones. Así y todo, hay una porción de carne y vísceras, pelos y uñas, a la que llamamos cuerpo y que termina siendo por donde mayormente se representan nuestras más íntimas verdades.

Ciertamente, lo que acabo de decir puede resultar totalmente incomprensible para algunos; pero hay que aprender a saber continuar, justamente sin saber.

Perdón, me permito jugar "a lo loco" ya que de cualquier modo, el sentido equívoco y errático de las palabras hace imposible la comunicación. Podemos transmitir palabras, emojis, hasta lágrimas incluso; pero el significado que se les den, los sentidos que se le carga a cada significante*, no depende tan sólo del emisor. El receptor, por su lado, desde su propia perspectiva va a cargar con sobrado sentido a cada uno de los significantes que reciba de acuerdo a la construcción de su propia realidad.

Claramente entiendo que sí, claro que existe una interacción social y el lenguaje permite generar transacciones de sentidos. A lo que apunto para que se entienda, es que nunca se entiende lo que se cree entender cuando dos personas se comunican. Obviamente los humanos somos capaces de vivir en sociedad, que es diferente a manada por el hecho de que existe el lenguaje para realizar transacciones entre unos y otros. Observemos cómo la cultura, que permite a ciertas sociedades mantener una ilusión de orden y comunidad es transmitida por medio de la palabra, la música, el arte, comida, deporte, vestimentas, etc. para cohesionar, unir, juntar y todo lo contrario: dividir, separar y enfrentar a los humanos entre sí.

Si es difícil entendernos por medio de las palabras, deberían pensar que el trabajo del psicoanalista es escuchar eso que se dice con el cuerpo.

El cuerpo, en tanto simbólico, expresa cosas. Nos dice cuestiones que muchas veces no logramos poner en palabras. Existen muchos casos, sobre todo a partir de la histeria, que permiten dar cuenta de que un cuerpo habla. La sensación de dolor de algún órgano o parálisis de alguno de los miembros (sin alguna explicación orgánica de base que aclare su motivo) responde mayormente a manifestaciones de "deseos inconscientes" a través del cuerpo en forma de síntomas. El síntoma hace "decir" al cuerpo, manifiesta aquello que no puede incorporarse de manera consciente: ese deseo que no es admitido o soportado como parte del cuerpo de uno.

También el psicoanalista sabe que el cuerpo es construido imaginariamente, que en realidad uno se construye y apropia de la imagen de un cuerpo. Uno representa su propio cuerpo por medio de imágenes fragmentadas que vuelven desde las miradas de los demás como si fuesen espejos. Se dice que son fragmentadas porque son parciales; la imagen del cuerpo reflejada en un espejo no es el cuerpo, es una porción de ella a partir de la cual nosotros creemos ser aquello que vemos/imaginamos como totalidad.

La imagen de ese cuerpo va a depender de quién es el que mira el espejo más que de la propia imagen en sí. Algunos ven flacos donde otros gordos, feos donde otros lindos, algunos completos donde siempre falta; pero entiéndase que uno siempre es el otro que se mira a sí mismo.

Existe un tercer registro del cuerpo para los psicoanalistas: el cuerpo como real. No me voy a detener a intentar explicarlo, simplemente voy a decir que lo real es aquello indecible e inalcanzable, aquello que no es ni imaginario ni simbólico. Este "real", sin embargo, podría decir que permite afirmar que uno no "es" un cuerpo, el cuerpo no es algo que se "tiene"; sino que, a lo sumo, se puede pretender hacer algo con él. Un cuerpo se inventa, se construye imaginaria y simbólicamente sobre lo real.

Hasta aquí venimos hablando del cuerpo de los "no locos". En el loco, observamos un cuerpo más bien "disloco", totalmente fragmentado, sin posibilidad de cohesionar o dar unidad a las sensaciones que sobrevienen a su cuerpo. Nosotros, los no locos, nos acomodamos el jopo frente al espejo para salir a la calle seguros de que tenemos un cuerpo, imaginando presumidamente que nos miran con deseo.

Los locos, por su parte, salen con un cuerpo que se les puede desarmar frente a determinadas situaciones en cualquier momento.

Siempre antes de que se les derrumbe toda la estantería, pueden atar con alambres delirantes las tablillas; pero indefectiblemente en algún momento la estantería se va a caer por el hecho de que le falta el tarugo principal que sostiene sus cuerpos.

El tarugo que permite anudar los registros de nuestros cuerpos, para el psicoanálisis es un significante; pero no cualquier significante: Se lo llama como "el nombre del padre" (NP). Ya habrá momento para intentar explicar esto del nombre del padre; pero me conformo con tan solo contar cómo funciona el tarugo: Alguien que ha colocado mínimamente una estantería conoce qué es un tarugo: ese forro de plástico que se pone en la pared después de taladrar para que el tornillo no se salga o zafe. El significante NP funciona de manera similar: el tarugo es la invención que hacemos con el lenguaje respecto al cuerpo para creer que tenemos uno y no perdamos la ilusión de control sobre él. El tarugo es lo que mantiene unida la estantería a la pared, el lenguaje unido al cuerpo.

Así entonces, el loco termina volteando su estantería a cada rato por no contar con ese tarugo para evitar que se zafe el tornillo que le sostiene el cuerpo. Muchos locos andan sin cuerpo.

O como el Juez Daniel Schreber ((presidente de la Corte de Apelaciones de Dresde, Alemania) que acusaba a Di.s por arrebatarle el cuerpo ya que cuando se veía en el espejo sentía que su cuerpo se transformaba y observaba cómo le crecían los pechos. Solo podía elucubrar que esto le sucedía porque Dios quería hacerle un hijo. ¿Y cómo no creer semejante cuento si se lo decían rayos divinos que le eran enviados hablando en otro lenguaje?

¿Qué diferencia hay entre concebir la idea de Schreber y el cuento de tener que peinarnos el flequillo para poder creer que tenemos un cuerpo?. Yo sólo me pregunto.

En definitiva, a pesar de las distancias concretas que pueda haber entre unos y otros, ninguno tiene un cuerpo; sólo que el que se resopla el jopo puede jugar "como si" tuviese un cuerpo. El loco, sin un tarugo externo, sin alguien que le ayude a sostener su estantería, cada vez tendrá que juntar más pedazos, más restos de su cuerpo hechos trizas en cada derrumbe subjetivo.

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