Don Santiago: El héroe caído
Liniers fue un regalo del destino
#Historia

Don Santiago: El héroe caído

No hay mejor testimonio cristiano y patriótico, que hacer la máxima entrega por los nobles ideales del "honor", la "religión" y la "lealtad"
22/08/2020

Santiago Antonio María de Liniers y Bremond, o sencillamente don Santiago, como le gustaba que le digan, auténtico mártir de la “Patria Vieja”, nació un 25 de julio de 1753, en Niort, Francia. Pertenecía a una familia de antigua nobleza y siguiendo su tradición fue condecorado con el Hábito de San Juan y la Cruz de la Orden Militar de Malta (herederos de los Caballeros del Santo Sepulcro de Jerusalén en épocas de las Cruzadas!). Fue primero oficial de Caballería y luego con la alianza entre los monarcas de Francia (Luis XV) y España (Carlos IV), prestó servicios a esta última corona durante casi 30 años como Capitán de Navío de la Real Armada de España, también gobernador político y militar de los Treinta Pueblos de las Misiones Guaraníes (1802), Comandante General de Armas de Buenos Ayres (1804), y héroe de la Reconquista y Defensa del Virreinato del Río de la Plata, durante las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807 que le dio el prestigio local para convertirse luego como el único Virrey (1807-1809) proclamado por el Cabildo y el pueblo de Buenos Ayres, en contraste a la pavorosa figura de su predecesor Sobremonte.
Un hombre de profundas convicciones católicas, quien se encomendó a la Virgen de la Merced para repeler el ataque del protestante inglés, y en agradecimiento a la victoria alcanzada, le entregó las banderas del famoso Regimiento 71º de Highlanders Escocés.
Pero, un personaje de esa tesitura no podría durar demasiado frente al avance de liberalismo revolucionario de 1810. Como él mismo diría en su testamento antes de ser fusilado en Cabeza de Tigre (Córdoba) “Las manos que firmaron mi sentencia son las mismas manos que hace tres años me alzaron en vilo en la Plaza Mayor de Buenos Ayres, y que me transportaron así, sin que mis pies rozaran el suelo, hasta la Real Fortaleza (...); las mismas manos que hoy señalan el aparente inexorable camino que conduce hasta mi tumba”. Obviamente, la convicción moral y ética de Liniers, lo obligaban a ser fiel a la figura del Rey de España, el inepto Fernando VII, siendo conocedor de los reales intereses más que políticos, económicos de los sublevados o “revolucionarios patriotas”, quienes dirigidos doctrinariamente por el nefasto Dr. Mariano Moreno (el Robespierre criollo), no vaciló ni un segundo en ordenar su fusilamiento a quienes se opusieron a los acontecimientos del 25 de Mayo de 1810. Desde luego que para Moreno, fusilar a Liniers le daría al mejor estilo Joseph Goebbels, la propaganda suficiente para que Buenos Ayres intimide a las demás provincias a unirse a la Revolución, por supuesto con el liderazgo centralista de la “hermana mayor”.
Con el desastre de Huaqui (Bolivia) en 1811, Moreno cayó en desgracia y la Revolución empezó a tambalear, que solo con la llegada de San Martín tomaría nuevos ribetes más independentistas.
Lo peor de todo, más allá de la “historia oficial” que busca encubrir las verdaderas razones de la injusta ejecución de este héroe de la “patria vieja”, es que a Liniers lo mató la masonería. En una carta dirigida a su suegro Martín de Sarratea le reprocha el olvido de los principios que los revolucionarios atacan como “el trono”, “la justicia” y “los altares”, precisamente los objetivos claves del Iluminismo Masón como diría Santiago Roque Alonso en “Santiago de Liniers: El Primer Padre de la Patria”.
Después de todo, vemos que la masonería triunfadora de las ideas modernistas que hoy nos gobierna con este chantaje político que es la partidocracia, comienza a mostrarse ante la sociedad como algo provechoso para el bien común, como hombres y mujeres llamados por los ideales de su “razón elevada”, a seguir los pasos del secretismo secular por supuesto, para atacar a la Iglesia que es al fin y al cabo el último bastión a conquistar, si es que ya no lo han hecho.
Liniers fue un regalo del destino, quien quiso interponerse al perverso plan de conquista de los sectarios “albañiles”, constructores de lo que hoy constituye nuestra Nación argentina. Su inteligencia y capacidad visionaria fue testigo de la incompetencia española para escuchar sus constantes recomendaciones en reforzar las defensas de las costas del puerto de Buenos Ayres, quien cayó en manos del pirata inglés un 26 de junio de 1806.
Esa misma incompetencia se reiteraría nuevamente, cuando en una correspondencia dirigida a Vicente Echavarría un 14 de julio de 1810 diría: “La insurrección de Buenos Ayres, la más atentativa al derecho natural y de gente que jamás se haya formado y aún la más contraria a los restos de la prudencia y de la combinación política”, sus palabras no tendrían el eco esperado, vaticinando así el carácter casi improvisado de la Revolución de Mayo, que a fuerza de sangre y fuego se fue expandiendo por las provincias del Virreynato.
La primera sangre derramada fue la del propio Liniers, un 26 de agosto de 1810 en el Monte de los Papagayos, la descarga de los fusiles ordenada por French bajo la inquisidora mirada de Castelli, segaría su vida para siempre.
Se dice que el propio French daría el tiro de gracia a quien el pueblo argentino aún mantiene y tiene una enorme deuda de agradecimiento por ser ejemplo de amor a Dios y a la Patria. Por algo es que sus restos mortales no descansan en el país que entrego hasta la última gota de su sangre, si no en su España adoptiva.
He aquí nuestro sentido homenaje a quien los nacionalistas debemos ser apóstoles de su legado.

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