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ND en tu barrio | Almirante Brown: El histórico "Tala Pozo", donde la identidad echó raíces

Nació como un refugio solidario para las familias desplazadas por las devastadoras inundaciones del Río Dulce y para migrantes que llegaban desde el interior profundo de la provincia. Su historia.

Hay rincones en Santiago donde el aire parece traer el eco de un violín o el rasguido de una guitarra, y uno de esos lugares es, sin dudas, el barrio Almirante Brown.

Su historia oficial comenzó el 22 de junio de 1960, fecha en que también se recuerda el fallecimiento del Almirante irlandés Guillermo Brown, en cuyo honor se bautizó el complejo. El equipo de Nuevo Diario recorrió las calles de este prestigioso barrio junto a vecinos que cuentan los inicios del barrio. Este sector nació como un refugio solidario para las familias desplazadas por las devastadoras inundaciones del Río Dulce y para migrantes que llegaban desde el interior profundo de la provincia buscando un nuevo horizonte.

Antes la zona era un área de montes y terrenos bajos, ligada profundamente a la cultura popular. "Yo me he criado aquí, en la calle 5", relata Luis Garnica mientras camina junto al equipo de Nuevo Diario.

Sus recuerdos nos transportan a una época donde el trabajo empezaba temprano; él mismo comenzó a los 15 años en el reparto de soda de la icónica sodería González. "En ese tiempo, esto era todo tierra. Yo hacía mi reparto desde la calle 8 hacia la Solís". Lo que hoy es un barrio consolidado.

Uno de los hitos que más añoran los vecinos, es el antiguo canal que atravesaba las calles 8 y 9. Lejos de ser un simple desagüe, funcionaba como un "balneario hermoso" que se extendía desde la Avenida Belgrano hasta la Independencia.

 

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Era el punto de encuentro tradicional donde los chicos del barrio, hoy hombres con familia, escapaban de la siesta santiagueña para refrescarse y compartir juegos que forjaron amistades de por vida.

"Era otra vida, nos bañábamos ahí y nos escapábamos por el canal; era nuestro lugar en el mundo", cuentan entre risas quienes hoy se reúnen cada sábado en el tradicional club. El crecimiento del sector fue constante, transformándose en una zona residencial jerarquizada que hoy cuenta con instituciones fundamentales: tres escuelas (Absalón Ibarra, Blas Parera y Juan Pablo II), tres jardines de infantes y la UPA N.º 14, que brinda salud al primer nivel.

El barrio limita estratégicamente con las avenidas Solís, Belgrano e Independencia, pero mantiene ese aire de "barrio chico" donde el saludo en la vereda es ley. Sin embargo, el progreso también trajo sus sombras. En la charla con los vecinos, surge un pedido unánime: seguridad.

"Es lo primero que nos haría falta. Aquí en el club ya han entrado varias veces, y en varias partes del barrio también", señalan con preocupación, destacando que, si bien la iluminación ha mejorado en la zona central, todavía quedan sectores que necesitan atención. A pesar de esto, el orgullo de pertenecer al Almirante Brown sigue intacto.

 

El camino de la fe y el rito del tercer tiempo: pilares que unen al Almirante

Para los vecinos del Almirante Brown, la bicicleta no es solo un medio de transporte; es el vehículo de sus promesas. La fe se vive a flor de piel y se siente en el esfuerzo de las piernas que, año tras año, encaran la ruta hacia el Señor de los Milagros de Mailín y hacia la Virgen del Valle.

Luis Garnica, referente del barrio, lo explica: "No es un sacrificio porque se hace con amor". Para Mailín suelen ser seis, pero para Catamarca el grupo se agranda y llegan a ser catorce. En la lista de nombres hay uno que se espera con una ansiedad especial: "Ramonsito" Santillán. Aunque la vida llevó a Ramón a radicarse en Rosario, su corazón nunca se mudó del Brown.

Sus vacaciones tienen una sola hoja de ruta: volver al barrio para reencontrarse con sus amigos de siempre y pedalear juntos. Pero esa unión no espera solo a las fiestas patronales; se cultiva cada fin de semana en el Club Almirante Brown. Los sábados por la siesta, el club se transforma en el epicentro de la vida social.

No importa el resultado del partido, lo que realmente convoca es el tradicional tercer tiempo. "Después de cada partido, el clásico tercer tiempo no puede faltar", cuentan los vecinos con una sonrisa. Es un espacio que ha crecido y se ha vuelto profundamente familiar.

 

El barrio que cobijó la mística de Sixto Palavecino y Jacinto Piedra

El barrio guarda el orgullo de haber sido el hogar de dos máximos exponentes de la cultura. Don Sixto Palavecino y Jacinto Piedra fueron hombres que marcaron el pulso de estas calles. De Don Sixto recuerdan su peluquería en el corazón del barrio, donde el quichua y el violín eran el alma de cada jornada.

Hoy el sentimiento moviliza la preocupación por la casa natal de Jacinto. "Está llena de monte, abandonada. Es una lástima verla así".

El pedido es unánime: recuperar la propiedad y transformarla en museo que honre su memoria.

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