Mario Cuello Ibáñez, "Marito" para los seres queridos, se puso –una vez más– el traje de "Los elegantes del carnaval".
Mario —nueve años, diagnosticado con parálisis cerebral cuadriparesía espástica— bailó ayer y el viernes pasado en la costanera Luis Lescano, en el marco del corso municipal 2026. Y Gladys Ibáñez, su mamá, lo acompañó.
"La espasticidad hace que los músculos de su cuerpito sean más duritos, más lentos –introdujo Gladys, docente del Nivel Secundario, en diálogo con Nuevo Diario–. A nivel cognitivo, está 'normal'. Él habla, se comunica, pero la espasticidad influye en su voz".
En rigor, la espasticidad es un trastorno motor caracterizado por músculos rígidos, tensos y con hipertonía (tono muscular aumentado), que causa movimientos incontrolados y dolorosos. Resulta de un daño en las vías nerviosas que controlan el movimiento voluntario en el cerebro o la médula espinal. Esta condición dificulta actividades diarias como caminar, moverse, hablar o manipular objetos, y suele presentarse tras un ictus, parálisis cerebral, esclerosis múltiple o lesión medular.
Sin embargo, a "Marito" le "encanta" –aseguró su mamá– cantar, bailar y jugar al fútbol.
"No es la primera vez que participa en un corso —advirtió la docente—: comenzó cuando tenía cuatro años de edad".
"Los Elegantes del Carnaval" suele ensayar en la plaza Felipe Rojas, en el barrio El Vinalar, ciudad Capital, a pocas cuadras de la casa de los Cuello-Ibáñez.
"Lo he llevado para que pueda incluirse –recordó la entrevistada–. Quería que viera lo que hacían los otros niños y repitiera sus acciones y movimientos. Obviamente, le costaba muchísimo mover sus brazos y piernas. Él no levanta una cuchara, no come solo… Pero si los chicos levantan el sombrero, él intenta levantar el sombrero. En las medidas de sus posibilidades, lo logra".
De acuerdo con Gladys, "es muy positivo el hecho de que él pueda compartir con otros niños"; asimismo, "los directores y la gente que participa lo cuidan y le tienen cariño".
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Mario es hijo de Justo y hermano de Mara -36-, Agustín -29- y Makarena -27-. Cursa quinto grado en la escuela María Auxiliadora N° 718, Smata, ciudad Capital, y juega al fútbol en Saetas.
"Es muy futbolero —ratificó su mamá—. Es una persona abierta: le gusta conversar y compartir. En Saetas participa, a veces, en los torneos: lo ponen en los últimos minutos. El profesor lo hace jugar: le pone los estabilizadores en las piernas para que pueda estar paradito y lo maneja. Yo le digo 'muñequito de metegol' (risas) porque lo tiene que ayudar a empujar la pelota. Él se emociona tanto… Disfruta y dice: '¡Qué lateral he hecho!' o '¡Qué pase he dado!'. Los chicos lo incluyen y lo alientan, al igual que los papás y los profes".
"Marito" fue también a clases de música.
"A todo lo que me diga, lo llevo –admitió la docente–. Quería incursionar en algún instrumento, pero le cuesta muchísimo… Aunque lo intentó y le puso muchísimas ganas. Aprendió las canciones y eso lo llenó".
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Cuando "Marito" baila, "se siente feliz, no existe el cansancio, la sed ni el hambre".
"En casa, no quiere usar el bipedestador –acusó la entrevistada–, pero ha hecho todo el recorrido (N. de R.: de plaza Añoranzas al sector del kartódromo) moviendo los brazos y cantando con mucha pasión, porque se sabe los cantos de la murga. '¡Mamá, he entregado todo!', me dice, y eso me hace superfeliz. Ver a mi hijo… Compartir y hacer lo que quiere me llena el alma".
Gladys observó que "falta que se abran muchísimas puertas" en lo que respecta a discapacidad, como rampas en las esquinas y sectores inclusivos en los colectivos, y lamentó: "El mundo está pensado para personas 'normales'".
No obstante, la mamá de Mario dejó un mensaje para las familias: "No piensen que los chicos no pueden solo porque tienen una discapacidad… Ayúdenlos a decir: 'Sí, puedo'. Denles oportunidades. Para mí, con que mueva un dedo o el sombrero, ya es algo grande. Sirve llevarlos a propuestas: no nos damos cuenta, pero sus cabecitas se activan y sus corazones se llenan", afirmó con emoción.