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La Provincia 9 de julio

"La guerra nunca es inevitable… pasarán a la historia quienes siembren la paz, no quienes cosechen víctimas"

Así lo dijo el cardenal Vicente Bokalic, al reflexionar sobre la historia y el contexto nacional y el escenario que atraviesa el mundo.

Durante el Tedeum, el cardenal Vicente Bokalic dirigió una reflexión a todos los presentes en la Catedral Basílica, ayer por la mañana, en el marco del acto por el Día de la Independencia.

Primeramente, dijo: “Celebramos un nuevo aniversario de la independencia de nuestra patria. Han pasado 210 años desde que un grupo de patriotas, reunidos en Tucumán y representando a los distintos pueblos y regiones de nuestra Nación, declararon la independencia y dieron origen a una nueva etapa de nuestra historia. Aquellos hombres provenían de lugares distintos. Cada uno traía consigo su propia historia, su trayectoria, sus convicciones y representaba intereses y realidades diversas. No todos pensaban de la misma manera. No había unanimidad ni uniformidad en las posturas, en los pareceres ni en las expectativas. No solo debían discernir qué hacer frente al presente que les tocaba vivir, sino también imaginar el futuro de una Nación, que todavía estaba naciendo. Sin embargo, había una convicción que los unía”.

“Supieron interpretar que había llegado un momento decisivo en la historia y comprendieron que el bien común debía estar por encima de las diferencias particulares. Por eso, después de intensos debates y discusiones, supieron responder al clamor de un pueblo que anhelaba la soberanía de nuestro territorio y una libertad en justicia y verdad; declararon la Independencia. Aquel proceso, sin embargo, no comenzó ni terminó el 9 de julio de 1816. Había comenzado en 1810 y debía continuar recorriendo un largo camino”, rememoró.

A su vez, en su homilía, Bokalic remarcó que “la independencia fue, y sigue siendo, un proceso. Un camino recorrido entre luces y sombras, con búsquedas, encuentros e innumerables desencuentros. Un camino que sigue convocándonos también hoy a todos: a quienes ejercen responsabilidades públicas, a las instituciones y a todo el pueblo, para volver una y otra vez sobre los fundamentos de la convivencia, del respeto, de la justicia, de la igualdad de oportunidades, de la libertad y de la dignidad de toda persona. La Palabra de Dios que hemos escuchado nos presenta otra experiencia semejante. También en los comienzos de la Iglesia hubo conflictos. Los hubo, los hay y los habrá. Los conflictos forman parte de toda comunidad humana, de la vida personal, familiar, social y también eclesial. Los apóstoles, enviados por Jesús para anunciar el Evangelio, se encontraron con situaciones nuevas que exigían respuestas nuevas. El cumplimiento de la misión los llevó a tener distintas miradas y diversas maneras de comprender cómo realizarla. No negaron esas diferencias. Al contrario, reconocieron la necesidad de reunirse, dialogar, escucharse y discernir juntos, para llegar a grandes decisiones que marcarían el rumbo de la Iglesia naciente”.

“Así nació el primer Concilio de Jerusalén. Allí cada uno pudo expresar con claridad lo que pensaba. Seguramente hubo momentos intensos y discusiones apasionadas. Pero los conflictos legítimos no los llevaron a formar bandos ni a profundizar las divisiones. Hubo una verdadera grandeza de espíritu para buscar juntos la voluntad de Dios. Todos tenían muy claro cuál era el horizonte: la misión recibida de Jesús, anunciar el Reino de justicia, de paz y de amor. Así, en el encuentro, pudieron escucharse con respeto, exponer sinceramente sus convicciones y llegar a una verdadera comunión de pareceres, respetando las diferencias, pero poniendo por encima de todo el bien de la Iglesia y la misión que el Señor les había confiado. Creo que esta imagen ilumina también nuestra historia y nuestro presente. También como sociedad vivimos tiempos de fuertes polarizaciones, de desacuerdos y de prejuicios que muchas veces nos impiden avanzar como una comunidad organizada que busque prioritariamente el bien común. Cuando predominan los intereses sectoriales, resulta muy difícil construir acuerdos que hagan posible una sociedad más justa, más inclusiva y más fraterna; una sociedad donde todos puedan ser escuchados y respetados, especialmente los más débiles y vulnerables”, puntualizó.

A su vez, reflexionó fuertemente: “El conflicto forma parte de la vida. El problema no es que existan conflictos. El problema es cómo los afrontamos. Los conflictos no pueden esconderse ni negarse, porque terminan generando nuevas formas de violencia, de enfrentamiento y de prejuicio. Deben ser asumidos con lucidez, con racionalidad y con grandeza de espíritu. Debemos mirarlos de frente y buscar juntos caminos de reconciliación, de paz y de encuentro, teniendo siempre presente las necesidades de las personas y el bien de toda la comunidad. El Papa Francisco decía ´nadie se salva solo´ y en ese sentido también podemos agregar: ´nadie tiene el monopolio de la verdad´. Todos tenemos algo que aportar. El Papa León nos enseña: ´es urgente pasar de una cultura del poder a una auténtica cultura de la negociación´, donde el diálogo y las relaciones diplomáticas se conviertan en el camino habitual para afrontar los conflictos. Nos dice que la conciencia de compartir un destino común exige construir una verdadera cultura del encuentro capaz de alejar a la humanidad de la espiral de la violencia”.

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“El Santo Padre insiste en que el diálogo no es solamente una cuestión entre los Estados. Es una actitud cotidiana. Es aprender a escuchar, a mirar al otro con respeto, a dedicar tiempo al encuentro, incluso ese tiempo que muchas veces parece perdido, pero que en realidad construye fraternidad. Y agrega unas palabras particularmente dirigidas a quienes tienen responsabilidades de gobierno: Los pueblos quieren la paz. Y yo, con el corazón en la mano, les digo a los responsables de los pueblos: encontrémonos, dialoguemos, negociemos. La guerra nunca es inevitable. Las armas pueden y deben callar. "Pasarán a la historia quienes siembren la paz, no quienes cosechen víctimas", subrayó monseñor Bokalic.

En el último tramo de su mensaje, planteó: “Es verdad que el Papa habla pensando en conflictos internacionales de enorme gravedad. Pero las actitudes que propone también pueden vivirse en nuestra vida cotidiana, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestras instituciones y en la vida política y social de nuestra patria. Necesitamos educarnos y educar para la cultura del encuentro. Vivimos un tiempo en el que se han fortalecido las rivalidades, las descalificaciones permanentes y los enfrentamientos que dificultan la construcción de proyectos capaces de incluir a todos, particularmente a quienes más sufren”.

“Por eso vale la pena hacernos un examen de conciencia. Quienes tenemos responsabilidades en la sociedad, en las instituciones, en la vida pública o en nuestras comunidades, debemos preguntarnos si estamos poniendo todos nuestros dones y capacidades al servicio del bien común, si estamos construyendo puentes o levantando nuevos muros, si estamos llegando a los más heridos para ofrecerles consuelo, esperanza y una vida más digna. Esta es la gran enseñanza que nos brinda Jesús en el texto del Evangelio leído en esta celebración”, dijo.

Y agregó: “El poder puede desviarnos del compromiso de dar nuestra vida por el bien de los demás y de toda la comunidad. Dirijo este sentido llamamiento a todos los fieles católicos, a todos los cristianos y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. No temamos ensuciarnos las manos en la ´obra en construcción´ de nuestro tiempo. Como Nehemías, oremos, planifiquemos con sabiduría y trabajemos con perseverancia, poniendo a Dios al frente de nuestras acciones y a la persona humana en el centro de nuestras decisiones. Así, las piedras rechazadas se convertirán en la piedra angular, y surgirá en la tierra un hogar común sólido y acogedor, donde el amor y la fidelidad finalmente se encontrarán, y la justicia y la paz se abrazarán. Al celebrar estos 210 años de nuestra Independencia, pidamos al Señor que nos conceda la misma grandeza de espíritu que tuvieron los padres de la patria y la misma docilidad al Espíritu Santo que animó a los Apóstoles en Jerusalén. Que aprendamos a escucharnos, a dialogar y a buscar juntos aquello que nos une, poniendo siempre por delante el bien común de nuestra Nación. Que Dios bendiga a nuestra Patria, ilumine a quienes tienen responsabilidades de gobierno y fortalezca en todos nosotros el compromiso de construir una Argentina más justa, más fraterna y más esperanzada”.

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