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La Provincia Opinión

La Danza de las Espadas

La guerra en Medio Oriente ha terminado… ¿O nos encontramos ante la calma en el ojo del huracán y lo que viene será mucho peor que lo visto hasta ahora?

Flavio Goldvaser

Por Flavio Goldvaser

Por Flavio Goldvaser

Las conversaciones realizadas a principios de abril de este año en Islamabad, Pakistan, entre Estados Unidos y la República Islámica de Irán para poner fin a la actual ronda de enfrentamientos militares han llegado a un punto muerto debido a diferencias profundas e irreconciliables entre ambos países. Irán anunció el bloqueo total del comercio petrolero hacia los países que considera enemigos, incluyendo a todas las naciones del Golfo Pérsico. Esta medida puede interpretarse como una estrategia de presión global: afectar a la economía de la mayoría de los países para forzar, a través de la opinión pública, concesiones por parte de Washington.

En respuesta, en cuestión de horas Estados Unidos anunció que bloqueaba todas las exportaciones desde puertos iraníes a partir del lunes 13 de abril de 2026.

Sin embargo, es clave recordar que el estrecho de Ormuz ha estado prácticamente cerrado desde el inicio de la guerra el 4 de marzo, eliminando cerca del 27% del comercio marítimo mundial de petróleo. Esto provocó que el crudo Brent superara los 95 dólares por barril (un aumento del 31% desde finales de febrero), mientras que el crudo estadounidense subió alrededor de un 44%, sin incorporar aún el impacto total del contrabloqueo.

Actualmente se estima que hay unos 230 petroleros cargados en el Golfo sin destino claro, mientras analistas energéticos estiman una escasez diaria de aproximadamente 7 millones de barriles de crudo y 4 millones de productos refinados que no están llegando a los mercados.

Las repercusiones ya son visibles: Qatar Energy, proveedor clave para Europa y Asia, declaró razones de fuerza mayor para justificar la reducción sus exportaciones de gas natural licuado (GNL), ya que reiniciar la producción tras una interrupción puede llevar semanas. Además, países como China, India, Japón y Corea del Sur dependen fuertemente de este corredor, por donde transita una parte crítica de sus importaciones energéticas.

La amenaza iraní no se limita a Ormuz. Sus aliados Huties contemplan el posible cierre del estrecho de Bab el-Mandeb, lo que podría bloquear simultáneamente una porción significativa del suministro energético mundial. (Para facilitar la comprensión al lector: los barcos que van a Europa y America Central y del Norte luego de atravesar el Estrecho de Ormuz, bordean la península Arabiga y deben atravesar Bab el Mandeb para dirigirse al mediterráneo).

A esto se suman los daños a refinerías en países del Golfo tras ataques iraníes, lo que mantendría los precios elevados incluso después del fin de la guerra debido al tiempo necesario para reconstruir infraestructura.

En este contexto, Estados Unidos e Irán se han sentado a negociar. Sin embargo, mientras Donald Trump presenta estas negociaciones como si Irán estuviera suplicando un alto el fuego, lo cierto es que estaban condenadas al fracaso desde el inicio. Irán no aceptará condiciones que contradicen su estrategia y objetivos. Y su imagen frente a sus seguidores y al arco político de izquierda a nivel internacional.

Esto plantea dos posibilidades: o Estados Unidos sabía que sus condiciones serían rechazadas y las diseñó deliberadamente para justificar la continuación de la guerra mientras prepara una ofensiva mayor, o bien falló en su evaluación estratégica, (lo que evidenciaría una grave deficiencia en inteligencia y planificación). Por su parte, Irán debía saber que USA tampoco aceptaría un acuerdo en el que se exija el reconocimiento de una victoria irani, reparaciones y una rendición implícita de sus adversarios regionales. En consecuencia, el alto el fuego puede haber sido, en la práctica, una puesta en escena para consumo interno de ambos lados: en Estados Unidos como muestra de voluntad de paz, en Irán como prueba de que no rehúyen la diplomacia. En definitiva, un juego donde ambos actores buscan legitimidad ante sus respectivas audiencias.

Desde la perspectiva israelí, Irán ha recibido golpes significativos. Sin embargo, el núcleo del problema persiste: alrededor de 450 kg de uranio enriquecido continúan en su poder, parte de su capacidad misilística sigue operativa y las redes de milicias aliadas -en Irak, Líbano y Yemen- mantienen capacidad de acción.

El balance es claro: hay éxitos tácticos; pero no logros estratégicos. En términos de guerra moderna, los avances son relevantes; pero en términos de guerra económica y de largo plazo, si el estrecho de Ormuz permanece bajo influencia iraní, el resultado se inclina hacia Teherán. En ese escenario, en uno o dos años la República Islámica podría reactivar plenamente su programa nuclear.

¿Cuál es entonces la solución para EE UU, Israel y los países Árabes del Golfo?

Desde esta perspectiva, una sola: continuar la guerra con un cambio de enfoque. El primer paso sería atacar los objetivos económicos del régimen. Privarlo de recursos financieros implicaría limitar su capacidad de sostener fuerzas armadas, milicias y su estructura de poder. El único que hizo algo fue Emiratos Arabes.

Sin financiamiento, ningún proyecto imperial es viable.

Esto implicaría, en una segunda etapa, escalar el conflicto hacia acciones más directas, como el control de puntos estratégicos en el Golfo y el apoyo a fuerzas opositoras internas.

Sin embargo, esta estrategia enfrenta un obstáculo clave: la percepción en Occidente. De este lado del mapa, atacar objetivos económicos se considera poco humanitario y genera dilemas legales y políticos, además del temor a provocar un colapso total del país.

No obstante, la visión occidental ignora un hecho central: gran parte de la economía iraní está controlada directamente por el régimen y la Guardia Revolucionaria. A diferencia de una democracia, donde Estado y poder económico e industrial están diferenciados, en Irán forman un sistema integrado. Por lo tanto, debilitar la economía sería debilitar directamente al régimen.

En la escalada anterior, USA e Israel sobreestimaron la posibilidad de una rebelión interna. La realidad indica que una proporción significativa de la población apoya al régimen o su marco ideológico, mientras que otro sector importante permanece pasivo. Sólo una minoría se opone activamente.

Estados Unidos e Israel han logrado avances tácticos; pero no han alcanzado los objetivos estratégicos fundamentales: neutralizar la amenaza nuclear, desarticular las milicias y eliminar la capacidad misilística.

La clave sigue siendo económica: Sin recursos, el régimen no puede sostener sus ambiciones de poder. Y mientras esto no se resuelva, los riesgos persisten. Es altamente probable que el conflicto evolucione hacia una nueva fase, con una mayor implicación de países árabes junto a Israel contra Irán.

En esta región, como a lo largo de la historia, el futuro sigue definiéndose con la espada en la mano y bajo una lógica de confrontación donde la diplomacia muchas veces no es más que una extensión del conflicto por otros medios.

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