La Plaza Libertad dejó de ser, por unas horas, un espacio de paso para convertirse en el epicentro de un reclamo que duele, que interpela y que expone una realidad cada vez más difícil de sostener.
Desde las 10 de la mañana, familias enteras, profesionales y personas con discapacidad comenzaron a llegar con carteles en mano, pero sobre todo con historias a cuestas. No fue una marcha más. Fue el reflejo de una crisis que, según denuncian, avanza en silencio mientras golpea con fuerza en los sectores más vulnerables.
La movilización, encabezada por el Foro de Prestadores de Servicios de Personas con Discapacidad, estuvo atravesada por un clima de profunda emoción. Hubo aplausos, abrazos, miradas cómplices y también lágrimas. Muchas lágrimas.
Porque detrás de cada reclamo hay una historia personal, una lucha diaria que no admite pausas. "No pedimos favores, exigimos derechos", resonó con fuerza en la plaza. La frase no solo marcó el tono del acto, sino que sintetizó el hartazgo de un sector que siente que ya no tiene margen para seguir esperando.
En un gesto cargado de simbolismo, los presentes entonaron el Himno Nacional. Algunos lo hicieron con la voz firme; otros, con la emoción quebrándoles las palabras. Fue, para muchos, una manera de reafirmar pertenencia, pero también de recordar que los derechos que reclaman están garantizados por ley.
El momento más conmovedor llegó con el discurso de los referentes. Lejos de la frialdad, las palabras estuvieron atravesadas por la humanidad de quienes sostienen el sistema día a día. "Les pedimos disculpas cuando tenemos que decir que no al transporte o a la alimentación.
Es lo último que queremos hacer, pero es necesario para poder seguir adelante", expresaron. Y esa frase, simple pero brutal, dejó al descubierto una realidad alarmante: instituciones que deben recortar servicios esenciales para poder subsistir.
El impacto de la crisis no es abstracto. Fabricio, llegado desde el interior, lo explicó sin rodeos: "Venimos de lejos y lo que daban en la escuela, como la merienda o el desayuno, era una ayuda. Con estos recortes nos afecta en todo". Su testimonio pone en evidencia una desigualdad aún mayor para quienes viven fuera de la capital.
En la misma línea, Soledad Romero, madre de un niño con discapacidad, apuntó a la gravedad del momento: "Esto no es un lujo. Los chicos necesitan rehabilitación. Los institutos están en riesgo de cerrar". Su voz, firme pero cargada de angustia, dejó en claro que el problema ya no es a futuro: es ahora.
Las demoras en los pagos, que según indicaron se extienden por meses, generan un efecto dominó. Los profesionales no cobran, las instituciones no pueden sostenerse y las familias quedan en el medio, intentando cubrir como pueden lo que el sistema ya no garantiza.
Rita Alejandra Torres lo vive en carne propia. Madre de una niña con parálisis cerebral, describió un escenario que estremece: "Nos están sacando terapias, transporte, medicación. Los pañales no pueden faltar y si no los conseguimos, los compramos nosotros. Pero ya no alcanza". Su relato es el de muchas familias que hoy hacen malabares para sostener tratamientos indispensables. Desde el lado de los profesionales, la situación tampoco da respiro. Agustina Gallardo explicó que las instituciones debieron reinventarse para poder seguir funcionando: "Estamos trabajando en burbujas, reduciendo la cantidad de profesionales por día. Buscamos la forma de que todos accedan, pero no alcanza".
La falta de insumos básicos es otra de las problemáticas urgentes. "Hay chicos que necesitan vitaminas, espesantes, pañales. Son costos muy altos y las familias no pueden pagarlos", detalló. En ese contexto, la incertidumbre crece. Reducción de horas de atención, eliminación de terapias y atrasos en pagos de hasta nueve meses forman parte de un escenario que, según advierten, podría derivar en el cierre de instituciones.
Ese temor fue expresado con crudeza por María Barraza, quien no pudo contener la angustia: "Quieren cerrar la escuela. Eso no puede pasar. Es la educación de nuestros hijos". Su pedido, directo y desesperado, atravesó a todos los presentes. La jornada también dejó un mensaje colectivo que fue repetido una y otra vez: no rendirse. A pesar del cansancio, del desgaste y de la incertidumbre, la decisión es seguir visibilizando. "No dejemos que nadie quite los derechos de las personas con discapacidad, no dejemos que nadie nos doblegue", se escuchó en el cierre.
La marcha terminó, pero el reclamo sigue. Porque detrás de cada cartel hay una historia que no puede esperar. Porque, como se repitió durante toda la jornada, no se trata de un favor: se trata de derechos. Y de vidas.