La cultura santiagueña se viste de luto para despedir a uno de sus hijos más polifacéticos y entregados. Con profundo dolor, la comunidad artística recibió la noticia del fallecimiento de Sergio Giménez, un hombre cuya existencia fue un puente constante entre el pincel y el zapateo, entre el pago y el mundo.
Un ideólogo de la identidad
En una charla cargada de emoción con Gonzalo Reynoso, gran amigo de Sergio, surge la dimensión real de su figura. "Él es uno de los fundadores de la peña El Santiagueñazo. Fue una de las cabezas ideológicas para su creación", recordó Reynoso, destacando que, aunque la vida y la familia lo llevaron por otros rumbos, su semilla quedó plantada en la esencia de ese espacio cultural.
Para sus allegados, Sergio no era solo un bailarín; era un "patriarca". "Ha tirado mucho por las tradiciones, ha hecho bastante para que se haga conocido Santiago del Estero. Era docente, filósofo, sabía un montón", subrayó Gonzalo, refiriéndose a la lucha que Sergio mantuvo durante el último año contra el cáncer.
Embajador en tierras alemanas
Radicado en la ciudad de Tübingen, Alemania, Giménez nunca permitió que la distancia enfriara su santiagueñidad. Allí se convirtió en un faro para el folklore, dictando workshops de danzas santiagueñas y talleres de pintura para niños, integrando sus dos grandes pasiones.
Uno de los hitos más conmovedores de su etapa europea fue el homenaje que dedicó a su mentor, Juan Saavedra. Sergio entendía el baile no como una repetición de pasos, sino como una filosofía de vida que merecía ser compartida en cada rincón del planeta.
Un vacío en el Ejército Argentino
Hoy, el barrio que lo vio nacer lo llora, pero también celebra el rastro que dejó. Se va un artista plástico que supo pintar su aldea para ser universal y un bailarín que hizo que el suelo alemán retumbara con el latido de un bombo legüero.