Ante el tiempo de dificultades por el que atraviesa el mundo entero como consecuencia de la propagación del coronavirus, Cintia Suárez, autora del libro “Mama Antula, la mujer más rebelde de su tiempo”, continúa compartiendo con todos los lectores de Nuevo Diario anécdotas de la beata santiagueña en tiempos de penumbras, así como también grandes historias de fe y devoción hacia las figuras más representativas del catolicismo.
La siguiente es la preparada, de forma exclusiva para Nuevo Diario, para disfrutar de la lectura alternativa en tiempos de cuarentena y conocer sobre la vida de nuestra Mama Antula:
“La vida de Mama Antula ha sido increíble y muchas de sus vivencias siguen deslumbrando en la actualidad, ella siempre estuvo rodeada de personas que también se destacaron por su valentía, por los desafíos que enfrentaron, y por el legado que dejaron; sin embargo muchos siguen siendo anónimos o al menos su figura no reluce como otras de la historia.
El gran amigo de Mama Antula fue Gaspar Juárez, un santiagueño que se consagró como sacerdote jesuita tras estudiar en el colegio de Monserrat, en Córdoba. Gaspar fue contemporáneo a Mama Antula, nació allá por 1731, pero no se conoce con precisión el día exacto, sin embargo no se ha documentado que se hayan visto personalmente estos grandes amigos.
El padre Gaspar ha sido un estudioso y un apasionado de la botánica, esta afición lo llevaría a levantar grandes obras que siguen luciéndose en el exterior. El querido amigo de Mama Antula era un gran conocedor de las plantas nativas, de las propiedades curativas de la tala, el chanar, la tusca y tantas otras especies con las que los indios preparaban sus medicinas para remediar sus males. Los herbarios de Gaspar Juárez ya eran famosos entre los jesuitas de Córdoba, la colección de plantas regionales del Norte tenía sus respectiva catalogación, el lugar y fecha de la recolección, y el hábitat donde se encontraba la planta, entre otros datos técnicos. En ‘La Docta’, el comprovinciano de la beata Antula enseñaba teología y Derecho Canónico, a la vez que solía misionar por otros lados, como Catamarca.
Todas estas actividades llevaba adelante el jesuita santiagueño hasta que aquel funesto invierno de 1767, consiguió la expulsión la Compañía de Jesús del suelo americano. El padre Juárez fue encarcelado y llevado como criminal por las autoridades españolas, al igual que los otros jesuitas santiagueños, Alonso Frías matemático y astrónomo y los novicios Domingo de Paz y Francisco Urrejola que murieron muy jóvenes en Europa.
El penoso viaje que lo llevó al exilio al padre Juárez tenía como primer destino Faenza en Italia, allí Gaspar, como el resto de los expulsos, no podía vestir sotana y celebraba misa todos los días de manera privada en la iglesia de San Salvador, también daba clases teología a los estudiantes jesuitas que residían allí. Luego lo trasladaron a Roma. Mama Antula había llegado a Córdoba, donde se instaló por dos años para llevar adelante la actividad de los jesuitas. Ella, desde que pisó la provincia vecina, se vinculó con la familia Funes, estableció una amistad con don Ambrosio Funes, militar y hermano del emblemático Deán Funes. Gracias a don Ambrosio Funes, Mama Antula, recién en 1778, pudo volver a tomar contacto con su querido amigo Gaspar, ella muy entusiasmada le contaba cada paso que daba con los ejercicios espirituales en la actual Argentina. Mientras en cercanías del Mediterráneo, Gaspar recopilaba todas las novedades y odisea de la beata en su epopeya por volver a hacer flamear la bandera jesuita en este lado de América.
Mientras Gaspar Juárez se estableció en Roma decidió dar vida a un jardín con plantas nativas de América. Al principio, el padre Gaspar instaló sus especies aclimatadas en una parcela en el monte Gianicolo en Roma, ubicado en cercanías del río Tíber, luego fueron trasladadas a los jardines del Vaticano. Así el gran trabajo de aclimatación de la flora que llevó adelante el jesuita Juárez quedó bautizado como Orto Vaticano Índico, huerto que hasta hoy sigue vigente en el Vaticano.
Todo este trabajo hecho con sus propias manos, el santiagueño Gaspar Juárez lo registró en tres fascículos titulados Osservazioni fitologiche. En esta obra botánica detallaba el valor de las plantas del huerto, la sexualidad, forma de reproducción, anatomía. Casi la totalidad de las especies que había plantado y reseñado el padre Juárez eran originarias de Sudamérica y ya eran cultivadas por los nativos antes del descubrimiento de América. En esta edición mediante láminas, el amigo de Mama Antula ilustraba especies como la batata, la papaya y el maní, entre tantas otras.
Fue tanta la importancia del huerto vaticano, así como la obra escrita por el jesuita santiagueño que el rey de España, Carlos IV, decidió duplicar de por vida la pensión alimentaria al padre Gaspar. Luego, el botánico se dedicó a traducir otras obras específicas de su temática, a la vez que trabajó con los expertos más destacados del mundo en ese entonces. A modo de reconocimiento, un género lleva su nombre, la xuarezia biflora, un arbusto con delicadas florecitas blancas, que en algunas regiones de México se usa para afecciones renales, trastornos de ovarios, prevención de cáncer y baños posparto.
Mama Antula y Gaspar Juárez, junto al cordobés Ambrosio Funes, intercambiaron cartas desde aquella primera vez en Córdoba hasta incluso después de la muerte de la beata. Gaspar Juárez se había ocupado de recopilar cada uno de los escritos de la santiagueña y de todas las noticias que le llegaban de ella. Tenía como objetivo escribir la biografía de su comprovinciana, donde quedaría reflejada la gran misión de la beata, sin embargo por el alto precio del papel entre otras circunstancias nunca pudo publicarla ni tampoco se encontró el manuscrito. El mayor anhelo de Gaspar Juárez era volver a su tierra, pero por falta de recursos económicos no pudo cumplirlo y falleció en Roma en 1804, años más tarde que Mama Antula”.