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Policiales

Mataron brutalmente a un ingeniero argentino en España porque pensó que era el amante de su esposa

Un brutal episodio conmociona al país. Facundo Rico estaba radicado hace años en el país ibérico. Según pudieron reconstruir los investigadores, la sospecha de infidelidad fue por un motivo increíble.

Lejos de la calma de nuestra cotidianidad santiagueña, un brutal baño de sangre sacudió a la comunidad argentina radicada en la capital española. Facundo Rico, un ingeniero de 37 años de edad que había construido su vida al otro lado del océano, encontró una muerte atroz y premeditada en el interior de su propio hogar.

Vecinos del exclusivo barrio Las Tablas sintieron un fortísimo olor a químicos que se filtraba por los pasillos, provocándoles un insoportable picor en los ojos. Ante la falta de respuestas desde el interior de la vivienda, un escuadrón de Bomberos forzó una de las ventanas a media mañana y logró irrumpir en el departamento.

El profesional argentino yacía tendido sobre el piso de la cocina en medio de un gigantesco charco de sangre, transitando un fulminante paro cardiorrespiratorio. Todo indicaría que el homicida ingresó por la fuerza, roció el ambiente con gas pimienta para cegar e inmovilizar a su víctima, y lo masacró sin piedad utilizando un enorme cuchillo de 20 centímetros que quedó abandonado en la escena del crimen.

Según su relato, los médicos de emergencias desplegaron desesperadas maniobras de reanimación cardiopulmonar durante 45 agónicos minutos, pero el feroz daño estructural ya era irreversible y apagó su vida para siempre.

Las fojas de la autopsia arrojaron un nivel de saña verdaderamente escalofriante. El cuerpo de Rico presentaba trece heridas de arma blanca distribuidas letalmente entre el abdomen, la espalda y la zona del omóplato.

Los sabuesos del Grupo V de Homicidios armaron rápidamente el oscuro rompecabezas. El principal acusado, identificado como A.J., un hombre de 65 años, perpetró la cacería humana obnubilado por una enfermiza obsesión. Su esposa, de 50 años, le había exigido la separación definitiva. Desesperado y consumido por los celos, el homicida investigó a la mujer y descubrió que ella y el ingeniero compartían el mismo gimnasio en el barrio. Esa coincidencia fue su "sentencia de muerte".

Sin embargo, este sangriento expediente quedará para siempre sin un culpable sentado en el banquillo de los acusados. Apenas un día después de desatar la masacre, el agresor decidió quitarse la vida, sellando un macabro pacto de silencio que deja a los investigadores con las manos vacías.

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