Por Dalton Sayago
Solemos esperar milagros grandes, visibles, impactantes. Sin embargo, la historia, la teología y la experiencia humana coinciden en una idea inquietante: muchas veces el verdadero milagro es simplemente estar vivos, despertar y volver a intentarlo. Una reflexión sobre el sentido de lo milagroso en tiempos de prisa, descreimiento y cansancio colectivo.
¿Qué entendemos por “milagro”?
Cuando alguien pronuncia la palabra milagro, la imaginación suele viajar lejos: una curación inexplicable, un giro inesperado del destino, una intervención que rompe todas las reglas. En la cultura contemporánea, el milagro parece estar reservado para lo extraordinario, casi para lo imposible.
Sin embargo, tanto la tradición teológica como el pensamiento humanista invitan a ampliar esa mirada. El milagro no siempre irrumpe como un rayo; muchas veces susurra, pasa desapercibido, se camufla en la rutina.
El teólogo y filósofo San Agustín advertía ya en el siglo V que “no es menor milagro que el mundo exista a que un enfermo sane”. Lo extraordinario, decía, no es solo lo que rompe el orden natural, sino también la persistencia misma de la vida.
Esperar grandes milagros, ignorar los pequeños
Vivimos entrenados para esperar lo espectacular. Las redes sociales, las noticias y hasta ciertos discursos religiosos refuerzan esa expectativa: algo grande tiene que pasar para que valga la pena creer, agradecer o asombrarse.
Pero en ese ejercicio de espera solemos perder de vista lo esencial. Levantarse cada mañana, respirar sin pensar en ello, tener un día más para decidir, reparar, amar o empezar de nuevo, no suele entrar en la categoría de milagro. Y, sin embargo, lo es.
El psiquiatra y pensador Viktor Frankl, sobreviviente de los campos de concentración, afirmaba que “a quien tiene un porqué para vivir, casi cualquier cómo le resulta soportable”. En ese sentido, cada nuevo día es una posibilidad abierta, un acto silencioso de resistencia frente al sinsentido.
El milagro como don, no como espectáculo
Desde una lectura teológica no dogmática, el milagro no es un truco ni un privilegio para unos pocos. Es, ante todo, un don. No siempre cambia la realidad externa, pero sí puede transformar la mirada con la que se la enfrenta.
Los relatos bíblicos más antiguos no presentan los milagros como fuegos artificiales, sino como signos: gestos que apuntan a algo más profundo. Incluso Jesús, según narran los Evangelios, se resiste a hacer milagros para impresionar. Lo que busca es despertar conciencia, no admiración.
Ejemplos de milagros de Jesús:
-Resucitar a un hombre de entre los muertos (Juan 11).
-Caminar sobre el agua como si fuera tierra firme (Mateo 14).
-Decirle a un paralítico que se levantara y recupere el andar (Marcos 2).
-Resucitar de la tumba, tal como dijo que haría (Mateo 28).
En ese marco, la vida cotidiana aparece resignificada. Comer, trabajar, criar, equivocarse, volver a empezar. Todo eso, lejos de ser banal, puede leerse como parte de un milagro mayor: seguir existiendo en un mundo frágil.
Cuando el milagro es seguir
En tiempos marcados por la incertidumbre, la ansiedad y el cansancio social, seguimos pensando que el milagro siempre vendrá de afuera, que será extraordinario y cambiará nuestra vida. A veces no llega como solución, sino como fuerza para atravesar.
Levantarse cuando no hay ganas. Cumplir cuando cuesta. Acompañar cuando duele. Creer cuando todo invita al cinismo. Eso también es milagro, aunque no tenga testigos ni titulares.
Como escribió el poeta y pensador Christian Bobin, “lo milagroso no es que la vida nos pase, sino que no nos cansemos de ella”.
Tal vez no haya que esperar que el cielo se abra ni que las leyes de la naturaleza se suspendan. Tal vez el verdadero milagro ya ocurrió esta mañana: abrimos los ojos, seguimos aquí y todavía tenemos algo por hacer y por mejorar con este día.