Durante años escuchamos hablar de adolescencias aisladas, encerradas en pantallas o desvinculadas. Sin embargo, quienes trabajamos con adolescentes en Santiago del Estero vemos también otra escena: el quinto año como territorio de encuentro y los rituales escolares como modos de tramitar despedidas.
La presentación de buzo (PDB) no es solo mostrar una prenda. Empieza mucho antes con discusiones, acuerdos, diseños, elección de colores, videos, coreografías, organización, recaudación de dinero, tensiones y reconciliaciones. Los y las adolescentes construyen algo colectivo.
A eso se suman otros hitos nombrados con siglas propias: UPD (Último Primer Día), PDB, post PDB (la fiesta luego de la presentación), últimas vacaciones de julio, UUD (Último Último Día) Parecen códigos simples, pero funcionan como marcas temporales. ¿Nombran etapas del final? Cada sigla organiza un pequeño duelo.
Porque terminar la secundaria implica despedirse de una rutina, también de un grupo, dejar de ocupar ciertos lugares en la familia, un adiós a la infancia, chau a profesores, dejar atrás horarios conocidos y también versiones de sí mismos. Por todo esto, necesitan rituales. Porque los rituales permiten anticipar la pérdida y hacerla compartida.
Algo interesante es que estos acontecimientos suelen intentar incluir a todo el curso. Mientras más completo el grupo, mejor se vive el proceso. Un buzo con nombre que a su vez nombra. Hay objetivos comunes, tareas comunes, preocupaciones comunes. Y eso produce la sensación de pertenecer a un grupo y ser nombrados por él. Incluso adolescentes que durante años ocuparon lugares periféricos pueden encontrar una participación concreta en la organización, el diseño, la logística, los videos o la presentación.
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No es menor este acontecimiento. En una época atravesada por la soledad, la exclusión y las etiquetas. Durante el quinto año, muchos adolescentes encuentran un “nosotros”. Es por esto que la presentación de buzo no es solamente una fiesta escolar. En nuestra provincia. Representa hoy una ceremonia contemporánea de pasaje. Una forma santiagueña (muy nuestra) de despedir una etapa mientras empiezan, lentamente, a ensayar lo nuevo.Quienes trabajamos clínicamente con adolescentes recibimos con frecuencia chicos y chicas de tercero, cuarto y quinto año atravesados por angustias que no siempre logran nombrar. La incertidumbre sobre qué estudiar, la posibilidad de irse de la provincia, la decisión de empezar a trabajar, el miedo a vivir solos, la sensación de dejar atrás amistades, escuelas y modos de ser conocidos.
En ese contexto, muchas veces aparece “la presentación de buzo” y todo lo que ello implica, como proyectos y acontecimientos que sostienen. Son organizadores del tiempo y del afecto, pero también, maneras de anticipar despedidas y construir sentidos de pertenencia. Mientras piensan en un buzo y su presentación, muchas veces están pensando quiénes fueron y quiénes quieren ser.
Por eso quizás valga decir algo a las familias: acompañen. Escuchen las ideas, aunque parezcan exageradas. Participen cuando puedan, pregunten qué significa ese evento para ellos, ayuden a pensar posibilidades futuras sin apresurar respuestas. Acompañen, sin invadir.
Porque mientras los adultos solemos mirar el quinto año como “un cierre de etapa escolar”, para muchos adolescentes ese tiempo puede sentirse como uno de los momentos más importantes de la vida. Allí se juegan pertenencias, despedidas, proyectos, amistades y primeras reales decisiones sobre el futuro.
Además, estos rituales adolescentes no suceden únicamente dentro del aula. La presentación de buzo convoca a toda una comunidad: compañeros de otros cursos, docentes, directivos, familias, egresados y estudiantes de otras escuelas. Muchas veces también involucra espacios compartidos como plazas, clubes o calles de la ciudad, que dejan de ser lugares de paso para transformarse en escenarios de encuentro. En tiempos donde con frecuencia se habla de adolescentes aislados o desvinculados, estas experiencias muestran otra escena posible: jóvenes organizando, creando y ocupando colectivamente espacios comunes.
Quizás allí haya algo valioso para mirar como sociedad. Porque cuando adolescentes y adultos construyen juntos (acompañando una idea, sosteniendo una organización, colaborando en un evento), se fortalecen lazos intergeneracionales y sentidos de pertenencia. No se trata solo de presentar un buzo, se trata también de aprender a convivir, negociar, habitar lo común y formar parte de una comunidad que mira, acompaña y reconoce que “crecer no ocurre en soledad”.
No todos seguirán una carrera universitaria, no todos dejarán la provincia, no todos elegirán el mismo camino. Pero todos transitan algo parecido: el trabajo silencioso de dejar de ser quienes fueron para empezar a imaginar quiénes serán.
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