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El terror que no envejece: ¿Por qué el género sigue más vivo? La eterna fascinación por asomarse al abismo

Por WEC (ilustrador digital, periodista y Productor Audiovisual) - Desde películas como "El Exorcista", "El bebé de Rosemary", pasando por grandes sagas como Halloween y Viernes 13, nos demuestran que su éxito subyace en cuestiones compleja

A lo largo de los años, uno de los principales géneros del cine en general, el terror, ha marcado un importante capítulo en toda la historia de este séptimo arte. Es que las sagas más famosas de dicha temática han causado furor e incluso han logrado grandes cantidades de ganancias y con poco presupuesto. Así podemos recordar sagas de películas de dicho género tales como: “El exorcista”, “Pesadilla en la calle Elm”, “Viernes 13”, “Halloween”, “Destino final”, “El juego del miedo”, “El conjuro”, “El amanecer de los muertos”, “REC”, “Chucky”, “Hannibal”, entre otras tantas.

En un mundo saturado de imágenes, con amenazas que ya no se ocultan bajo la cama, sino que se publicitan en las redes sociales, cabe preguntarse: ¿Todavía sigue vigente el género como tal? Y si es así, ¿Qué es lo que lo mantiene firme? La respuesta a la primera pregunta es rotunda y sin rodeo: Sí. Este género, a menudo menospreciado por la crítica académica y relegado al cajón de "entretenimiento barato", ha demostrado una resistencia y una capacidad de adaptación inigualables. No solo sobrevive, sino que prospera, actuando como un espejo oscuro de la sociedad que nunca deja de reflejar nuestros miedos más profundos.

 

Miedos colectivos

La historia del cine de terror es, en esencia, la historia de los temores humanos. Sus orígenes, a finales del siglo XIX, se remontan a las obras pioneras de Georges Meliés, con “La mansión del diablo” (1896), considerada la primera película de terror. Estas primeras incursiones exploraban lo sobrenatural de forma lúdica, pero sentaron las bases para lo que vendría después.

La primera mitad del siglo XX estuvo marcada por el expresionismo alemán, con filmes como “El gabinete del Dr. Caligari” (1920) y “Nosferatu” (1922) -la cual tuvo su reversión estrenada el año pasado en salas y este año en plataformas, dirigida por Robert Eggers- que se sumergían en el mundo de los sueños, la paranoia y la figura del monstruo como reflejo del caos social de posguerra. En Hollywood, la Universal Pictures cimentó el género con sus monstruos clásicos: Drácula, Frankenstein y el Hombre Lobo, que canalizaban el pánico a lo desconocido, a la ciencia descontrolada y a la degeneración moral.

La Guerra Fría trajo consigo una nueva ola de terror, esta vez con tintes de ciencia ficción. Las invasiones alienígenas y las mutaciones atómicas en cintas como “La invasión de los ladrones de cuerpos” (1956) no eran otra cosa que una metáfora del miedo al comunismo y a la amenaza nuclear. En los 60, con el surgimiento de una crítica social efervescente, el terror se volvió más psicológico. Alfred Hitchcock, con “Psicosis” (1960), exploró la maldad humana y los monstruos internos en lugar de los externos, abriendo un camino que muchos seguirían.

Sin embargo, el verdadero punto de inflexión llegó en la década de 1980 con el auge del subgénero slasher. Iconos como Freddy Krueger (Pesadilla en la calle Elm), Michael Myers (Halloween) y Jason Voorhees (Viernes 13) se convirtieron en figuras de la cultura pop. Aunque a menudo simplistas en su narrativa, estas películas cimentaron al terror como una fuente de entretenimiento masivo y popularizaron el susto y la violencia gráfica. Era un reflejo de una sociedad que, aunque se veía moderna y segura, aún se aferraba a miedos atávicos y a una cierta moralidad conservadora.

 

Obras maestras

Cualquier recuento del terror cinematográfico debe incluir varias películas que no solo aterrorizaron, sino que definieron y llevaron el género a nuevas alturas, demostrando su profundidad:

-El exorcista (1973): No solo generó una histeria colectiva y un miedo genuino a lo demoníaco, sino que planteó profundas preguntas sobre la fe, el mal y la vulnerabilidad humana. Su impacto trascendió lo cinematográfico para convertirse en un fenómeno cultural.

-El resplandor (1980): Con su atmósfera opresiva y su exploración de la locura, la película de Stanley Kubrick demostró que el terror puede ser una experiencia cinematográfica de alta calidad, digna de estudio y análisis.

-El proyecto de la bruja de Blair (1999): Revolucionó la industria con su formato de "metraje encontrado", creando una nueva forma de terror inmersivo con una campaña de marketing viral sin precedentes. Su éxito demostró que el ingenio puede superar a los grandes presupuestos.

-El aro (2002): La versión estadounidense de la película japonesa Ringu demostró que el terror psicológico y el horror de origen asiático podían triunfar en Occidente, llevando a una nueva ola de remakes y un renovado interés en la estética del terror oriental.

-Hereditary (2018): Un claro ejemplo del "terror elevado" moderno. La película de Ari Aster combina el horror psicológico con una crítica a los traumas familiares heredados, convirtiendo la disfunción familiar en una pesadilla insoportable. Su complejidad narrativa la elevó por encima del susto fácil.

-¡Nop! (2022): Jordan Peele continúa utilizando el terror como vehículo para la crítica social. En ¡Nop!, el director explora el racismo, la explotación y la naturaleza de la fama, confirmando que el género puede ser tan visceral como inteligente.

Más allá del susto fácil

Hoy, el cine de terror se diversifica en múltiples subgéneros, demostrando una vitalidad y una creatividad constantes. El "terror elevado", impulsado por productoras como A24, ha ganado prestigio en los circuitos de festivales, demostrando que el género puede ser tan intelectual como visceral. Este subgénero a menudo utiliza el horror como una herramienta para explorar temas existenciales, sociales y emocionales complejos.

Al mismo tiempo, el terror psicológico, que juega con la mente del espectador y la percepción de la realidad, vive un resurgimiento notable. Películas que evitan el exceso de sangre para centrarse en la atmósfera y la construcción de la tensión demuestran que el verdadero miedo no reside en lo que se ve, sino en lo que se insinúa.

Pero ¿qué es lo que lo mantiene tan firme? La respuesta es simple: el terror aborda temas universales que nunca pasan de moda. La muerte, la pérdida, la locura, el miedo al futuro y a lo desconocido; todas estas son ansiedades atemporales que el cine de terror explora de manera segura y controlada. A diferencia de otros géneros, el terror invita al público a confrontar sus miedos desde la comodidad de una butaca, en un espacio donde pueden experimentar el terror sin un peligro real.

Además, el género se ha adaptado a los tiempos modernos, incorporando nuevas preocupaciones sociales y tecnológicas. El terror actual utiliza monstruos, fantasmas y amenazas sobrenaturales para hablar de la inestabilidad política, el racismo, la desigualdad social, el trauma colectivo y las ansiedades generacionales, mostrando que los verdaderos horrores de la sociedad no siempre son sobrenaturales. La evolución del terror en el cine es un reflejo de nuestra propia evolución como sociedad, y de cómo nuestros miedos se transforman y se adaptan.

El cine de terror no solo sigue vigente, sino que prospera. Es un género en constante evolución, capaz de reinventarse y de mutar con las preocupaciones de cada época. Su capacidad para ser tanto un entretenimiento adrenalínico como una profunda reflexión social asegura que, mientras existan miedos que nos acechen, el terror seguirá siendo una parte fundamental de la experiencia cinematográfica. Y, al final del día, quizá la verdadera razón de su éxito sea la misma que siempre ha sido: la fascinación humana por asomarse al abismo, aunque sea por noventa minutos, sabiendo que, al final de la proyección, las luces volverán a encenderse, y estaremos un poco más aliviados, y un poco más sabios, por haber mirado al abismo.

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