#Opinión

| 02/01/2022

Fin de año... ¿Fin de qué?

Pero, finalmente, lo cierto es que ese primer día, de ese primer año, todo sigue prácticamente igual. (Por Diego Ramos, Licenciado en Ciencias Políticas).

Fin de año... ¿Fin de qué?

En el libro de los abrazos, Eduardo Galeano expresaba lo siguiente: Los funcionarios no funcionan. Los políticos hablan pero no dicen. Los votantes votan pero no eligen. Los centros de enseñanza enseñan a ignorar. Los jueces condenan a las víctimas. Los militares están en guerra contra sus compatriotas. Los policías no combaten los crímenes, porque están ocupados en cometerlos. Las bancarrotas se socializan, las ganancias se privatizan. Es más libre el dinero que la gente. La gente está al servicio de las cosas.

Y la lista continua, sin embargo, y así sea tan solo por unos instantes, creamos un escudo y comenzamos a repeler todo aquello que percibimos que en esta sociedad no funciona. Es casi como el único momento de soberanía absoluta, de una brisa de libertad que nos atraviesa y nos humaniza, permitiendo darle creatividad a nuestros imaginarios bajo la loca idea, seguramente cargada de premura y/o deseo, que el “fin de año” es el fin de todas aquellas cosas que no nos suman y son arrojadas para que mágicamente podamos recibir como un “don” lo que creemos es lo necesario tanto a nivel individual como colectivo en el nuevo año que comienza. Pero, finalmente, lo cierto es que ese primer día, de ese primer año, todo sigue prácticamente igual.

Cada 1 de enero, el viejo almanaque es arrojado para ser reemplazado por el del “Año Nuevo”… pero nada es nuevo: ahí están nuevamente presentes los meses y los días hegemonizados y digitados por un sistema poco humano que insensiblemente nos vuelve a arrojar a nuestros propios mundos ajenos, en el que intentaremos, una vez más, darle sentido, creando vida y, en última instancia, sobrevivir.

Fin de año, ¿fi n de qué? Al comienzo de la pandemia y durante el proceso que devino a partir de ella, hubo como un tiempo al que bien podríamos señalar como un Año Nuevo fuera de su calendario oficial; en ese calendario intentamos marcar aquellas cosas que siempre quisimos ponerle fi n, imaginamos el ocaso de muchos comportamientos, imaginarios, subjetividades, prejuicios, dando paso a algo nuevo por nacer, y eso daba esperanza.

Fue un tiempo en el que emergieron fuertes acciones solidarias, en el que el mundo se detuvo para preguntarse qué quería hacer con su propia humanidad, cómo cuidar la única casa común llamada tierra, pero tal vez lo más importante es que después de muchos tiempos el ser humano se volvió a encontrar con aquella única realidad posible (de todas las posibilidades que tiene) llamada muerte, no como tragedia, si como oportunidad de avanzar hacia un mundo más humano, autentico, fue un tiempo en que incluso por un momento supo reconocer su finitud, despojándose de las promesas de vida eterna bajo los criterios del mercado.

Heidegger hablaba del “ser ahí” arrojado en el mundo, por supuesto que siempre con su posibilidad intacta de ser algo más, no condenado a la cosificación —la piedra siempre será una piedra—. Sostenía que el hombre es ser para el mundo ser para la muerte. Ahora bien, siguiendo esa línea y hablando de fi n de año con la pregunta acuesta sobre ¿fin de qué? diremos que la muerte nos representa automáticamente siempre el fi n de una existencia, casi del mismo modo en que imaginamos el “fin de año”, es decir como el ocaso de muchas de nuestras realidades y el anhelo casi mágico del surgimiento de nuevas cosas.

Lo curioso es que negamos constantemente la muerte y en consecuencia nos negamos a ser misterio, arrojándonos al mundo del “se” (lo que se dice, se hace, se piensa).

Es el mundo de la inautenticidad, entonces fi n de año ¿fi n de qué? O ¿es continuidad de lo mismo, sin rupturas, sin deconstruir lo viejo y sin nuevas propuestas de humanización, para seguir siendo “fin de año” tan solo de tiempo cuantitativo y de calendario? Lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no termina de nacer. No solo negamos la muerte, negamos ponerle fi n a todo lo que erosiona el sentido de comunidad.

La pandemia nos volvió a reencontrar con la muerte —no como tragedia— sino como posibilidad de que el ser humano recupere su trascendentalidad, pues el hombre se trasciende así mismo, va más allá de sí mismo siempre. Este ejercicio de in crescendo lo aleja del mundo anónimo de ser uno más; mundo anónimo que es construido por los “otros poderosos”. La posibilidad real entre todas las posibilidades es justamente la posibilidad de morir. Sin embargo el hombre lo niega, quiere ser constantemente aturdido por las propagandas, abre su permeabilidad a la seducción de la artificialidad de la vida con tal de no pensar en su finitud. El inauténtico se niega a pensar que la vida tiene misterio, Fin de año ¿fin de qué?

Que este tiempo sea nuestro tiempo para ayudarnos a mirar de manera más amplia, de descubrirnos como misterio para poner humildad en todos los ámbitos y en todas las palabras para que año sea nuevo.

“Diego no conocía el mar. Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando…después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura. Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre: —¡ayúdame a mirar! (Galeano— el libro de los abrazos).

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