Ella tenía 16 años cuando todo comenzó; además de acoso y abuso, también sufrió manipulación. A los 20 años se dio cuenta que dos de sus compañeras transitaron la misma tortura y recién a los 21 pudo contarlo, pero mucho más tarde —a los 27— estaba lista para denunciarlo penalmente. Hoy, a sus 28 años, recibe terapia psicológica y va en busca de la apostasía.
F. G., nombre con el que la conoceremos en esta nota, es una de las tres víctimas que denunciaron a un sacerdote de la ciudad de Bandera por abusos sexuales cometidos mientras ellas eran menores de edad. Hoy le cuenta a Nuevo Diario cómo fue aquella pesadilla, cómo conoció que sus amigas también sufrieron lo mismo, el encubrimiento y la impotencia de que su abusador continúe libre y aún desarrollando sus actividades.
La denuncia penal
Las víctimas F. G., N. y S. denunciaron lo sucedido ante la Fiscalía de Añatuya y la causa está actualmente a cargo de la fiscal Andrea Darwich. En 2019, S. denuncia penalmente; en enero de 2020 denuncia F. G.; y en julio de 2020 denuncia N.
El abogado Roberto Ignacio Daives, defensor de dos de las víctimas (F. G. y N.), contó a Nuevo Diario que el sacerdote “está imputado actualmente por el delito de abuso sexual reiterado en tres víctimas agravado por su condición de sacerdote”.
Además, detalló que “él continua en libertad y es una de las cuestiones que más venimos trabajando y planteando, no solamente en la querella, sino también en un pedido posterior para que sea privado de la libertad por dos cuestiones: primero por la gravedad de los delitos y porque entendemos que estando libre y siendo miembro de la Iglesia Católica puede eludir a la Justicia siendo trasladado a otras jurisdicciones por sus procesos laborales en condición de sacerdote”.
“El proceso penal ha tenido sus avances y una buena recepción, llevamos un trabajo cercano con la fiscal por parte de nuestra querella y un buen diálogo de la fiscal con nuestras representadas. Creo que se está encaminando la causa y avanzando adecuadamente”, cerró Daives.
Los abusos
Durante todo el año 2009 sufrió manoseos y desde 2008, durante mucho tiempo, fue manipulada para lograr su silencio. “Él me decía que cuando me veía a mí, veía a una ‘monjita’. Me fue hablando como que yo tenía ‘pasta para ser religiosa’; en ese momento era adolescente y no sabía qué quería hacer de mi vida y lo veía como una opción”, comenzó recordando F. G. y agrega que “él me comenzó a llamar para direcciones espirituales para que yo comience con mi camino como religiosa; direcciones que se iban desvirtuando porque él solo hablaba de su vida y sus problemas familiares. Lloraba, me pedía que lo abrace y todo comenzó así. Me tocaba y se me abalanzaba encima”.
Manipulación y cinismo. F. G. continuó su relato asegurando: “Me decía que todo era un secreto y que no le cuente a nadie porque él me consideraba su amiga; después se contradecía porque en el grupo misionero decía que los sacerdotes no podían ser amigos de los fieles y mucho menos de los adolescentes” y explica que “él me manejaba con el tema del pecado, siempre me decía que ‘cuanto más conocía a Dios, por más pequeño que sea el pecado que haya cometido ya era muy grave’. Entonces yo vivía mortificada por cada cosa que hacía, me confesaba todos los días y tenía que confesarme con él porque no me dejaba hacerlo con otro sacerdote. Ahí fue que él reunía toda la información y sabía todo de mí”. F. G. recuerda que “en ese momento sentí que yo era la culpable. Él me decía cosas como ‘¡qué linda que estás hoy!’ y yo me sentía mal hasta por usar algún pantalón y ‘por estar pecando’. Me decía que era responsabilidad mía y que me tenía que confesar”.
Encubrimiento
El victimario, ensañado con F. G., la llevó a Añatuya para que se confesara con un cura de otra ciudad y que la conociera. Mi mamá no sabía por qué y él le mentía. Yo me sentía culpable de nuevo. Era acceder a eso o contar lo otro (los abusos), pero yo pensaba que me iba a matar por algo que yo no tenía la culpa”, recordó.
Continuó: “Allí le conté al sacerdote y fue como ‘bueno, te perdono el pecado’ y quedó ahí, no hizo nada sabiendo que yo era menor de edad”, lamenta F. G.
Más tarde, cuando F. G. tenía 21 años (en 2013), tras la denuncia canónica, la Iglesia les hizo “jurar que el proceso era secreto”, según contó.
Los papás de ella ya sabían de los hechos y el padre de nuestra entrevistada quiso hacer la denuncia, pero F. G. se negó.
Actualmente F. G. perdió contacto con muchos “amigos y conocidos” de su ciudad, porque “en ese momento muchos salieron a defenderlo”.
Escapar
Ya de joven F. G. se mudó a la ciudad Capital para continuar con sus estudios; visitaba Bandera solo los fines de semana.
“Cuando yo decidí dejar el grupo, él me hablaba para que no lo haga. Creo que en el fondo sabía que si me iba, se me abrían puertas para que hable. Él me decía ‘nunca más va a pasar nada, pero vení al grupo’. Siempre me pedía perdón y me decía que ‘si Dios perdona, nosotros no somos nadie para no perdonar’”, recuerda y asegura que “hice en mi cabeza borrón y cuenta nueva, le creí y seguí formando parte del grupo, pero iba solo cuando andaba de visita en Bandera”.
“En 2012, cuando fui a Bandera, me encontré con una excompañera de la iglesia. Ella lloraba mucho, con mi otra amiga le preguntábamos qué le pasaba y lloraba y no nos quería contar, pero algo nos dio a entender. A mí me dio angustia, me preguntaba qué le habrá hecho, lo presentía”, contó. Asegura que “decidí dejar todo e irme; me fui por muchos años de Bandera”. “En 2013, cuando me reúno con una de mis mejores amigas, me confesó que él también la había tocado y fue cuando decidí preguntarle a mi excompañera de la iglesia y nos dimos cuenta que a las tres nos había hecho lo mismo”, recordó F. G.
La denuncia canónica

“Nosotras en ese mismo momento decidimos acusarlo con el obispo (monseñor Adolfo Uriona), su respuesta fue: ‘Sí les creo y les pido perdón. Ahí se inicia la denuncia canónica, que duró un año, hasta 2014, cuando recibimos la resolución”, contó y recordó que “en ese tiempo tuvimos que hablar varias veces, era solo contar, pero nunca supimos cuál era el resultado. Insistimos mucho tiempo hasta que nos dieron ese papel (adjunto en la nota digital de Nuevo Diario Web) en donde decía que se le asignaba un ‘retiro espiritual de seis meses, la prohibición de ser párroco durante 10 años y la prohibición de confesar menores durante un año’”, lamenta.
Agregó que “en ese momento llegaron a decirnos que ‘estábamos ensañadas’ y nos cuestionaron cosas de las que en ese momento no teníamos herramientas para defendernos”. F. G. asegura: “Nada de eso se cumplió y ahora él está solo y a cargo de una comunidad en un paraje de nuestra provincia. Es como que lo esconden. Es muy grave porque la resolución de la denuncia canónica le prohibía ser párroco por 10 años (hasta 2024) y ahora tiene una comunidad y por Facebook llegamos a ver que celebraba misas”.
En 2018, monseñor Melitón Chávez respondió a un pedido de las denunciantes, afirmando y dando fe “que se está aplicando lo dispuesto en el decreto”.

Sobrevivir
F. G. lamentó: “Mi adolescencia la perdí y no me la devuelve nadie” y explica que “ahora soy cero iglesias, no quiero tener nada que ver con esta institución. Quiero hacer el trámite de apostasía”.
Asegura que "hoy en día no se puede confiar en nadie, la pasé mal y muchas veces pensé en no existir más porque era un peso muy grande. Recién el año pasado empecé a hacer terapia y recién hoy estoy mejor. Sin el apoyo de mi familia no hubiera podido salir adelante así que a las personas que estén pasando por lo mismo, les pido que confíen en alguien y lo cuenten".
Desde 2016 F.G. se contactó con la Red de Sobrevivientes de Abusos Eclesiásticos de Argentina. "Ahí me contacte con un abogado y una psicóloga donde les conté todo y ahí es cuando me empiezan a asesorar y contener", expresa sobre la primera vez que le confió la pesadilla que vivió a alguien que no fuera de la Iglesia.