#Asesoramiento

| 02/10/2020

Preguntar es gratis, pero...

El merituado para evacuar una duda deberá estar entrenado en aquello que el consolante desconoce. Mientras más importante sea la cuestión de fondo, más entrenamiento previo requerirá atender una consulta.

Si como consultantes elegimos un profesional o técnico para realizar una consulta es porque, previamente, hicimos nuestro estudio y comprendimos que el seleccionado será la persona que mejor entrenada se encuentra para asistirnos ante nuestro caso.

Cierto es que realizar una consulta no tiene costo alguno. La simple emisión de un mensaje, orientado hacia un receptor determinado, motivado en el deseo de expresar aquello que se presenta como una incógnita; el acto de preguntar, de emitir una consulta, es no solo una decisión unilateral, sino también individual en su ejecución.
Esta simple descripción del acto de “emitir una consulta” implica que del otro lado existirá un receptor para la misma, pero con un elemento que no podemos dejar de lado: la consulta, por lo menos en materia técnica-profesional, no es dirigida hacia un universo indefinido de receptores, sino que se orienta hacia un sujeto que se encontrará cumpliendo dicha función receptora por decisión del emisor (consultante).
En este juego, por demás habitual en el simple acto de preguntar, podemos afirmar que la voluntad del receptor del mensaje se somete al capricho del consultante. No podrá alguien ser receptor del mensaje (consulta) si antes, quien presentara la incógnita, no lo hubiera seleccionado como destinatario habilitado para evacuar la cuestión que lo convoca.
A su vez, como consultante de cualquier materia técnico-profesional, se sabe que carece de sentido desplegar duda alguna si el interlocutor, destinatario de la misma, no se encuentra entrenado para responder a aquello que sería objeto de crisis. El objeto primero de emitir la consulta es evacuar una duda. En consecuencia, se requiere que el destinatario de la consulta tenga capacidad para lograr el cometido primero quién indaga: responder acertadamente a la duda.
Sin embargo, a este relato le hace falta un condimento: la condición del destinatario de la consulta. Ya dijimos que de nada sirve exponer una duda a quien no tiene capacidad de responder y afirmamos que es el consultante quien determina la persona que resolverá la cuestión. El merituado para evacuar una duda deberá estar entrenado en aquello que el consolante desconoce. Mientras más importante sea la cuestión de fondo, más entrenamiento previo requerirá atender una consulta.
Nos resta reflexionar sobre un punto adicional, sumamente importante pero pocas veces atendido. Si quien emite la consulta lo hace porque requiere una respuesta, y si aceptamos que la duda es derivado del desconocimiento técnico sobre una materia determinada es posible (y de hecho sucede) que incluso la pregunta sea formulada incorrectamente o se pretenda la existencia de una crisis cuando, en realidad, la hipótesis de conflicto pasará por otro carril.
Cuando se realiza una consulta a un profesional, en cualquier área, existe una delegación de responsabilidad cognitiva hacia el destinatario de la misma. Será obligación del profesional, en consecuencia, interpretar la duda, verificar si existen cuestiones adicionales que no fueron objeto de consulta por desconocimiento, pero que debieran ser considerada en la respuesta y, sobre todo, emitir su opinión ante un tema determinado.
Es posible que la opinión sea dada en dos líneas o expresada en diez minutos. Pero ciertamente, realizar todo el acto cognitivo que implica comprender el marco conceptual de la consulta, verificar hipótesis y dar respuestas, implica reparar en su entrenamiento previo y juicio profesional o técnico.
¿A qué viene este cuento? A algo muy cotidiano y sencillo. Si como consultantes elegimos un profesional o técnico para realizar una consulta es porque, previamente, hicimos nuestro estudio y comprendimos que el seleccionado será la persona que mejor entrenada se encuentra para asistirnos ante nuestro caso. Si está entrenada es porque ha dedicado horas a comprender el tema, pero adicionalmente está disponible para atender nuestra duda.
La consulta puede ser emitida sin costo alguno. Incluso puede seleccionar a quién destinará el mismo, también sin costo. Pero a partir de ese momento comenzaremos a trabajar sobre el ámbito de libertad del profesional o técnico a quien dirijo la consulta y este puede (y debe) recuperar su costo hundido (capacitación previa) y costo presente (tiempo presente).
La respuesta a una consulta de carácter técnico-profesional tiene costo, debe tener costo. Este costo es derivado lógico de inversiones previas, pero principalmente del ejercicio de su propia autonomía de voluntad al seleccionar al receptor de su duda.
El honorario profesional es expresión monetaria del honor de servir al cliente, pero también del respeto profesado por quien solicita un servicio; incluso cuando este pudiera agotarse en una expresión verbal de 10 minutos. El valor no está en el tiempo de la expresión, sino en aquel incurrido para comprender el caso y saber responder.

Ultimas noticias