Una imponente estructura rodeada de andamios en la zona de La Bajada, departamento Banda, desató una fuerte polémica. Sobre la Ruta 1, entre fincas y viviendas, avanza a paso firme la construcción de una gigantesca estatua de San La Muerte que transformó por completo la fisonomía del lugar.
El predio, que lleva el nombre de "Santuario de Sanación y Liberación para los Hijos de Dios", capta la atención ineludible de los que pasan por ahí. La monumental escultura del esqueleto empuñando una guadaña presenta detalles visuales impactantes, destacándose un llamativo sistema de iluminación en sus ojos que incrementa su presencia durante la noche.
A medida que la obra toma forma definitiva, el revuelo crece entre los habitantes del sector. Mientras muchos transeúntes se detienen impulsados por la curiosidad y la originalidad de la edificación, numerosos vecinos manifestaron su profundo malestar. La inquietud radica en la naturaleza de la entidad venerada: a diferencia de otras figuras populares, a San La Muerte se le puede pedir expresamente que realice un daño o castigue a los enemigos de sus devotos.
Contraste y rechazo eclesiástico
El impacto cultural en La Bajada se potencia por un detalle ineludible: el nuevo templo está emplazado exactamente frente a un histórico santuario del Gauchito Gil. Esta cercanía expone un claro contraste en el tratamiento de la religiosidad popular.
Si bien ninguna de las dos figuras está reconocida oficialmente por el Vaticano, la Iglesia Católica tolera y hasta acompaña la devoción al Gauchito Gil, entendiéndola como una expresión de fe popular inofensiva. Por el contrario, la institución eclesiástica rechaza de manera categórica el culto a San La Muerte por considerarlo directamente ajeno a la fe cristiana.
Pese a la rotunda negativa institucional, la devoción cuenta con miles de seguidores en el norte argentino, Paraguay y Brasil, quienes acuden al esqueleto para pedir amor, trabajo o protección. Esta fe empuja a los creyentes a realizar prácticas silenciosas en los templos tradicionales. Un ritual muy extendido consiste en llevar pequeñas estatuillas escondidas en los puños a las parroquias y levantarlas justo cuando el sacerdote imparte la bendición general, con la firme convicción de consagrar así la imagen de su deidad mediante el acto de un cura católico.