Lo que parecía una escena cotidiana terminó convirtiéndose en una historia digna de una novela policial. Stanley, un labrador inquieto, sorprendió a su dueño tras descubrir en el jardín de su casa un objeto que podría estar relacionado con un crimen ocurrido en el siglo XIX en la localidad de Clyst Honiton, en Devon, Reino Unido.
Todo comenzó cuando el perro insistía en cavar siempre en el mismo sector del terreno. A pesar de que su dueño, Paul Phillips, de 49 años, cubría los pozos, el animal regresaba una y otra vez al mismo punto. Finalmente, la perseverancia dio resultado: entre la tierra apareció una botella de vidrio azul con la inscripción “No ingerir”.
El objeto no solo llamó la atención por su estado de conservación, sino también por su posible conexión con un caso que marcó a la región. En 1865, William Ashford fue asesinado mediante envenenamiento, un crimen por el cual fue condenada su esposa, Mary Ann Ashford.
Según los registros de la época, la mujer habría utilizado veneno para ratas con arsénico y estricnina para acabar con la vida de su esposo. El caso generó gran conmoción, no solo por el móvil —se señalaba que buscaba quedarse con la herencia y comenzar una nueva vida junto a un joven con quien mantenía una relación— sino también por el desenlace judicial.
Mary Ann fue declarada culpable y ejecutada en 1866 ante una multitud en Exeter. La ejecución resultó tan impactante, debido a las fallas en el procedimiento, que contribuyó a modificar la percepción pública sobre las ejecuciones y aceleró el proceso que llevaría a su eliminación en Gran Bretaña.
El hallazgo cobra mayor relevancia por la ubicación de la vivienda de Phillips, situada junto a la antigua propiedad de los Ashford. Además, la panadería donde trabajaba el supuesto amante de Mary Ann se encontraba a pocos metros del lugar.
Tras investigar el objeto, el dueño de Stanley confirmó que se trata de una botella de veneno del siglo XIX, lo que refuerza la hipótesis de un posible vínculo con aquel episodio histórico.
Más allá de la certeza sobre su origen, el descubrimiento despertó un renovado interés por un caso que dejó huella en la historia judicial británica. Y como si fuera parte del misterio, el perro que lo hizo posible dejó de cavar en ese sitio después del hallazgo, como si su tarea hubiera terminado.