Laura y Sergio se conocen desde la adolescencia. Literalmente desde siempre. Corría la década del ’80 cuando empezaron a coincidir en el mismo grupo de amigos en San Isidro, donde compartían veranos, salidas, clubes y tardes de pileta. Él la miraba de cerca. Ella, en cambio, pasaba de relación en relación sin registrarlo demasiado.
“Él conoció a mis tres novios”, recuerda Laura entre risas, como si recién hoy pudiera entender aquella ceguera emocional que la acompañó durante años. Sergio, por su parte, nunca insistió demasiado, pero tampoco se alejó. Estuvo siempre.
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Recién a los 25 años, tras una separación, él intentó acercarse en serio. Pero Laura no estaba lista. Quería un tiempo sola, después de años de relaciones encadenadas. Sin embargo, el vínculo seguía creciendo en silencio: eran testigos de casamientos de amigos, padrinos de un mismo niño y parte de una red de afectos que los mantenía cerca sin nombrar lo evidente.El punto de quiebre llegó en la Patagonia. Un viaje de camping en Villa Pehuenia, compartido con amigos, terminó siendo el escenario donde todo cambió. En medio de la naturaleza, las charlas y un fogón bajo el cielo abierto, Laura lo entendió. “Me gustaba”, reconoció después de un viaje a México donde, incluso a la distancia, pensaba en él.
De regreso, se animó. Se sumó al viaje sin demasiadas certezas, pero con una intuición clara. Y fue en el lago Moquehue donde ocurrió lo inevitable: un beso, tres estrellas fugaces y una decisión silenciosa que marcaría sus vidas.
“Cuando me agarró la mano supe que no me iba a soltar más”, recuerda ella. Y no se equivocó.
Desde entonces, no se separaron. Se pusieron de novios, se casaron, formaron una familia con dos hijos y construyeron una vida desde cero. Vendieron autos, compraron su primer departamento, pagaron créditos y cumplieron sueños de viaje que los llevaron a recorrer gran parte del país.
Pero la historia no quedó ahí. Años después, juntos iniciaron un nuevo proyecto: una casa en un pequeño pueblo de Buenos Aires, donde volvieron a empezar desde la nada, como en sus orígenes.
En el medio, la vida los puso a prueba. A Sergio le detectaron un cáncer de riñón. Fue operado y logró recuperarse. “Pensábamos en el futuro y de golpe apareció el miedo”, cuenta Laura. Sin embargo, el vínculo no se rompió: se sostuvo con más fuerza.
Hoy, ya con la casa en marcha y la salud estable, siguen construyendo su historia día a día. Sin grandes gestos, pero con pequeñas certezas. “El amor es algo que se elige todos los días”, afirma Laura.
Y así lo viven: caminando juntos, dándose la mano, sin irse a dormir enojados y con la convicción de que lo suyo no fue un flechazo, sino una construcción paciente y profunda.
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