Para millones de aficionados, ver a su selección levantar la Copa del Mundo es el mayor anhelo. Sin embargo, para algunos árbitros internacionales, el avance de su país en el torneo puede significar el fin de otro sueño: dirigir la gran final del Mundial.
Las normas de la FIFA establecen estrictos criterios de imparcialidad para la designación de los jueces. Por ello, un árbitro no puede dirigir encuentros en los que participe su propia selección y, además, sus posibilidades de ser elegido para los partidos decisivos disminuyen considerablemente si su país continúa en competencia.
Esta situación ha dado origen a una frase muy repetida en el ambiente futbolístico: "Los árbitros quieren que su país pierda para poder dirigir la final". Aunque la expresión suele utilizarse en tono de broma, refleja una realidad reglamentaria: una eliminación temprana de la selección nacional puede dejar el camino libre para que el árbitro sea considerado para semifinales o incluso para el partido más importante del campeonato.
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Dirigir una final mundialista representa la máxima aspiración para cualquier árbitro. Es el reconocimiento a años de preparación, evaluaciones y actuaciones destacadas en torneos internacionales. Por ello, muchos jueces viven una situación particular, en la que la pasión por su país convive con una meta profesional de enorme prestigio.
Sin embargo, especialistas y exárbitros coinciden en que esto no implica que deseen la derrota de su selección ni mucho menos que actúen en consecuencia. La ética profesional y los controles de la FIFA buscan garantizar la absoluta neutralidad de quienes tienen la responsabilidad de impartir justicia dentro del campo de juego.
Así, mientras millones de hinchas celebran cada triunfo de su país, algunos árbitros saben que el éxito de su selección puede alejarlos del partido con el que soñaron toda su carrera: la final de un Mundial.