A fines del siglo XIX, el nombre de Lizzie Halliday sacudió a Nueva York y conmocionó a todo Estados Unidos. Considerada la primera asesina serial femenina del estado, su historia quedó marcada por una seguidilla de muertes, incendios intencionales y episodios de extrema violencia que la convirtieron en una figura temida y tristemente célebre.
Nacida en Irlanda como Eliza Margaret McNally, emigró junto a su familia a Estados Unidos en 1865. Durante su infancia y juventud no se registraron hechos fuera de lo común. Sin embargo, su vida adulta estuvo atravesada por matrimonios con hombres mayores y adinerados, muchos de los cuales murieron en circunstancias poco claras.
Tras cumplir una condena de prisión, se instaló en Nueva York, donde conoció a Paul Halliday, un exmarino que vivía en una granja junto a sus hijos. Allí comenzaron los crímenes más atroces: robos, incendios y asesinatos que incluyeron la muerte de uno de los hijos del hombre durante un siniestro intencional. En 1893, el propio Halliday desapareció y luego fue hallado enterrado dentro de la propiedad.
El juicio comenzó en 1894 y generó una enorme repercusión pública. Fue hallada culpable y condenada a la pena de muerte, convirtiéndose en la primera mujer sentenciada a morir en la silla eléctrica. No obstante, el gobernador del estado le concedió clemencia y ordenó su reclusión en un hospital psiquiátrico para criminales.
Más de un siglo después, la figura de Lizzie Halliday sigue siendo analizada como uno de los casos criminales más estremecedores de la historia estadounidense. Su obituario la definió con una frase que sintetizó su legado: “la peor mujer de la historia”.