En la antesala de la Navidad, Juan Gabriel Vacchiano recibió el regalo que soñó desde chico: conocer a Lionel Messi. El joven rosarino, de 24 años, protagonizó una historia de perseverancia y fe al esperar durante más de doce horas hasta lograr un encuentro cara a cara con su máximo ídolo, un momento que definió como “un milagro”.
No era la primera vez que lo intentaba. Días antes ya había permanecido casi diez horas aguardando sin éxito. Lejos de rendirse, volvió a intentarlo. Vestido con una camiseta del Barcelona, salió en moto desde la zona sur de Rosario y llegó temprano al country donde el capitán de la Selección argentina pasa sus días de descanso junto a su familia.
Desde las 7 de la mañana permaneció en el lugar, respetando la distancia indicada por la seguridad privada. Las horas pasaron entre autos que entraban y salían, el cansancio acumulado y la esperanza intacta. Cerca de las 19.30, cuando la espera parecía interminable, apareció el vehículo que cambiaría todo.
Antonela Roccuzzo conducía y Messi viajaba a su lado. El propio futbolista bajó la ventanilla y permitió el acercamiento. En pocos minutos, firmó camisetas de la Selección argentina y del Inter Miami, mientras Antonela colaboraba sosteniéndolas para facilitar los autógrafos y evitar que se formara un tumulto.
“Leo, te quiero”, fue lo único que Juan alcanzó a decir, todavía conmocionado por la emoción del momento. Con apenas un uno por ciento de batería en su celular, logró registrar el instante justo antes de que el teléfono se apagara. “Después de la foto se murió. Para mí fue un milagro”, contó.
Tras el encuentro, el joven necesitó sentarse para procesar lo vivido. “Pasó todo en dos minutos. Miré al cielo, agradecí y no podía creer lo que había pasado. Temblaba de la emoción”, relató.
Hincha de Newell’s y admirador incondicional de Messi desde la infancia, Juan aseguró que nunca dudó del capitán argentino, incluso en los momentos más difíciles de su carrera. Ya había intentado conocerlo en otras oportunidades, durante su casamiento, celebraciones y partidos especiales, pero esta vez la espera tuvo recompensa.
Con el objetivo cumplido, solo le quedó una pequeña cuenta pendiente: entregarle un regalo que había preparado especialmente. “La primera vez llevé una biblia y un libro de mi iglesia para regalárselo, pero después me lo olvidé. Habrá que volver”, dijo entre risas.