Hubo una época en la que el Mundial no solo se vivía en los estadios o en las casas, sino también en las escuelas. Eran días donde la rutina seguía su curso normal, con horarios estrictos y asistencia obligatoria, pero en los que la atención inevitablemente se desviaba hacia la Selección Argentina.
Las aulas tenían un clima distinto. Entre clases, recreos y miradas cómplices, crecía la expectativa por cada partido. No existían las transmisiones en el celular ni el seguimiento inmediato en redes sociales, por lo que todo se vivía de manera más colectiva, más compartida, casi como un ritual.
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Docentes y alumnos coincidían en la misma emoción. Los partidos de la Selección se seguían como se podía: una radio encendida, comentarios al pasar o incluso pequeños espacios dentro de la jornada que se convertían en momentos de unión alrededor del fútbol.
La fiesta inaugural y los encuentros mundialistas quedaban marcados como hitos dentro del calendario escolar. No se trataba solo de fútbol, sino de una experiencia común que atravesaba a toda una generación.
Con el tiempo, aquella manera de vivir el Mundial quedó en la memoria como una postal de otra época. Una etapa donde la emoción era más simple, el seguimiento más humano y la escuela también formaba parte de la pasión por la Selección Argentina.
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