El Río de la Plata, uno de los estuarios más grandes del mundo, forma parte de la identidad de Buenos Aires. Sin embargo, en 1937 los habitantes de la ciudad fueron testigos de una escena que parecía imposible: el río comenzó a retirarse de manera extraordinaria y grandes extensiones de su lecho quedaron expuestas.
La imagen fue impactante. Donde habitualmente había agua se podía observar una superficie de barro, arena y sedimentos, generando la sensación de que el río “había desaparecido”.
El fenómeno que dejó al descubierto el fondo del estuario
La explicación no estuvo relacionada con una desaparición real del río, sino con una bajante extrema provocada por condiciones meteorológicas excepcionales.
El Río de la Plata es muy sensible a los cambios del viento y la presión atmosférica. En determinadas circunstancias, los vientos provenientes del sector oeste y sudoeste, conocidos como Pampero, pueden empujar grandes volúmenes de agua hacia el interior del estuario, provocando que la costa de Buenos Aires quede temporalmente con niveles muy bajos.
Cuando este fenómeno coincide con una marea baja, el descenso puede ser tan pronunciado que sectores normalmente cubiertos por varios metros de agua quedan visibles.
Una postal nunca antes vista para muchos porteños
Durante aquella jornada, numerosas personas se acercaron a la costa para observar un paisaje completamente diferente al habitual.
El fondo del río apareció cubierto de limo y restos naturales, mientras embarcaciones quedaron alejadas de la línea habitual de navegación. La escena despertó curiosidad y sorpresa entre vecinos que caminaban por lugares que normalmente eran inaccesibles.
La imagen de un Río de la Plata retraído quedó registrada en fotografías históricas que muestran la magnitud del fenómeno.
¿Por qué puede “desaparecer” un río tan grande?
Aunque parezca contradictorio, un río de enormes dimensiones puede cambiar drásticamente su apariencia.
El Río de la Plata depende de varios factores:
Los vientos, que pueden desplazar grandes masas de agua. Las mareas oceánicas, que ingresan desde el Atlántico. La presión atmosférica, que influye sobre el nivel del agua. El caudal de los ríos Paraná y Uruguay, que aportan millones de litros de agua y sedimentos.
La combinación exacta de estos elementos puede producir bajantes extraordinarias como la ocurrida en 1937.
Un fenómeno que volvió a repetirse
La bajante de 1937 no fue un hecho aislado. Décadas después ocurrieron eventos similares, como los registrados en 1920 y 1984, cuando el nivel del Río de la Plata descendió de forma excepcional y volvió a dejar expuesto parte de su lecho.
En 1984, por ejemplo, una histórica bajante hizo que el río retrocediera varios metros por debajo de su nivel habitual, convirtiéndose en una de las imágenes más recordadas del siglo XX porteño.
El misterio de un río que vuelve a aparecer
El episodio de 1937 quedó grabado como uno de esos momentos en los que la naturaleza modifica por completo un paisaje cotidiano.
El Río de la Plata no desapareció: simplemente reveló por unas horas una parte oculta de sí mismo. Aquella jornada mostró que incluso uno de los cuerpos de agua más grandes del planeta puede cambiar su rostro y transformar la relación entre una ciudad y su río.
Un fenómeno que, casi un siglo después, sigue sorprendiendo a quienes descubren que bajo esas aguas marrones existe un territorio que, en ocasiones excepcionales, vuelve a salir a la luz.