En el corazón de Cayastá, un pequeño pueblo santafesino que respira historia por ser el sitio donde nació “Santa Fe la Vieja“, se alza una estructura que rompe con cualquier paisaje convencional. A 70 kilómetros de la capital provincial, allí donde la Ruta 1 se encuentra con el susurro del Río San Javier, Darío y su familia levantaron mucho más que una casa de fin de semana: construyeron un manifiesto de la arquitectura moderna.
Lo que alguna vez fue un campo destinado a la explotación hortícola —un proyecto que, según confesó Darío, “no resultó”— se transformó en el escenario perfecto para incursionar con un diseño poco tradicional. Hoy, sobre esa hectárea de terreno virgen, descansan once contenedores marítimos transformados en una casa que combina la robustez del hierro con la calidez del hogar.
La idea surgió durante una charla familiar. Darío y sus dos hermanos, oriundos de Rafaela, buscaban concretar el sueño de una casa propia sobre el río para albergar a una familia que no para de crecer, especialmente en sobrinos.
“El desafío era la distancia: construir de forma tradicional a 160 kilómetros de nuestra residencia habitual era un dolor de cabeza logístico. Si ya construir estando cerca es difícil, imaginate lejos”, explicó Darío.
“Para nosotros fue clave poder armar todo en fábrica, cerca de donde vivimos. Podíamos ir, ver los avances, controlar detalles. Eso con una obra en el campo hubiese sido mucho más complicado”, explicó.
Esa cercanía no solo facilitó el seguimiento: también permitió afinar el proyecto antes de que tocara el suelo definitivo. “Fuimos muy meticulosos con los planos y los renders. Le pusimos mucho foco a la etapa previa para evitar problemas después”, contó.
Además, lo interesante de este tipo de construcción fue que, al cortar el contenedor para las aberturas, usaron esa misma chapa para hacer portaventanas. “Cuando nos vamos, cerramos todo y la casa queda hermética, como una caja fuerte“, detalló Darío.
El traslado tampoco fue un problema. Cada módulo viajó terminado, en camión, listo para ser ensamblado. “Al llegar al campo, lo único que hubo que hacer fue ensamblarlos y soldarlos. Pero la casa ya vino prácticamente lista”, señaló.
Incluso cuando decidieron ampliar la casa, la lógica se mantuvo. “Al principio la diseñamos con nueve contenedores y tiempo después decidimos agregar dos más. Fue increíble porque no hubo lío, no hubo roturas, no hubo nada. Llegaron, se encastraron y listo”, contó. Y sintetizó lo hecho con una imagen simple: “Fue como un Tetris”.
Además de la practicidad de este tipo de construcción, Darío también puso en otro aspecto que no es para nada menor: “Construir bajo este método supuso un ahorro del 20% respecto a la construcción tradicional, sin sacrificar diseño ni confort”.
Debido a la cercanía con el río San Javier, la casa no apoya directamente sobre la tierra. Se construyó una base de hormigón elevada que cumple una doble función: protección hídrica (actúa como defensa ante posibles crecidas del río, elevando la vivienda unos 60 centímetros por encima de la cota de seguridad) y zona de servicios (en este espacio bajo la estructura de los contenedores se dispuso un garaje abierto con capacidad para cuatro vehículos. Además, en esta zona cubierta se encuentra una de las parrillas).
Uno de los hallazgos arquitectónicos más vistosos es la “galería voladora”, que se creó utilizando dos contenedores que sobresalen de la estructura principal y generando un espacio semicubierto ideal para disfrutar del aire libre sin estar totalmente a la intemperie.
“En esta planta, los contenedores fueron cortados casi en su totalidad para instalar ventanales que recorren toda la longitud del bloque, permitiendo una vista panorámica del río desde cualquier punto”, contó Darío.
Para unir ambos mundos (social y privado), se utilizó un contenedor cuadrado colocado de forma vertical. “Este módulo funciona exclusivamente como la caja de la escalera, combinando una estructura de metal con escalones de madera. Y en la parte superior de esta torre vertical se encuentra oculto el tanque de agua y las instalaciones centrales, manteniendo la estética industrial limpia y prolija”, detalló Darío.
Si bien uno de los grandes mitos de los contenedores es el aislamiento térmico, Darío se ríe de ese prejuicio: “Le pusieron una aislación de lana de vidrio (aislina) y funciona increíble. En verano, aunque le dé el sol de frente todo el día, la casa es fresca“.
Los alrededores de la casa, en tanto, fueron intervenidos por un paisajista para lograr un equilibrio entre el confort y la flora autóctona. Ceibos, sauces y aromitos rodean la propiedad, creando rincones mágicos. “El fogonero es uno de ellos y está ubicado en un desnivel, cerca del río. Es el lugar predilecto de la familia”, dijo Darío. La infraestructura también incluye una piscina y una cancha de pádel.
La casa container, sin embargo, es una de sus obras más emblemáticas. Y Darío, que tiene una relación prácticamente de amistad con el dueño de Box House, no descarta seguir agregando containers en el futuro, a medida que vaya creciendo la familia. “Por ahora, la satisfacción es plena”, concluyó.