Una historia de traición, mentiras y abusos de confianza sacude por estas horas a la ciudad bonaerense de Luján, pero resuena como una advertencia en todos los barrios del país. Durante años, una joven de 29 años identificada como María Sol habría montado un escalofriante mecanismo de estafas sistemáticas apuntando a las personas que más la querían: su propia familia, sus amigos de toda la vida y los comerciantes de su zona.
La sensación que reina hoy entre las múltiples víctimas es de un absoluto desconcierto. Quien presuntamente los despojó de sus ahorros —el monto total superaría los 20 mil dólares— no era una desconocida de internet, sino alguien con quien compartían el día a día.
Un macabro "menú" de mentiras
A diferencia de los ciberdelincuentes tradicionales, la acusada habría adaptado sus engaños a la vulnerabilidad de cada víctima. Uno de los métodos más aberrantes relatados por los denunciantes consistía en jugar con su propia salud.
Según el testimonio de Elías, uno de los damnificados, la mujer le pedía dinero prestado asegurando que padecía una grave enfermedad terminal. "Decía que la prepaga no la cubría y que tenía leucemia", relató el hombre, agregando un detalle estremecedor: la joven presuntamente les enviaba fotos fingiendo estar internada y pasándola mal para generar mayor compasión.
Sin embargo, el engaño no terminaba allí. En otras ocasiones, la sospechosa habría ofrecido supuestos premios y viajes que jamás existieron. Con la excusa de gestionar estos "beneficios", les habría pedido a sus allegados fotografías de sus documentos de identidad, imágenes que luego habrían sido utilizadas para solicitar millonarios créditos a nombre de sus amigos sin ninguna autorización.
Comercios arruinados y dolor barrial
La telaraña de mentiras también habría atrapado a los emprendedores locales. Una denunciante relató que contrató a María Sol como empleada en su centro de estética. Con el paso de los meses, descubrió que la joven presuntamente se hacía pasar por la dueña del local, cobraba servicios por su cuenta y mostraba comprobantes de transferencias falsas que jamás se acreditaban. La situación fue tan dramática que el negocio terminó cerrando sus puertas y la verdadera propietaria debió endeudarse para devolverle el dinero a los clientes estafados.
A medida que los casos comenzaron a salir a la luz en las redes sociales, los vecinos ataron cabos y la cifra de la presunta estafa se volvió incalculable debido a la cantidad de pequeñas operaciones reiteradas en el tiempo. Hoy, las víctimas exigen respuestas ante la Justicia y se hacen la misma dolorosa pregunta: ¿cómo podía seguir caminando por el barrio y mirarlos a la cara después de semejante traición?